LA AVENTURA
DEL ANULAR
EXTRAVIADO
Viernes - Cuarto/4
Margaret Kemp Bowen dormía su sueño nervioso y entrecortado por sus aullidos
de lobo y alaridos de loca iguales a los que emitía en la vereda derecha de la
amplia avenida del Libertador que sirve como límite norte al risueño barrio de San
Miguel, pero ahora parecía una aventajada alumna de Wesleyan, un prestigioso
centro educacional de merecida fama en Connecticut y hasta más lejos. Peinada,
bañada, perfumada, depilada, afeitada (las piernas) y vacunada, la gringa yacía
en un lecho cómodo pero no lujoso, amplio pero no doble, elevado pero no tanto,
en el que recibía al modo intravenoso varios líquidos cuya transparencia
traicionaba su bondad. Parecía dormir excepto cuando lanzaba sus ruidos
aquellos con chocante violencia. En un ambiente tibio y en penumbras tras
ventanas decoradas con alegres cortinas color carne de misionero y con música
de fondo destinada a apaciguar sus torturados nervios, no tenía razones de queja
alguna pero tampoco la capacidad de comprenderlo. Su mente se paseaba como
explorador noruego por las negras selvas de sus malos recuerdos y pesadillas.
Entre sus temores y odios, Margaret Kemp se asemejaba a Hitler, Franco, Bush y
otros personajes odiosos que no hay por qué recordar aquí. Flaca como un
espárrago y débil como un sietemesino, tenía los brazos atados al catre
profesional casi descrito para evitar que hiciera de auto-caníbal y se devorara las
uñas hasta la raíz misma de sus ansiedades. Si se añade el antifaz de amable
seda negra que se posaba sobre sus ojos, el detalle viene a completar el cuadro
como una cereza cuando se asienta sobre un helado de vainilla, crema Chantilly,
chocolate, frutas varias y nueces de Ibernia.
Comienza la acción con el ingreso de una estatua masculina viva de tono cobre
azulado y mandil verde cascada, guantes azul pálido y zapatillas de plástico
blancas como la máscara que le cubre la mitad inferior de un rostro muy
agraciado pero no puede ocultar el brillo de una mirada picara en unos ojos
negros como la noche y misteriosos como la Esfinge egipcia que aparece en la
primera de las quince películas de la serie alemana sobre La Momia, escena 3564
del sicherheitkinoblutzaugendentieren, palabra que en sí significa sólo “pip” y no
dice nada. Es tan bello este muchacho que no es necesario decir su nombre ya.
Tras él entra en escena una enfermera menuda como un enano mesopotámico y
redonda como una bola de billar, cobriza también. Su nombre es una
demostración palpable de las desmedidas ambiciones de sus padres y de la
distancia en que ambos vivían lejos de la realidad: Eleanor, como si fuera melliza
de la de Aquitania, aquella belleza gala inolvidable con corazón de león, como
sabe cualquier estudiante de la elemental.  Esta Eleanor es una experta en su
oficio, y sus servicios, así fueran cumplidos a su menudo nivel, son del más alto
nivel, paradoja grosera aunque toda responsabilidad sobre ella escapa al
humano. Eleanor esta aquí para dar masajes a la paciente y provocar en sus
dolidos sentidos placeres refinados hasta el éxtasis, momento en el cual es
posible que Margaret olvide los horrores vividos por culpa de Lady Láyqa, su
suegra y abuela del pequeño Herbert Jonathan, nombre verdadero de la criatura
secuestrada desde su nacimiento a la que la bruja negra como la noche llamaba
Grovercito Jr. por puro joder al marido.
Y, claro, tras esta profesional enana ingresa el  bello y sensual ángel de bondad
al que madre e hijo deberán una nueva vida de felicidad y esperanzas juntos en
un país ajeno a los odios y animosidades de que han sido víctimas desde hace 38
meses, incluidos los nueve de gestación del pequeño H.J., apelativo que basta y
sobra para un ser así de diminuto. Fresia Ramallo de Holmes, jefe de una
poderosa organización secreta cuyos colaboradores han creado una red invisible
en todo el globo, luce hoy un sencillo vestido rojo sangre con un escote capaz de
despertar a un muerto y tacos estilete usados alguna vez como cuchillos de
comando alemán contra las zonas media y superior de varios oponentes que no
vivieron para contarlo. Ha dejado la cabellera suelta al viento, y es hoy una negra
bandera de seducción.
Por fin, y en una cuna de aluminio con cuatro ruedas de chiste y un motor sordo
del tamaño de un tajador de lápices Faber Modelo #34343536, ingresa el objeto
de todos estos ires y venires dormido y silente en sus nuevos pañales Cottonflax,
capaces de absorber tres veces  su propio volumen. El momento no carecería de
cierta solemnidad y no poca emoción, dado que el mocoso verá (es sólo un decir)
por primera vez a su madre, pues que fuera apartado del parto apresurado que lo
trajo al mundo mediante actos de una violencia inaudita y maldades dignas de una
novela de Víctor Hugo.
Tan pronto se sitúa H.J. junto al lecho en que sufre su progenitora, Eleanor dobla
las mangas de su uniforme impecable hasta dejar al desnudo brazos poderosos
como los de un trabajador de muelles y manos capaces de amasar acero hasta
hacerlo puré de yuca. Es con estos instrumentos y con una habilidad infinita que
devolverá la cordura a la pobre madre desventurada. Sin más ni pedir permiso, se
aplica a la tarea con el entusiasmo de un escultor enamorado de su metier. Tarda
relativamente poco, una hora y media, en convertir los aullidos de lobo en
maullidos de gatita adulona y los chillidos de loca en quejidos de apetencia sexual,
pero el hecho es que logra la mutación y sólo precisa de otras dos horas de
intensa labor que la bañan en un sudor repulsivo para lograr la primera mirada
consciente en los ojos de vidrio molido de la gringa amasada como mezcla para
pan dulce.          
—        ¿How much?
La pregunta es lógica en un ser humano cuya vida anterior ha transcurrido en
gran parte comprando baratijas en los 1.230 centros comerciales gigantes que ha
visitado durante sus agitados 24 años, y no sorprende a nadie. Dando por
concluida su tarea, al menos por el momento, Eleanor pasa a segundo plano y se
deja caer en una silla de metal puesta allí para cualquier pariente pobre. El David
nativo coge al diminuto H.J. con esmerado tino y levanta su casi imperceptible
humanidad con cuidado infinito para situarlo justo frente al antifaz de seda china
que oculta otra vez los ojos de Margaret Kemp de Wergeld.
El antifaz se desliza con timidez virginal y la madre fija por vez primera una mirada
inteligente en el producto de sus amores.
—        Es tan feo como su padre. No, es más feo.
Su castellano altiplánico es perfecto, pero hace contraste con su físico extranjero.
Parpadea un par de veces y por fin se decide.
—        No lo quiero. Envíenlo al Asilo Carlos Villegas hoy mismo. Y a mí, a los
estados, si me hacen el favor.
Osmar parpadea detrás de su máscara quirúrgica. Eleanor no puede evitar una
mirada de profundo disgusto. El niño suelta un vientito que se deja sentir, así de
pequeño como es. Sólo Fresia permanece impasible.
—        Has lo que pide, por favor. Lo siento, pero todo esto debe desaparecer lo
más pronto posible. Eleanor, ¿dónde quieres ir?
—        Pues… Me gustaría volver a Buenos Aires…
—        Hecho. Gracias por tu ayuda. Gracias, Osmar.




Hallan 16 niños inexistentes
en el Hogar Carlos Villegas
Instituciones de protección de la niñez descubrieron durante un operativo en el Hogar Carlos
Villegas a 16 niños que no fueron reportados ante el juez del Menor a pesar de que la ley exige
que este procedimiento se realice en un plazo no mayor a las 72 horas después de la fecha de
ingreso de los menores al Hogar.
Irregularidad: muchos de los niños en los hogares no tienen certificado de nacimiento.
La inspección determinó que de un total de 20 bebés que conforman la población del Hogar,
sólo cuatro habían sido reportados ante un juez del Menor, por lo que los otros 16 son
considerados como “inexistentes”, denunció Consuelo Taborga, jueza primera de Partido de la
Niñez y Adolescencia.
“Desde el momento en que los hogares reciben a los niños y no dan parte de la orden de
acogimiento, se presume que hay una detención de los niños que equivale a una privación de
libertad”.
“Cuando se incurre en esto, un niño no existe para la sociedad y es más complicado, por
ejemplo, reincluirlo en una familia”, señaló Taborga.
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