LA AVENTURA
DEL ANULAR
EXTRAVIADO
Viernes - Primero/4
Si bien el Chapare no es el Congo, tampoco es moco de pavo, de modo que los
tres viajeros tuvieron oportunidad de sobra para dedicarse al violento ejercicio de
abrir trocha a machetazos hasta alcanzar un punto favorecido desde el que
atisbaron con cierto cuidado la población que buscaban, construida a capricho
celda tras celda usando hojas de calamina, hojas de palma y barro y algún otro
material sometido al ingenio de sus pobladores por su necesidad.
La Ley había sido antes La Esperanza y aún antes Sampipiri, pero siempre fue
destino o refugio de peligrosos personajes. No aparecía en ningún mapa a pesar
de que tenía más de dos mil habitantes. Vivía y  prosperaba bajo el dominio
absoluto pero poco caprichoso del teniente coronel Juan Pablo Benavidez, alias El
Jovero, una mole humana y pelirroja que había asistido a todas y provocado no
pocas de sus transformaciones; la televisión por cable subterráneo era la más
reciente.
Prisión durante décadas para políticos en desgracia una vez que El Guanay
adquiriera mala fama internacional, La Ley era usada por los conductores de la
represión política y narco para alojar a aquellos entre sus enemigos sobre cuya
utilidad albergaban una duda vigente: ¿Quién puede saber cuáles y cuántos
recuerdos guardaba cada uno de esos desalmados en su mente retorcida, y
cuáles entre esos recuerdos eran clave de singulares secretos? El Jovero los
retenía hasta que sus asociados necesitaran a alguno de sus alojados, y sobre
ese supuesto había construido su feudo. La mayoría fundaba una familia en La
Ley, trabajaba para sí y para el Jovero y moría acorde con la Naturaleza. Una
minoría mínima intentaba huir y fallecía durante el intento o hallaba una muerte
violenta antes de intentar la fuga, víctimas de sus colegas. Incapaz de reservar
fondos para su mantenimiento, el gobierno central ignoró la existencia de la
prisión durante décadas hasta que la olvidó por completo. Los viejos
profesionales que habían puesto el pie en ella parecían haber llegado al acuerdo
tácito de mantenerla entre las leyendas nunca confirmadas de su oficio. No pocos
la usaban para vivir allí su retiro.
Absolutista y cruel, Benavidez parecía olvidar a quienes cumplían su ley y
olvidaban las demás. Era un hombre rico que había hecho ricos a todos, presos,
guardias y algunos residentes voluntarios, pero todos ignoraban su buena fortuna
a cambio del derecho de vivir bajo su férula: ¿dónde más se daban esas celdas
con aire acondicionado y otras comodidades similares? Sólo el vicio de Barba
Azul, que atormentaba a este singular señor absoluto, soplaba como un viento
perverso sobre esas celdas que jamás quisieron hacerse poblado.  
En ese nido de escorpiones penetran los tres delegados de Tosferino. Caminan
con lentitud entre una nube de niños descalzos sin taparrabos, ancianas de todas
las razas y colores que asoman una nariz curiosa bajo cabelleras descuidadas y
ancianos encogidos y arrugados como pergaminos. Avanzan sorprendidos por el
silencio aprendido de esta multitud, silencio que hace sonar las teclas que
manipula Endara como si fueran un solo de castañuelas.
—        Ama llulla*.
Mostacedo Cuaquines saluda a media voz de cuando en cuando, y algunos
adultos le contestan con la misma cortesía mínima.
—Ama quella.
Otros prefieren el tercer componente de la fórmula incaica. Es el estricto código
moral milenario que rige las comunidades indígenas. Aquí son sonidos sin sentido
porque todos olvidaron su significado.
—Ama sua.
Los visitantes se dirigen hacia una construcción más amplia protegida por una
caprichosa bandera de trazos singulares que separan los colores del arco iris,
todos presentes en ese trapo.
—        Aquí estamos, y quiera Satán que el Jovero esté de buen humor.
Tinino avanza sin vacilar y se mete por la puerta estrecha de la casa. Sin saber
por qué, los otros dos cortan su marcha y esperan. Cuando Endara deja de
teclear, algunas aves invisibles dejan escuchar su presencia. A cien pasos de
distancia y en la calle de barro rojo, dos centenares de bípedos parlantes los
miran sin mucha curiosidad. Morgan estornuda.
—        Salud.
—        Gracias, Huascar.
—        ¿Notó usted que no hay hombres ni mujeres? ¿Qué, no era ésta una
prisión?
—         Hay un lavadero de oro en las cercanías… y dicen que este hombre es
Barba Azul.
—        ¿También eso le dice su manual?
—        Así es, pero nada sobre Barba Azul*. Es muy completo, y es parte básica
del equipo de cada funcionario. Hasta puedo aprender quechua con este libro.
—        Milagroso artefacto, ese. Todo un enquiridión^.
—        Muchas gracias.
Endara espera. El sudor, el calor húmedo y la falta de sueño conspiran contra él.
— Vengan ahora.
La voz de Mostacedo les alcanza desde lejos pero sin dificultad. Ingresan a una
sala amplia y oscura, la cruzan hasta una puerta que brilla con el sol entre la
oscuridad reinante y salen a un patio cubierto por un árbol jacarandá enorme. El
Jovero los mira desde una silla de ruedas traída por el ferrocarril Oruro-Tupiza en
1888.  
—        Pero, ¿qué clase de policías son ustedes, que se dejan engañar tan
fácilmente?
—         Buen día, Jovero. Yo soy Jim Morgan. No soy policía. ¿Cómo es eso que
nos dice?
—        Nadie los necesita aquí.
—        Esto está por verse.
—        Nadie los necesita aquí. Ya le di a Tinino lo que quería, así que váyanse
por donde vinieron.
—        ¿Qué dice usted?
—        No. Ya le di a Tinino lo que quería, así que váyanse por donde vinieron.
—        Pues… Yo vine para hacerle unas cuantas preguntas, Jovero.
Endara intenta hacerse simpático. No cree haberlo logrado. Sonríe e imita en ello
a un conejo.
—        No. Nadie me hace preguntas. Aquí las preguntas las hago yo.
—        Pero es que…
—        No. Nadie me hace preguntas. Aquí las preguntas las hago yo.
—        Jovero…
—        Esperen a Tinino en el río. Hace sombra y es bonito.
—        Por favor, Sr. Benavidez. Yo vengo…  
—        Esperen a Tinino en el río. Hace sombra y es bonito.
—        ¿Es usted Barba Azul?
—        Cállese. No debieron venir, pues.
—        ¿Pero, es verdad, entonces, lo que dicen los chismes?
—        Cállese. No debieron venir, pues.
—        Barba Azul, Barba Azul… ¿Es usted un monstruo?
—        Barba Azul, Barba Azul… ¿Es usted un monstruo? ¡So carajo! ¿No me
entiende usted?
—        ¡Más que un crimen, eso es un pecado!
—        ¡Más que un crimen, eso es un pecado! ¡So carajo! ¿No me entiende
usted?
Morgan le da la espalda y sale. Endara vacila por un momento, mira tratando de
retener los pocos detalles del patio en sombras y sale tras Morgan.
— ¡So carajo! ¿No me entiende usted? No entienden nada, esos gringos idiotas,
Tinino.
—        Adiós Jovero, y gracias.
—        Adiós Jovero, y gracias. No soy lo que ese dice. Adiós.  
—        Chau, hombre.
—        Chau, hombre. Pero no soy inocente.
—         Ya nos vemos.
—        Ya nos vemos. ¡No soy inocente!
Vencido por la enfermedad de su colega, Mostacedo Cuaquines hace un gesto
vago con las manos y deja solo al señor de La Ley.






Internos de la cárcel de Arocagua en huelga para solucionar la falta de agua.
Alrededor de 200 reclusos de la cárcel de Arocagua están en huelga para solucionar la falta de
agua que les afecta desde hace más de un mes.
El Delegado de los Internos, Teófilo Condori, dijo que mientras se supera el conflicto, ellos
mantienen el estado de emergencia. El gobierno debe desembolsar entre 400 a 600 dólares
para reparar la bomba de agua a fin de regularizar la distribución del líquido elemento,
principalmente para los baños y la limpieza.
"En este momento el agua apenas alcanza para la cocción de los alimentos", dijo Condori.
Informó que la peor parte de este problema afecta a las 30 mujeres que están en la cárcel
junto a sus hijos. Ellas temen que los niños enfermen con diarrea, porque se tuvo que comprar
agua no potable. Los adultos también corren el riesgo de enfermar debido a la escasez de
agua.
"Si el problema no es solucionado, todos nos declaremos en huelga de hambre y no
dejaremos ingresar a nadie al penal", advirtió Condori.
*   Ama llulla Ama quella
Ama sua = no seas
mentiroso, no seas flojo,
no seas ladrón.
* Barba Azul = Según un
cuento popular, personaje
que mataba a sus  
mujeres.
^ Enquiridión = Libro
manual de pequeño
tamaño.
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