LA AVENTURA
DEL ANULAR
EXTRAVIADO
Viernes - Tercero/2
Descontada la media docena de soplamocos con la que Paez quiso establecer la
atmósfera entre el Tano y su captor, Bignati sentía que era en verdad afortunado
después de dormir algunas horas en la perrera que ocupaba desnudo desde que
Paez saliera a galope para cumplir tareas más urgentes. Verdad era que el frío
comenzaba a lastimarle los huesos y que su nariz jugaba el papel de una pila con
gotera, pero la lawa caliente que le sirvieron en una lata muy limpia y el jarro de
agua fresca que acompañó a esa sopa de maíz  molido, un rábano para darle
sabor y bastante ají para quemarle la lengua hizo su parte para elevarle el ánimo.
Bignati, que había hecho ya dos veces un acto de contrición propio de un Papa
protestante, comenzaba a sospechar que tal vez, pero lo veía como un tal vez muy
pequeño, tal vez volvería a ver a sus hijos si lograba vencer doce horas sin nadie
que se acordara de sus cuitas.
Cuando había logrado acomodar los huesos del mejor modo posible a las piedras
del piso del sótano aquel de triste memoria, Paez abrió la reja de su perrera con
un empujón más bien cortés que hizo vibrar las fibras más íntimas del sistema
nervioso del preso al hacer crujir los dos goznes de la reja. A pesar de que
sospechaba de que estaba gozando ya de un delirio amable que le ablandaba las
sensaciones, Bignati percibió bajo la débil luz de un foco pálido como un muerto y
sucio como mano de leproso un sutil cambio en el torturador: olía a margaritas del
campo falsificadas y  también, le dijo su infalible olfato agudizado por el hambre, a
esas cosas que se ponen los travestis después de afeitarse el ralo pelo que les
ensombrece el mentón de semana en semana. Paez perfumado, se dijo el Tano,
sólo puede anunciar portentos.
—        Mire que ya le traen su terno recién planchado.
—        Es lo que me decía ya mismo: hoy es día de milagros.
—        Bueno, qué quiere usted. Don Huascar apareció entero, así que no
tenemos nada contra Bignati, alias el Tano. Venía a avisarle para que hiciera sus
abluciones.
—        Muy amable. ¿Dónde sería posible que las hiciera?
—        Voy a llevarlo al segundo piso. Hasta agua caliente tenemos allí. Tendrá
dos horas para recuperar una cara decente.
—        Muchas gracias. Cosas así me devuelven la fe en la humanidad.
—        De nada, pues. Sólo nos falta un par de preguntas, y se va para la casa.
¿No se entretenga, eh?
—        ¿Cómo es eso?
—        Son las cuatro de la madrugada. Pienso soltarlo a las seis. Cúbrase sus
partes, porque así no va a ninguna parte, ni siquiera aquí.
—        ¿Con qué, si me hace el favor?
—        Para eso traje este diario.
Así cubierto trepó Tano las gradas de Todich de triste fama sin creer en lo que le
sucedía, no fuera a ser todo ello otro truco infame de este torturador despreciable.
—        Aquí estamos. Pase usted.
—        Hombre, tanta amabilidad me apabulla.
Ya sumergido en el agua caliente de la tina de un cuarto de baño que fuera el
último grito de la moda en 1945 y mientras sus huesos gozaban del doloroso
placer de volver a sentirse vivos, Bignati se sorprendió por la seriedad con que
Paez fue al grano:
—        Usted es una enciclopedia de chismes en dos patas, ¿verdad?
—        Si quiere decir que ando bien informado, la respuesta es positiva. Si lo que
pregunta me hace una vieja chismosa, es obvio que no lo soy.
—        Quiero decir que aquí no truena un cohete sin que usted no lo sepa, ¿no?
Por lo menos en que se refiere a las notas sociales.
—        Puede ser. Conocidos tengo en todas partes, menos aquí.
—        Hábleme de Doña Justina.
—        ¿Quién?
—        La Sra. Justina Rivero Pinto del Solar.
—        ¿La mujer que mató al marido?
—        Conozco ya esa patraña. Fue en defensa propia, y así no vale.
—        Bueno, ¿qué más se puede decir de ella?
—        Dicen que es una mujer liviana...
—        Tal vez lo contrario se acerca a la verdad. Tiene un trasero de diosa.
—        Más respeto le llevará lejos, Bignati.
—        Eh, bueno. ¿Qué intenta averiguar?
—        Quisiera saber cómo es su alma.
—        Poco le pide el cuerpo, Paez. Eso, creo que ni ella lo sabe.
—        ¿Es una buena mujer?
—         Ya veo a lo que se refiere. Diría yo que es un alma buena dentro de un
cuerpo de pecado.
—        Así me parecía. Son los hombres, que abusan de ella, ¿no?
—        Lo que pasa es que todos la buscan por esas piernas excepcionales que
Asmodeo le dio.
—        Si, si. Pero ella es buena en el fondo, ¿verdad?
—        Ahora que lo pienso, puede que usted tenga razón. En algunas mujeres, el
trasero es el destino.
—        Eso me decía yo. Con esa mirada, uno no puede creer otra cosa.
—        ¿Y cuándo vio usted esa mirada?
—        Está aquí por órdenes superiores.
—        Esa si que es una canallada triple, aún para usted, si me permite decirlo
con todo respeto.
—        Para mí no era más que otro sospechoso, y he visto tantos ya que…
—        Si, que somos como muebles, ¿eh?
—        Algo así, pues. No puedo negarlo.
—        Para desgracia suya, según percibo, Justina le ha ayudado a descubrir
que usted también tiene corazón, ¿no?
—        Así es la cosa. No hago más que soñar con ella. Me ha embrujado, y me
gusta este embrujo. Me hace sentir diferente.
—        Me alegro. Por eso decimos que el amor hace milagros. Ahora, sólo falta
sacarla de aquí con vida. Cosa difícil, según entiendo.
—        Para mí, nada es imposible desde que la conozco.
—        Parece usted un estudiante.
—        Bueno. Vístase que sale a las seis.
—        Gracias, Paez.
—        Cállese. No se aproveche. Y mejor será que se olvide de lo hablado aquí.
—        Ya lo olvidé. ¿Dónde está mi corbata?
—        ¿Traía una?
—        Por supuesto. Estaba yendo a trabajar cuando me agarró.
—        Bueno, pues. Se perdió. Vaya derecho a casita, ¿me entiende?
—        Claro.
—        Aquí tiene plata para el taxi. Cuando salga será oscuro, pero le tendré un
taxi a la puerta.
—        Lo dicho. Hoy es día de milagros.
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