LA AVENTURA
DEL ANULAR
EXTRAVIADO
Viernes - Segundo/3
Sentados ante una mesa colonial enorme en silletas que más parecían tronos que
asientos, bebiendo un Chivas doble con hielo y devorando un cerdo asado y las
delicias verdes y de todo color que lo acompañan cuando sigue la tradición, los
tres visitantes de Barba Azul Benavidez hablaron poco y comieron mucho al caer
la noche. Con una luna respetable pero no enorme sobre la selva a la que daba la
ventana que vino a ser una de las paredes de su celda, pues eso era esa pieza,
apenas cambiaron monosílabos hasta finalizar su inesperado banquete.
Como todo lo que comienza acaba, al acabar con su porción de carne asada
Morgan estudió por un momento a Endara.
— ¿Ha sucedido algo importante? Parece que el alma le ha vuelto al cuerpo,
Huascar.  
—        Del  cielo me llegó un mensaje que me ha devuelto el optimismo. Sucedió
cuando llegamos al hotel, Jim. Me estaba esperando, y no sólo recuperé un viejo
amigo, sino que estoy convencido de que pronto veré a mi hija.
—        ¿Cómo fue eso, si se puede preguntar?
Sin saber bien lo que hacía, Huascar dio un par de toques veloces al teclado de
su máquina y mostró a Morgan el resultado en la pantalla.
“Encontré a Isabela en un lugar increíble. Debes creerme cuando afirmo que está
bien y goza de perfecta salud y mejor humor. Ella misma podrá relatarte lo que le
sucedió desde que se perdió en Oruro. Te envía su cariño y te ruega que no te
preocupes por ella. Está libre y se prepara para verte pronto. Uso de este medio
porque no te encontré durante el día que dediqué a buscarte cuando estuve en
La Paz. Felicidades, y saludos de H.”
—        Pues me alegro, Huascar. Nada es más horrible que el sufrimiento de los
inocentes.
—        ¿Por qué lo dice, Morgan?
—        Comentaba con Huascar la suerte de su hija, coronel. Parece que está a
salvo.
—        ¿Cómo puede ser? Mike no está para dar órdenes a nadie.
—        ¿Debo tomar lo que dice como una acusación contra Tancara?
—        No necesariamente, Morgan. Pero le apuesto cien dólares a que Mike está
detrás de todo eso.
—         Lo mismo pienso yo, pero sólo es una intuición.
—        Yo digo que todo indica que Mike organizó ese secuestro. ¿No lo cree,
Endara?
—        Me inclino a creerlo culpable, coronel.
—        Bueno, ya estamos de acuerdo los tres. Hablemos de otra cosa.
—        Como usted prefiera, Tinino. Elija el tema.
—        Usted mató a mi coronel Loayza, ¿no es cierto, Endara?
—        Ni siquiera lo vi durante esta visita… ¿Cómo pude haberlo matado?
—        Como dice Morgan aquí… Es una intuición, y nunca dudo de las mías. Soy
un sabueso muy viejo y corrido.
—        Pues mire cómo trabajo con esta máquina. No hago más que programar
aplicaciones para venderlas. Me pagan bien, es cierto, pero trabajo como un
esclavo. Mire usted.
Tanto Mostacedo como Morgan clavaron la vista en la pantalla para ver una tira
inacabable de letras y cifras que nada les decía. Endara añadía símbolos a toda
prisa, casi sin variar nada de lo que escribía.
—        ¿Para que sirve eso?
—        Servirá para mejorar algunos trabajos contables cuando lo acabe, coronel.
Hará la vida más fácil para miles, tal vez millones, de personas. Esa es la
esperanza con que trabajo.
—        Bueno, pues, a su salud. Parece que hoy dormiremos tranquilos, y buena
falta que nos hace, digo yo.
—        Salud, coronel. Morgan, salud.
—        A la suya, caballeros.    
Bebieron con un extraño sentido ceremonial y cuando depositaban los vasos
sobre la mesa notaron que frente a ellos, a unos cien metros, se abría un portón
hacia lo que vendría a ser la plaza de este poblado y proyectaba una puñalada de
luz sobre el descubierto oscuro. Con un lejano berrinche de pitos, flautas y
campanas emergieron a paso de entierro doce oficiales de la Santa Inquisición
cubiertos de pundonoroso negro con largas capuchas y capirotes del mismo color.
Les seguía un jinete negro sobre un brioso potro albo y bello; portaba éste la
bandera aquella de todos los colores que habían visto horas antes; tras este
goyesco grupo vieron un asno diminuto sobre el que aparecía apenas montado,
desnudo, azotado, torturado, lacerado y cubierto por un paño sucio y un capirote
enorme de tonos repulsivos el que parecía objeto de esta ceremonia inesperada.
Avanzó lento el asno y los inquisidores desaparecieron entre las sombras para
dejarlo solo bajo la luna pálida.
Tan pronto llegó al centro de la plazoleta, el condenado, pues no podía ser otra
cosa, abrió una pierna sobre el asno que era más bajo que sus nalgas azotadas,
dios dos pasos y se tendió sin ofrecer resistencia sobre un altar de piedra
emergido de la nada. De sus extremidades crecieron entonces largas cadenas
que se dirigieron hacia los cuatro puntos cardinales reptando como víboras,
treparon sobre el lomo de cuatro caballos, dos negros y dos blancos, y tejieron
sendos collares para cada bestia. Un ulular milenario reemplazó el retintín metálico
y fue fácil discernir que los legendarios pututus* aymarás habían retornado a librar
sus guerras nuevas.
Bajo ese bramido que helaba los huesos, cuatro enmascarados negros avanzaron
hacia los caballos y crearon relámpagos a latigazos desangrando los ijares de las
bestias de ojos en llamas que arrancaron aterradas en un galope despavorido.
Los tres testigos creyeron escuchar el aullido de terror que lanzó el ejecutado al
perder las extremidades y las vieron en mudo horror cuando volaban sembrando
sangre. Repuestos de esa mala magia, salieron corriendo de su celda y,
avanzando entre oscuridades y destellos sobre esa tierra negra, húmeda y
ensangrentada, hallaron sin gran esfuerzo la cabeza que aullaba su confesión
sencilla. El tronco se desangraba por los cuatro orificios hórridos con
pretensiones de desagüe municipal.
—        ¡Soy culpable, carajo! ¡Carajo, soy culpable! ¡#^%@$&*^%$#! ¡He violado
cien mujeres y matado doscientas! ¡He violado cien mujeres y matado doscientas!
¡#^%@$&*^%$#! ¡#^%@$&*^%$#! ¡Carajo mierda! ¡Carajo mierda!
—        Jovero, amigo, ¿qué te ha pasado?
—        Me parece evidente, Tinino.
—        ¡Jovero, Jovero!
—        Déjelo en paz. Déjelo morir en paz, coronel.
Mostacedo agachó la cabeza entre asustado y sorprendido y vio la mano del
Jovero prendida a su tobillo. Agitó la pierna para liberarse de su inesperado
atacante y el brazo se desangró manchándole los pantalones. Un machetazo
aplicado sin contemplaciones dejó la mano prendida pero perdió el brazo entre las
sombras.
—        Volvamos a la celda, Tinino. Aquí todo es posible.
—        Tiene razón, Morgan. Vamos. Nada podemos hacer aquí. Venga, Endara.
Caminando sin prisa, Huascar retrocedió hasta la celda y entró en ella tras sus
compañeros de aventura. Para cuando cerraron la puerta y volvieron a mirar por
la gran ventana, sólo las sombras de tinta china y la luna pálida se ofrecieron a
sus especulaciones.
—         Allí está la cabeza.
—        No, es una piedra. Eso no es una cabeza.
—        ¡Madre mía!
—        ¿Qué es, coronel?
Mostacedo miraba aterrado sus pantalones. Ni mano alguna ni manchas de
sangre le arruinaban el kaki nuevo. Sólo la sensación de los dedos alrededor del
tobillo le obligó a rascarlo.
—        Esto demanda un whisky.
Tinino sirvió los tres tragos con mano diestra y los hizo circular. Sin decir palabra,
bebieron con cierta prisa. Miraron luego por largo tiempo la plazoleta silente y
oscura, buscando una confirmación de sus supuestos. Indiferente, la luna
continuó su lento avance de caracol.     




Inauguran vuelos regulares al Chapare
Comenzaron las operaciones comerciales en el aeropuerto "Dignidad" de Chimoré.
Entre las 11:00 y el medio día, tres aeronaves, dos de la empresa Amazonas y una de
AeroHorizontes, procedentes de La Paz y Cochabamba, aterrizaron sobre el cálido territorio del
trópico cochabambino.
El financiamiento de la construcción de la terminal aérea y de la plataforma de
estacionamiento fue de 1,3 millones de dólares, recursos que salieron de la Prefectura de
Cochabamba y del Gobierno de Estados Unidos.
El ministro de Desarrollo Económico, manifestó que las operaciones aéreas servirán para que
“el Chapare abra sus puertas al turismo mundial”.
"Un aeropuerto comercial permite que la producción salga del trópico de manera competitiva
hacia el exterior. Con14 centavos de dólar tendríamos el costo adicional para llevar hasta un
aeropuerto de Estados Unidos productos textiles, madera y cuero", aseveró el ministro.
“Estamos esperanzados en que el aeropuerto permitirá que podamos sacar nuestros
productos hacia mercados de La Paz, Santa Cruz, Argentina o Chile”.
La empresa aérea Amazonas es la primera línea que realizará operaciones comerciales hacia
y desde Chimoré con conexiones directas a Cochabamba, La Paz, Santa Cruz, Uyuni, Tarija y
Chuquisaca. Servirá al Trópico de Cochabamba con una frecuencia de dos vuelos semanales.
El precio de un vuelo comercial desde el aeropuerto Jorge Wilstermann, Cochabamba, hacia
Chimoré (ida y vuelta) será de 50 dólares, mientras que los pasajes de ida costarán 30
dólares.
* Pututu = Trompeta hecha
de un cuerno vacuno. Su
lúgubre sonido invita al
degüello en los combates.
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