LA AVENTURA
DEL ANULAR
EXTRAVIADO
Viernes - Tercero/1
Uno de los pocos secretos que Mike Tosferino ocultaba hasta de sí mismo era el
triste hecho de que detestaba a Silvia Susana, huérfana de madre desde que un
atentado dinamitero en un país que Mike prefería no recordar convirtiera a la
buena señora en un busto sangrante sin miembros que chilló ululando hasta morir
bien plantado en el techo de un Mazda gris. La niña era una copia casi exacta del
físico de su padre y de su cara, pero en un rostro blando por femenino que
terminó por asquearlo hasta provocarle arcadas. Tenía el temperamento egoísta,
envidioso, amargado y odiador que correspondía a la hija única muy mimada de
un matrimonio mal avenido al que parecía haberle perdido el respeto antes del
destete y se placía en imitar a un cónyuge para amargar al otro copiando hasta el
menor de sus defectos con habilidad portentosa. Separada de su padre durante
su más tierna infancia por causas de seguridad nacional y durante su infancia
siguiente por incompatibilidad de caracteres entre sus progenitores, Silvia Susana
vivió lejos de Mike apenas quedó huérfana porque había heredado, mejorado y
pulido las imponderables habilidades con las que Doña Consuelo terminara por
enviar a Juan Tancara a una clínica de reposo durante catorce meses. Su
secuestro creó por esas razones un agudo conflicto de intereses en el corazón del
represor, hasta el extremo en que con cada sístole rogaba Mike por el bienestar
espiritual y material de su hija bienamada y con cada diástole imploraba Tancara
a Belcebú que se llevara a la adolescente insoportable a los quintos infiernos.
Convencido de que ni lo uno ni lo otro sucedería sin una intervención decidida
pero más que dudosa de las fuerzas blancas y/o negras que controlan nuestro
universo, Mike decidió privarse de un desayuno fortalecedor antes de visitar a
Silvia Susana en la Pensión Mar Azul de la Calle Soria Galvarro al #121 cuya
única pieza con balcón sobre Oruro había sido alquilada por tres días por una
alumna del Colegio Franco de La Paz, alquiler que fue pagado y extendido por un
mes por una mano tan generosa como desconocida. Consideraba Tancara que le
sería más difícil regurgitar un desayuno que jamás tomara en caso de que su hija
aplicara su educación suiza a las viejas habilidades antes mencionadas para
provocarle un ataque de furia e ictericia similar a los muchos que marcaban su
accidentada relación filial.
Fue con una sorpresa que le dejó los incisivos al aire por su buen par de minutos,
por tanto, que comprobó sin abandonar todas sus dudas que esta aventura fugaz
pero a su modo violenta había convertido a la arpía adolescente en un ángel que
terminaría sirviendo con las Carmelitas Descalzas.
—        Buenos días, Silvia Susana. ¿Te encuentras bien de salud?
La frase con que iniciara tímido este importante encuentro demostraba ya su
escasa experiencia como padre de una adolescente de salud perfecta y carácter
fuerte. La respuesta, tan dulce y tierna como sincera, inició el estado de
estupefacción que caracterizaría a Tancara durante las doce horas siguientes.
—        Mi salud es más que perfecta ahora que vuelvo a verte, padre y señor mío.
Permíteme iniciar este primer encuentro de una nueva etapa más feliz rogándote
un perdón inmerecido para mis múltiples maldades que no por infantiles fueron
menos crueles en un pasado que ambos recordamos con dolor común. Te ruego
que construyamos sobre ese perdón generoso nuestros nuevos días de ventura y
armonía.
—        Hablas como abogado de Sucre, pero entreveo la sinceridad innata que te
distingue tras la verborrea que imitas. ¿Podemos cortarla ya y hablar en vulgar
cristiano? Ni tú ni yo disponemos de la educación necesaria para decir sandeces
en difícil. ¿Quieres intentarlo, Silvia Susana, pero hacernos felices a ambos?
—        Por supuesto, papucho de mi alma. Perdóname, te decía, las canalladas
aprendidas de papá y mamá hace media década y comencemos de fojas cero
como corresponde a todo renacer legítimo. ¿Qué tal?
—        Mejor, pero no basta. Haz otro esfuerzo, difícil aunque pequeño.
—        Perdóname, padre, mis pecados, que yo ya te perdoné los tuyos. Más
breve, ni Dante.
—        Si. Así me gusta. ¡Ven a mis brazos, odiosa mía!
Tosferino aceptó no sin sorprenderse en lo más profundo de su alma negra la
felicidad inesperada que le proporcionaba el cálido abrazo torpe de su hija, una
mujer niña de inseguridades y temores apenas expresados por la cabeza morena
agachada y vacilante entre el miedo y la esperanza, y  le besó la frente con más
esfuerzo que cariño.
—        Sé que nada ha sido fácil para ti, pero todo puede cambiar si ambos lo
intentamos. Después de todo, sólo tenemos que enterrar esos malos recuerdos.
—        No es tan fácil, papá. Esos recuerdos son todo lo que tengo. Eso, y este
uniforme de las monjas. No bastan para reconstruir una vida, así fuera tan sencilla
como la mía.
—        Bueno, pues. Tengo un par de asuntos que concluir en estos lares y
después podemos iniciar unas largas vacaciones donde tú desees para
conocernos mejor. Desde ya te digo que cegarás un pozo de soledad en mi alma,
una tristeza profunda que andaba yo arrastrando desde ya ni me acuerdo
cuándo. He venido a descubrir en un parpadeo que tengo en ti una vía que nunca
reconocí hacia la felicidad. Si me permites, intentaré lo posible para volver a ser tu
papá. Estoy comenzando a hablar como abogado yo también. Debo…
—        Ambos deberemos aprenderlo todo. Tú a ser mi padre y yo a ser una hija
antes que una máquina caprichosa de gastar francos suizos.
—        Bueno, si es por eso… Siempre me alegra darte gusto en todo, Silvia
Susana.
—        Pues eso es algo malo que habrá que cambiar, ¿no crees, papá?
—        Si lo dices tú, Silvia Susana.
—        ¡Qué bonito es poder decirte papá, papá!
—        Creo que hasta el lenguaje tendrá que ser nuevo entre nosotros.
—         No será tan difícil. Yo siempre supe la diferencia entre el lujo y la
necesidad, y sé que nunca necesité un Jaguar, como te lo exigí en mi última carta.
—        Ni te preocupes por eso. Todavía no la abrí. Aquí el correo anda como la
mona.
—        Mejor así. Ahora me arrepiento de haberte exigido tanto.
—        Y yo, de haberte dado tan poco.
—        ¿Te parece bien que salgamos de aquí y comencemos a vivir otra vida ya
mismo?
—        ¡Me parece maravilloso!
—        Vamos entonces, papá. No estarás solo nunca más. Me lo dice mi
corazón.  
¿A quién agradece un malvado como yo un milagro como este?, se preguntaba
Tancara al salir de Oruro conduciendo su doble tracción. Sea cual sea su nombre,
o si no tiene nombre, ojalá quiera aceptar la humilde gratitud con que acojo en
este momento su milagro. Manejaba con tal contentamiento que no atinó a
discernir la mole inmensa de un monje que imitaban las nubes del Altiplano contra
un cielo celeste y dorado.   
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