LA AVENTURA
DEL ANULAR
EXTRAVIADO
Viernes - Primero/2
Como ya le sucediera, el punto que parecía en un primer instante una célula
oscura que flotara en la retina fue creciendo y adquiriendo características propias
hasta que, en un decir “Jesús”, Isabela tuvo al Monje de tres kilómetros de altura a
una cuadra de distancia o cosa parecida. Como entonces, lo recibió como recibía
a sus amigas para su cumpleaños, curiosa, contenta de volver a verlo y dispuesta
para cualquier evento agradable. Se preparó para iniciar un diálogo que había
ensayado muchas veces y se concentró en una imagen de sí misma en el día de
su graduación en La Paz. “¿Qué será de ella?”, quiso decir pero no dijo, y de
inmediato se vio en la pieza que había alquilado apenas llegara, chismeando por
teléfono a toda máquina. “Será libre”, interpretó la imagen.  
De esta manera, y descontando algunas imágenes que en otras circunstancias le
hubieran creado inefables éxtasis y horrores inconcebibles, entes que sin duda
existían en la mente de su interlocutor pero ningún humano había inventado
todavía, condujo su charla como mejor pudo, se enteró de que su padre la
buscaba empeñoso, vio la imagen de un viejo que nunca había visto antes y lo
bautizó de “Tata” porque esa faz no podía ser más que de un tata, y vio a una
escolar de rígido uniforme gris que lloraba a mares, encerrada en la pieza que
Isabela alquilara por tres días en Oruro. Compartió la angustia de esta chica y el
Monje le hizo saber que podía ayudarla, si tal era su deseo. “Si, quiero”, pensó,
“¿pero cómo, desde aquí?”
Se preguntó en ese instante, “¿Quieres ser libre?”, y se contestó, “¡Si, por
supuesto!”, entendiendo este monólogo como su conversación con el Monje
invisible. “¿Cuándo?” se preguntó y se contestó de inmediato, “¡Ahora mismo!”
Una pena enorme le invadió el ánimo y recordó el día en que perdiera a su madre
antes de entender que esa pena no era suya, sino de su anfitrión. “Bueno,
cuando sea lo mejor para todos”, contemporizó.
“Será ahora”, se le ocurrió aunque la pena no le abandonaba, y vio que el azul
acero a sus pies iba haciéndose celeste y se poblaba de nubes de algodón y
debajo de ellas percibió una hilera de puntos blancos que fueron creciendo de
modo atroz hasta que vio montañas y se le ocurrió que serían varias, “La
Cordillera Real…”, se dijo, como buena alumna del Colegio Franco, “… y el
Altiplano, por supuesto”.
Descendió, pues, como un meteoro y la llanura gris y plana fue recortándose en
cuadrados y rectángulos de diversos verdes, de tierras negras o rojizas, de ojos
de agua celestes o blancos o grises o negros. Vio techos de zinc, techos de paja
brava, vacas y burros, bípedos de los que hablan, un camino blanco de tierra que
parecía perderse en los horizontes y sobre esa raya una pluma enorme de polvo
que un punto verde iba trazando a velocidad notable. Consideró que, de aterrizar
en esa inmensidad, sería sabio contar con cuatro ruedas, y pareció dirigirse
desde ese momento al encuentro del punto aquel que fue adquiriendo la forma de
una camioneta Ford veterana de esos caminos que lucía sus viejas cicatrices con
admirable indiferencia.
Isabela voló por un buen rato sobre el techo del vehículo sólo para convencerse
de que nunca como ahora pudo hacer lo que fuera su voluntad y decidió
adelantarse varios cientos de metros antes de tocar tierra, pues que era
necesario retornar al mundo de sus iguales. No bien lo decidió se vio sentada
junto al camino y a tres pasos de una llama hermosa que la miraba entre
sorprendida e indignada con sus ojazos de mujer seductora.
La camioneta verde tomaría un par de minutos para pasar ante ella, de modo que
Isabela se puso de pie y copió con el pulgar el gesto universal de quienes piden el
favor que en ese momento necesitaba. Oportuno, el vehículo asomó tras trepar
una cuesta, más lento pero muy seguro de sí mismo. Isabela vio dos personas en
la cabina y se asombró al encontrar a un indio de Guzmán de Rojas con la
cabellera azabache al viento junto a una conductora de gorra de kaki y lentes de
secretaria que fumaba, conducía y reía como si fuera la imagen misma de la
felicidad.
La camioneta hizo un esfuerzo y se detuvo a unos cincuenta metros de la joven y
la llama. Pareció vacilar  un momento antes de emprender un retroceso vacilante.
Se detuvo delante de la joven e Isabela se cercioró de que viera lo que le pareció
ver. El indio era una maravilla de indio, huido del sueño de cada hembra, y la
mujer rubia la miraba con disimulado disgusto como a una intrusa.
—        Muchas gracias. ¿Van para La Paz?
—        Para allá vamos. ¿Usted también?
Deslumbrada por la sonrisa primero y la dentadura perfecta y nívea del hombre de
cobre después, Isabela sólo atinó a afirmarlo con un gesto. Luego se dirigió a
trepar a la carrocería del vehículo.
—        ¡No, niña! ¡Venga para acá, que aquí entramos tres!
Indecisa aún, Isabela dio los seis pasos que le acercaron a la puerta de la cabina
y espió otra vez a la pareja. El hombre a la derecha la miraba risueño y amable y
la conductora de lentes le lanzaba cuchilladas desde unos ojos que le parecieron
estrábicos.
—        Yo puedo ir arriba. No quiero molestarles.
—        Hace mucho viento allí arriba. Mucho viento y mucho frío. Suba.
—        Se agradece, pues.
Isabela subió y tomó asiento junto al indio perfecto.
—        Yo soy Isabela.
—        Me llaman Osmar, y esta señorita es Virginia. Vamos para La Paz, ¿no?
—         Para allí íbamos.
Virginia no logró disimular su disgusto. Arrancó con una acelerada violenta y
prosiguió este accidentado viaje sin mirar más que al camino.
—        ¿Cómo es posible que una señorita como usted aparezca sola en estas
soledades?
—        Ah, si les contara no me lo creerían. Mejor no les digo nada.
Como les dijo todo de inmediato, el viaje se hizo más corto y alcanzaron la Ceja de
El Alto cuando caía el sol. Muchos comentarios se hicieron durante el descenso
hasta la ciudad, pero nadie dudó de su increíble aventura, cosa que sorprendió a
Isabela hasta que lo atribuyó a una cortesía excesiva, lo más fácil dado que no
volverían a verla.
La dejaron en la esquina de la casa donde tenía alquilada su pieza de estudiante.
Tras tocar el timbre y saludar a todos como si se hubiera marchado dos horas
antes, se dio un duchazo y durmió doce horas seguidas.    




En La Paz está la gradería más larga de toda Bolivia
Las 980 gradas de la calle Padre Pesota (El Tejar) han quedado cortas frente a las 1.110 —
más de un kilómetro — que tiene la calle Francisco Bolognesi. Esta vía atraviesa la zona Alto
Corazón de Jesús y conecta a la 9 de Abril con la avenida Panorámica de El Alto. Es la gradería
más larga de Bolivia y fue entregada por el alcalde Juan del Granado, junto a un campo
deportivo y el empedrado de la calle Fortunato Pinto.
El camino de peldaños era antes una vía de piedras irregularmente colocadas. No pocos
vecinos se lastimaron el tobillo o sufrieron caídas. Ahora, la obra tiene descansos y áreas
verdes que la hacen más accesible. De todas formas, como comentó un visitante, "me dio
calambre de sólo subir 400 gradas".
Claro que uno de los vecinos, satisfecho por el acabado, comentó al alcalde: “Ahora viviremos
como la gente”.
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