LA AVENTURA
DEL ANULAR
EXTRAVIADO
Viernes - Tercero/3
Fresia Ramallo de Holmes conducía con la facilidad propia de las alumnas
aventajadas de Max Rex’s Driving School, en Rodeo Drive, LAX, un Ford blanco
que no llamaba la atención para nada a no ser el busto de su conductora, sus
lentes ahumados y su larga cabellera que hoy era azabache. Descendía por la
Avenida Hernando Siles hasta la Calle 13 de Obrajes para dar con el número 415,
donde esperaba hallar un portón de madera hecho en 1804 del mejor roble en
plaza ante un jardín convertido en pantano tras el que asoma una vivienda de
clase media de los años treinta entre enormes eucaliptos, varios ejemplares de
kantutas, la planta cuya flor ha elegido los colores nacionales para alegrar la vida
de propios y extraños, y uno que otro cacto porque allí vivió algún aficionado a la
tuna, esa fruta que se cobra en espinas el placer de comérsela.
El descenso desde La Paz es un grato paseo de 20 minutos, sobre todo a media
mañana, cuando lo peor del tráfico urbano ha pasado ya y no se repetirá hasta el
mediodía. Los escolares uniformados de los establecimientos fiscales emergían de
sus aulas como palomas blancas dedicadas a ensuciar todo lo que tocaban y
dejar un reguero de papeles, envases de plástico y otros restos de sus condumios
matinales sobre veredas, plazas y parques y a robar frutas, dulces y otras delicias
de las sacrificadas mujeres que venden en el mercado municipal esos productos a
precio de agiotista. Los jubilados se paseaban con bastones, carros de dos
ruedas y sirvientas de hombros macizos por parques y plazuelas invitando
pensamientos negros sobre el destino humano.
Mujer de acción al fin y al cabo, Fresia era ciega a tales divertimentos y se dedicó,
más bien, a recordar aventuras y reconocer esquinas y rincones de ese poblado
que acoge con facilidad a enamorados y desertores escolares. El lugar era bonito,
el día también y siempre es grato hallar una pausa que puede dedicarse al simple
ejercicio de vivir.
Al cierre de su veloz periplo, hallóse Fresia ante un candado antidiluviano
dedicado con una cadena pesada como un pecado a impedir el ingreso de
propios y extraños a esa vivienda que lucía olvidada por la piedad de Dios. Extrajo
y usó una llave inmensa pero proporcional al aparato mencionado, de modo que
metió pronto su auto y su humanidad al descuidado parque anterior de la vivienda.
Con la prisa que da una buena memoria y la familiaridad de anteriores visitas, la
bella descendió hasta un semisótano que sólo era dable de alcanzar atravesando
una puerta diminuta que dependía de un resorte oculto en forma de un querubín
negro del Siglo XVII, giró el ala izquierda del ángel de marras y penetró al
descuido en el escondite que había creado dos años antes.    
Se topó con el familiar de Endara menos interesado en recorrer mundo, una mujer
cuya edad era un misterio impenetrable porque andaba como un fantasma
murmurador por la residencia abandonada luciendo un par de lentes oscuros
debajo de una peluca gris y enorme de negro de la Louisiana aficionado al jazz
sobre un cuerpo cultivado por la lucha libre con senos que alcanzaban casi el
calificativo de ubres, brazos hechos de alambres y manos peludas que encajaban
mejor en el volante de un camión Mack. Este monumento de mujer murmuraba sus
dudas en quechua y cubría sus piernas con gruesas medias multicolores de lana
de oveja y sus pies de danzarina con zapatillas negras de torero viejas como la
injusticia. Usaba una manta de vivos colores, un vestido azul adornado de flores
amarillas y mitones, tan fáciles de confundir con las manos de los camioneros,
sobre todo si los conductores son mestizos o negros.
Sin vacilar un segundo, la bella extrajo una cachiporra de flic parisino del bolsón
en que traía sus afeites y dejó K.O. a la vieja con un simple golpe de izquierda. No
vaciló porque el engendro que ahora yacía a sus pies sin haber lanzado un ay era
otra de sus creaciones y le había servido mucho y bien durante sus correrías
anteriores por la sede de gobierno.
De rodillas sobre el piso de ladrillo, Fresia comenzó a privar de prenda por prenda
al ente adormecido. La operación fue como quitarle la cáscara a una banana  
monstruosa. Quince minutos más tarde tenía sentado en una silla de paja al
coronel Faustino Mostacedo Cuaquines, desnudo y en todo su esplendor a no ser
por un taparrabos de risa y un par de esposas fabricadas por Jason Inc. de
Cleveland, Ohio, USA alrededor de las muñecas. Sabedora de que el tiempo es
oro, Fresia halló una bacinilla de latón azul donde siempre había tenido una de
reserva y lanzó litro y medio de agua fresca al rostro del policía con violencia
convincente. Dos o tres estornudos y tres toses después, los ojos del coronel
recuperaron la capacidad de centrarse en un objetivo y su cerebro entró en
funciones aceleradas inducido por los sistemas incorporados de alarma de que
dispone todo subconsciente.
—        Buenos días coronel. Vaya sorpresa que me ha dado usted.
—        Sra. Holmes… No haberlo pensado antes. ¿Fue usted la que me hizo el
chichón que arde tras mi oreja izquierda, o es que vino acompañada del indio más
bello de la Amazonía?
—        Habla usted como si todos fuéramos parientes.
—        Casi lo somos, desde que me presto documentos de la caja fuerte secreta
de mi amigo Tancara.
—        Eso explica mucho.   
—        Pero no todo, ¿no? ¿Por qué uso este disfraz? La verdad es que supe de
su tía Nilda gracias a unas fotografías que le hicimos cuando se robó usted la
Puerta del Sol.
—        No diga absurdos, coronel.
—        Bueno, la que está en Tiahuanaco dice por la base “Made in Taiwán”. Lord
Percy Gladstone, en Londres, exhibe en sus salones desde hace dos años otra
puerta similar que dice ser una imitación cuando en verdad es el original. Apenas
me dé un poco de tiempo espero corregir ese error con ayuda de mi amigo Mike.
—         Eso, si la taba le sale buena.
—        Por supuesto, pero con usted todo es cosa de negociar, ¿no? ¿Cuánto?
—        Veo que no me conoce tan bien como cree. Tal vez me convenga más
devolverlo a su creador… Asmodeo.
—        La conozco muy bien, Doña Fresia. En  treinta años de actividad
profesional, usted jamás mató una mosca, y eso.
—        Veo que la CIA sigue pateando oxígeno.
—        No es la CIA, esos mediocres. Son mis amigos cubanos, señora.
—        No concedo nada.
—        Claro que no ¿Cuánto?
—        Hoy soy generosa. ¿Treinta mil?
—        Hecho.
—        Adiós, coronel.
La bella extrajo la porra de flic parisino y  aplicó un golpe formidable tras la oreja
derecha de su cautivo antes de que Tinino pudiera decir pío. Treinta mil dólares
por dejarlo desnudo y en ridículo en la puerta de servicio del Ministerio del Interior,
además de tener que cargar con él hasta el Ford, le pareció un estipendio nada
exagerado.  
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