LA AVENTURA
DEL ANULAR
EXTRAVIADO
Viernes - Segundo/2
Grover Wergeld Calaumana había situado su enorme escritorio de caoba frente al
ventanal  reparado horas antes que le ofrecía desde su piso décimo noveno un
panorama envidiable de la ciudad vertical que detestaba. Esa decoración le daba
el gusto de ofrecer la espalda a sus visitantes, y a veces no sólo la espalda.
Esperaba el sol del nuevo día repasando sus posiciones porque no podía
abandonar esa mala costumbre.
Como presidente de la Caja Autónoma de Crédito y Ahorro y dictador de las
nueve sucursales regionales que componían el sistema que había creado 19 años
antes, no era tal vez el más popular, pero era uno de los hombres más ricos de la
república. Uno de los más repulsivos, además, agregarían algunos entre sus
conocidos.
Wergeld había creado esa entidad de casi medio millón de cooperativistas
seducidos por el sueño del techo propio porque necesitaba un poder ilimitado más
que dinero. Ese poder parecía desvanecerse estos días entre las brujerías de
Ifigenia, Lady Láyqa, su esposa, tormento y amor eterno. Resignado, Grover
Wergeld  miró su propio reflejo en la ventana. Los ojos de una calavera pálida
bajo una mata de pelo amarillo le devolvieron una mirada clara pero muerta.
Acarició la seda de su corbata color perla.
Sin un quejido, la puerta se abrió apenas y dejó deslizarse en el lujoso despacho
a un indio hermoso como una estampa impresa en una postal de 16 pesos nuevos
de las que se vendían por millares en las tenebrosas oficinas del Correo Nacional,
trece pasos a la derecha del edificio propio de la CACA. Protegido por una
agradable nubecilla invisible de West Broadway por Bond no. 9, NYC, y  luciendo
un terno de acero inarrugable por Zegna sobre una camisa Van Heusen, una
corbata de seda blanca por Helmut Lang y zapatos negros de Giorgio Armani, el
visitante dejó al visitado tan pasmado como dejara a siete trabajadores en el
ascensor, todos encubiertos bajo una atmósfera agresiva de sobaco descuidado
por falta de agua corriente.
Tal fue así que Wergeld sólo atinó a  señalar con la izquierda un sillón de cuero
amplio como un lecho dedicado al sexo mientras hurgaba con dos dedos de su
derecha la miniatura de revolver que siempre llevaba en el bolsillo de los
cigarrillos de su terno por “Zambrana, un crédito cada semana”, como rezaba en
la etiqueta que jamás recordó después de adquirir su terno a plazos.
—        ¿Dónde se dejó las cámaras?
—        Hoy no traje ninguna. Nadie me paga para vestirme así. Lo hago porque
debo cumplir un deber poco grato cumpliendo las órdenes de la mujer que deseo,
amo y sirvo con toda mi agraciada humanidad. Soy bello, ¿por qué lo habría de
negar? Si vuelve a rozar su revolver de juguete acabará con un cuchillo coreano
en la garganta. Este cuchillo. Es de oro porque lo gané en un concurso
internacional de profesionales. Siéntese y quédese quieto.
El coraje es el miedo dominado por un esfuerzo constante, se repitió la fórmula el
anfitrión, obedeciendo al desconocido.    
—        ¿Un cafecito de los Yungas?
—        ¿Por qué no? Hará más amable la ocasión.
Wergeld apretó el decimotercer botón de una consola oculta en su escritorio. Una
negra yungueña de quince abriles y trasero portentoso ingresó por una puerta
secreta cubierta por un sobrio La Placa* de reciente factura y sirvió las dos tazas
diminutas sin abrir la boca ni menear el rabo. Ambos hombres paladearon el
aroma destilado en placer sin decir esa boca es tuya. Depositaron las tazas sobre
sus respectivos platillos y se vieron forzados a hacer un esfuerzo para retornar a
la coyuntura que vivían.
—Mi tarjeta.
Grover Wergeld leyó de prisa: “Osmar  Jancko Delgado. Asesino.”  Una dirección
@ completaba en elegante caligrafía la lujosa cartulina.
—        En mis tiempos nadie hacía publicidad a esas habilidades.
—        Es culpa de Hollywood. Desde que hacen cine para adolescentes idiotas,
es necesario dejarlo todo claro como agua de lluvia.
—        Ya veo. Y supongo que viste así para dar publicidad a su éxito personal.
—        No. Lo que pasa es que mi ama es más generosa con sus dones
personales cuando ve a una persona vestida como gente decente.
—        ¿Debo dudar de que se llama Fresia?
—         Ella es. ¿Es tan fácil de deducir?
—        No. Me ayudó un papel que me presté de la caja fuerte secreta del coronel
Tancara.
—        Por lo que veo, no hay secreto seguro en esta ciudad.
—        Esta semana tenemos dos misterios. Dos asesinatos sin asesino, cosa muy
rara entre nosotros. ¿Está ese su cuchillo elegante involucrado en esos asuntos?
—        Pues, no. Por entonces yo esquiaba en Suiza.
—         No me queda más que preguntarle el motivo de su presencia.
—        Quiero a advertirle que sólo aceptaré datos fidedignos. No me mienta,
Wergeld, porque soy muy serio en mis negocios.
—        Se hará lo que se pueda, como dijo Dios al crearnos.
—        ¿Secuestró usted a la hija de Endara?
—        Eso es fácil. No.
—        ¿La tiene su poder?
—        Más fácil aún. No.
—        ¿Sabe quién la secuestró?
—        De saberlo, no lo sé, pero tengo mis sospechas. Apuesto por Tosferino.
—        ¿Por qué?
—        Es el único que dispone de los medios y de la imaginación necesaria para
hacer algo así. Aquí nadie secuestra a nadie, a no ser un campesino que se
tumba a su futura antes de robársela para vivir en su huerta. Pero usted sabe de
estas cosas… ¿A menos que hubiera nacido en el Perú? Aún si así fuera,
pensándolo bien.
—        ¿Tiene usted el tesoro de Khanzer?
—        No.
—        Mire que le rompo un dedo meñique con facilidad pasmosa. Así.
Con un salto de tigre, el indio bello atrapó la mano izquierda de Wergeld y apretó
el meñique respectivo. El dedo imitó a una nuez en agonía con un crac ominoso.
Grover lanzó un grito capaz de rajar sus ventanas rayban.
—        Dígame la verdad, Wergeld.
—        No miento. ¡No miento!  
—        Se lo creo. Nadie me ha mentido hasta ahora después de que le rompiera
el meñique izquierdo. Sólo me queda pedirle un servicio.
—        ¡Lo que quiera! ¡No me toque! ¡No me toque, por favor!
—        Encuentre ese tesoro hasta mañana por la noche. Volveré a visitarlo al
atardecer.
—        ¡Pero no tengo idea sobre su paradero! ¡No sé ni siquiera a quien
preguntárselo!
—        Mire que agarro el otro meñique.
—        ¡No! ¡No! ¡Le digo la verdad!
—        Si así fuera, no sería usted Grover Wergeld Calaumana. Sería un pillo
cualquiera. Como son las cosas…
—        Haré lo que pueda. Márchese ya, que tengo que hacer algo por este dedo.
—        Hielo y escayola. Remedio seguro. Se lo digo yo.
—        ¡Váyase! ¡Váyase!
—        Nos vemos mañana. Que tenga usted un buen día.
Fantasmal como ingresara, el indio irresistible abrió apenas la puerta y
desapareció dejándole el recuerdo de su sonrisa perfecta.
*Alfredo La Placa, uno de
los artistas locales de
prestigio universal, tan
admirado como generoso.
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