LA AVENTURA
DEL ANULAR
EXTRAVIADO
Viernes - Segundo/1
El instinto de Tancara, siempre dispuesto a preservar el sistema que configuraba,
le forzó a abrir el ojo izquierdo aunque Tosferino yacía tendido boca abajo en un
lecho que había humedecido con su sudor. Se aproxima una grata amenaza, le
dijo sin palabras. Johnny sonrió apenas, dispuesto a enfrentarla aunque más no
fuera con su intención.
—        Fresia.
—        Es increíble. El primer represor con ojos en la cola que vengo a descubrir.  
—        La veo con mi deseo, Fresia.
—        Já. Antes muerta.
—        Sería la primera vez, pero estoy muy dispuesto.
—         Sería capaz de…
—        Fresia. Tratándose de Fresia, me siento capaz de todo crimen. Maldito
Belfegor que me fuerza a recibirla sin poder ofrecerle más que el perfil de mis
glúteos.
—        Agradézcale la frazada.
—         ¿Me ayudaría a voltearme? Le estaré agradecido hasta en el infierno.
—        Tome mi mano.
—        Algo es algo.
Hicieron la pulseada forzada y Tancara quedó boca arriba y sonriente con esa
mirada burlona que forzara a su padre a abofetearlo durante el sepelio de su
madre un tanto disminuida desde el secuestro de su hija, sobre la cual no conocía
ni siquiera la última medida de su estatura.
—        Fresia. He soñado con usted mil noches.
—        ¿Nada más? Eso explica su lamentable estado, coronel.
—        No. Esto es brujería, pero ya se me pasará. Mis amigos han ido a buscar la
cura de este mal. Pronto me verá usted bien parado, y estaré con mi doble parada
en su caso, si me permite la sinceridad.
—        Obsceno y tonto. Entiendo ahora su viudez.
—        Cosas que dicen mis enemigos…
—        ¿Cómo? No queda ninguno vivo.
—         Soy un buen profesional.
—        Del crimen y del terror.
—         Terrorista para unos, héroe para otros… Trágico sino el mío, ¿no lo cree?
—        No, pero no he venido a hacer telenovela. Sé que Isabel, la hija de
Huascar Endara, ya no está en su poder.
—        Nunca lo estuvo.
—        No voy a discutir ese punto. Sólo vengo a darle la noticia de que su hija
Silvia Susana sigue esperándolo en Oruro. ¿No sería decente que se dejara de
siestas y fuera a buscarla? Silvia Susana no está en el mejor de los mundos.
—        No creí ese dato. Después de todo, mis enemigos no dan en una segunda
oportunidad.
—        Sólo usé a su hija para presionarlo, Tancara, y logré mi cometido. Un
amigo mío vio libre a Isabela. Tan pronto me lo comunicó, dejé libre a Silvia
Susana. Usted parece haberla olvidado.
—        No. Es que realmente este cuerpo no se para. No puedo mantenerme de
pie, quiero decir.
—        Si tuviera conciencia hubiera ido a Oruro en una silla de ruedas. Usted es
un padre desnaturalizado. Recuerde que tiene que tomar un avión el sábado. No
tiene tiempo para bromas de mal gusto.
—        Ah, si. Su amigo, el indio hermoso. Me dio su nombre, pero lo olvidé.
—        Mejor así.
—         No voy a tomar ese avión, Fresia.
—        Mejor será que lo tome. O vuelve a su patria adoptada o va al infierno. No
tiene más opciones.
—        ¿Me amenaza usted, Fresia?
—        No. Sólo es una advertencia y un consejo. Para mí, usted ya está muerto.
—        ¿Como sus ojos ahora?
—         Es usted tan seductor como un alacrán. Nuestro próximo encuentro puede
no ser tan civilizado.
—        Mejor así, Recuerde que el ganador se lleva todo. Vae victis. Ay de la
vencida.
—         Déjese de latinajos y vaya a Oruro. No abandone a su hija.
—        Iré apenas vengan mis colegas. Después, no pararé hasta atraparla,
Fresia. Más le convendría matarme ahora mismo.
—        No será necesario. No seré yo quien le haga estallar el corazón.
—        En eso se equivoca. Está por estallarme cada vez que su aliento me
alcanza.
—        Bueno, pues. Queda advertido. Váyase. Recuerde que conozco sus
crímenes.
—        No hablamos entre angelitos, Fresia. Podríamos hacer una sociedad
perfecta, usted y yo. Conozco todas sus aventuras. Tampoco existen leyes
humanas para usted.
—        Tancara, váyase. Vaya a Oruro, traiga a su hija y tome ese avión el
sábado.
—        Fresia, desde hoy me dedicaré a perseguirla. Más le vale desaparecer,
porque si la atrapo, será mi esclava.     
—         No tengo más que decirle.
—        Usted será mía, Fresia. Jamás tuve la menor duda.
Sin un sonido que delatara sus movimientos, Ramallo de Holmes se alejó como
extravían los hombres su felicidad. Cuando Tancara volvió a parpadear no sintió
ni siquiera el recuerdo de su perfume.
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