LA AVENTURA
DEL ANULAR
EXTRAVIADO
Viernes - Cuarto/1
Tras dormir doce horas seguidas sin haber cambiado de postura una sola vez,
Isabela Endara Moreno decidió seguir la intuición confirmada por el hombre gordo
del avión de juguete y por el Monje en su primer diálogo mental. Se puso en
campaña para encontrar a su progenitor lo más pronto posible apenas dio fin a un
desayuno opíparo a las cuatro de una tarde de sol y calor.
Agotó su pasta dental Kolynos y salió corriendo tras un taxi. Después de perseguir
varios cazó uno lento, inició un avance desesperante por las calles centrales de la
capital y perdió la simpatía que sintiera desde su llegada al país por los buenos
chicos de la Universidad Popular de El Alto porque dos mil de los muchos miles
que estudian allí cuando pueden habían llegado a La Paz para añadir sus
exigencias a las del resto de la población mediante el ya poco novedoso
expediente de plantar estudiantes crucificados en calles, plazas y veredas.
El taxi avanzaba como tortuga en medio de una versión muy criolla de la antigua
tortura romana usada para dilucidar diferencias con los cristianos y otros
descontentos, pero los estudiantes locales quitaban mucho al espectáculo porque
preferían hacerse crucificar abrigados como campesinos siberianos en lugar de
mostrarse en su simple y natural belleza. Para mayor desmedro del evento,
usaban cuerdas en lugar de clavos y cantaban lemas revoltosos en lugar de
temas acordes con la ocasión. Varios conservaban su pícaro humor y lanzaron
desde sus cruces improvisadas piropos a veces de subido calibre hacia las mozas
buenas o malas que quisieron ver de primera mano los increíbles sufrimientos a
los que esa muchachada audaz se sometía para hacer respetar sus derechos por
el gobierno y por quien carajo más se atreviera a meterse con ellos.
Las chicas que buscaban novio se añadían a las masas de desocupados y a las
legiones de oficinistas, muchos de los cuales salen de sus despachos justamente
a esa álgida hora para comer pan con queso y beberse un café al paso, y
contribuían de modo efectivo y a pesar de sus intenciones a las dificultades
inhumanas que sufría el taxi-tortuga cada vez que intentaba avanzar medio metro.
En otras circunstancias, Isabela hubiera sabido sacar provecho de este evento y
de su cámara de 35 mm. pero, tesonera como la habían hecho, protestaba a viva
voz contra los transeúntes que se creían inmunes ante los vehículos atrapados
por esa masa de aburridos que calificaban a los estudiantes mediante los más
variados adjetivos.
Perdida así su buena hora y media, el taxista se las arregló por fin para descender
por la Avenida Arce e Isabela vio aproximarse el fin de su Vía Crucis al percibir la
masa inmensa de la Embajada en la que se decide todo que sucede en el país.
Isabela sufrió aquí su primer dejà vu familiar.
Inescapable al ojo desde cualquier punto del embudo, la fortaleza cobija a un
millar y medio de burócratas, militares y civiles, dedicados todos a desempeñar las
tareas cotidianas del verdadero gobierno de la infeliz satrapía. Una entrada enana
por donde sólo podrían colarse dos personas codo a codo interrumpe una muralla
de piedra desnuda y tres metros de altura. Varios PM locales de piel cobriza y
escudos de plástico miran de mala manera al mundo y sus alrededores. Tres
coroneles de Carabineros guapos como héroes de folletín se lucen bajo el sol.
Ventanas estrechas de vidrios blindados protegen a los funcionarios que
demandan desde casillas de aduana los papeles de cada visitante. Entregan
luego fichas de diversos colores que cada persona debe colgarse del pecho como
hicieran los judíos de Varsovia antes de cruzar un amplio patio interior a toda prisa
y sin tiempo para mirar los variados dispositivos para aniquilar allí mismo a los
potenciales invasores que vencieran una primera línea de defensa.
Isabela penetró en un amplio salón de recibo que parecía un hotel de lujo
abandonado. Sentados en incómodas butacas, los visitantes esperaban aquí a los
funcionarios bajo cuya responsabilidad subirían a cada piso respectivo, si subían.
Un silencio de templo pagano dominaba el lugar. Con las rodillas a la altura de la
nariz, Isabela percibió el olor de la cocaína que distinguió a la cueva de los
Marines en la antigua sede diplomática de la Calle Colón aunque nunca había
visitado ese lugar. Vetusto edificio de un solo ascensor, esa embajada no permitía
disfrazar las actividades que se practicaron en sus oscuros recintos. Mientras
esperaba incómoda, adivinó la finalidad última de este nuevo y magno símbolo de
la buena voluntad entre dos pueblos aliados: debía resistir el asedio de sus
pretendidos enemigos durante el tiempo que se tomara la caballería de rescate
para llegar desde la costa de Chile por la Carretera Panamericana bordeando el
Titicaca y usando la magnífica carretera que une La Paz con el lago y se conserva
magnífica sólo por esa razón.
Isabela debió abandonar pensamientos igualmente optimistas cuando un militar
que olía aún a biberón y lucía limpio como un silbido caminó como pantera hasta
su banqueta y preguntó, tímido:
— ¿Señorita Isabela?
— La misma.
Isabela se puso de pie sorprendida por el perfecto acento español altiplánico del
joven sacerdote de Marte.
— Mi nombre es James Morgan, pero puede llamarme Jim.
Apenas lo escuchó, Isabela se dejó vencer por la simpatía de este soldado niño.
— ¿Subimos?
Admirando la espalda de su guía, Isabela sospechó que llevaría ya las cicatrices
de algún combate. Morgan era un magnífico atleta de impecable sonrisa y mirada
de torcaza. Al seguirlo, Isabela experimentó ese orgullo raro que su país adoptado
le provocara algunas veces.



        

Más de 2.000 estudiantes de la UPEA arribarán a La Paz y se crucificarán.
No cuentan con apoyo de la Cruz Roja.
En el tercer día de su marcha, los estudiantes de la UPEA partieron ayer en la mañana a las 6:
30 desde la localidad de Kalamarca, realizando bloqueos de la carretera en ese sector y en
San Antonio. Alrededor de 600 estudiantes de los 2.000 se encuentran con ampollas y no
existe la presencia de entidades como la Cruz Roja para atenderlos.
Los marchistas esperan arribar a la ciudad de La Paz hoy entre las 10:00 y 11:00 de la mañana
e inmediatamente realizarán una crucifixión en masa. Estas son las primeras medidas que
están asumiendo el movimiento universitario de El Alto, para que el Parlamento apruebe la
modificación de la Ley 2115 dando plena Autonomía para la Universidad Pública de El Alto.
Agotados por el trajín de cuatro días de caminata, con ampollas en los pies y quemados por
los rayos del sol del altiplano siguen levantando en alto la bandera de la Autonomía y solicitan
a toda la población del El Alto su apoyo y solidaridad.
La modificación de la Ley 2115 ha sido aprobada en detalle en la Comisión de Desarrollo
Humano del Parlamento y sólo falta que se apruebe en la Cámara de Diputados.
“Esta Ley tiene que ser modificada pues al no otorgar autonomía atenta contra la propia
Constitución Política del Estado y otorga una Universidad de segunda categoría a la ciudad de
El Alto”, indicaron.
Este es el inicio de una serie de medidas que la comunidad universitaria esta asumiendo para
dar solución a un conflicto que dura más de tres años y que no puede continuar en esta
situación.
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