Su Opinión
La Venganza de la Pachamama
Arturo
Sus Libros

La buena noticia es que el calentamiento del planeta no significa el fin del mundo.
La mala, es que anuncia el fin de la especie humana. La peor, que nada podemos
hacer ya para evitar el Diluvio Universal en su última versión.
Cuando la Tierra cambie los Polos por el Ecuador, ahogue el Africa y las Américas,
renueve el perfil de sus montañas y cordilleras hundiendo las que conocemos para
erigir otras nuevas donde menos se nos ocurra, no hará otra cosa que cambiar de
traje, alterar apenas su superficie y liberarse de la plaga más feroz que ha conocido
como si tal plaga fuera un polvo de moscas.
Esa plaga, esa pandemia y ese horror es, claro, lo que llamamos, porque somos el
único animal que ríe y sabe del buen humor, Homo Sapiens, el Hombre que Piensa.
Esa plaga somos usted y yo multiplicados por seis mil millones y dedicados a
comernos el planeta.   
Una de las pruebas más sólidas de que Dios no existe estriba en que ningún Dios
bueno, sabio y justo pudo haber creado una peste tan horrenda como la raza
humana, esta marabunta. Los miles de años durante los que hemos ocupado este
maravilloso planeta, un parpadeo geológico en realidad, son la etapa más triste de
su devenir: una sola especie, la más cruel y feroz, ha destruido en ese mínimo lapso
miles de otras especies, ha envenenado las aguas de los mares, ha ensuciado las
nieves de las grande montañas y ha destruido los bosques y selvas hasta
convertirlo todo en un erial.  Ahora se dedica a envenenar los cielos.
Si los animales pudieran hablar, otra señal de que Dios no existe porque los
animales deberían tener el derecho de hablar, condenarían a la especie humana
con las expresiones más desesperadas, más indignadas y más tristes, y reclamarían
justicia elemental a ese Dios ciego, mudo e indiferente que dizque se dio el gusto de
crearnos al sólo pensarnos.
Pero, he aquí, los dados están lanzados y nada puede alterar ya la venganza de la
Pachamama. Pues que nos ha soportado durante milenios y jamás hicimos otra
cosa que destruirla, odiarnos unos a otros y asesinar por placer la vida donde fuera
que la encontráramos, el instante en que luchará por sobrevivir y por conservar esa
vida en forma de diminutos entes, los mismos que la iniciaron sólo Gaia sabe
cuantas veces antes, está próximo, es ley del Universo, y nada puede alterar ya la
llegada de ese amanecer diferente en que el sol saldrá por otro lado.
¿Merecemos ese destino?
El último sábado 10 de marzo anunciaba el Washington Post en su página A-15 que
"durante una reunión de dos días en Bruselas, las gobernantes de la Unión
Europea acordaron medidas con fuerza legal para reducir las emisiones de gases
que causan el efecto invernadero y que aumentarán el uso de energía renovable".
Ese mismo día y en su primera página, anunciaba el Washington Post la
construcción de cincuenta plantas destinadas a convertir el carbón en energía,
plantas que son la causa principal y más peligrosa del efecto invernadero. Las
nuevas plantas se construirán en el estado de Iowa y son parte de un grupo de 150
plantas que se construirán hasta 2030.
Antes de que condene usted a esos gringos malditos, enemigos de la humanidad,
es necesario que se pregunte hasta dónde está dispuesto usted mismo a luchar
contra ese efecto invernadero y el calentamiento del planeta. No se vaya usted por
peteneras haciéndose el inocente. Ya nadie es inocente. Usted también tiene la
culpa del fin del mundo, y lo sabe. No intente eludir su responsabilidad.
Pruebas al canto.
- ¿Está dispuesto usted a renunciar a su automóvil ahora mismo, reducirlo a
chatarra a golpe de mazo y cambiarlo por una bicicleta aunque su centro de trabajo
quede a cien kilómetros de distancia de su cómodo hogar?
¿Cuántos años hace que usted viene y va en su viejo cacharro y por la misma ruta,
envenenando el ambiente y sólo porque no le gusta pedalear?
- ¿Por qué hace comilonas semanales al carbón con sus amigos y en su jardín si
sabe que está emponzoñando el ambiente con cada balde de carbón? ¿Está
dispuesto a renunciar a ese único placer burgués que se permite con tantos
sacrificios, sólo para salvar al planeta?
- ¿Está dispuesto a renunciar al jabón de afeitar, los perfumes y otras sonzeras que
usa su mujer y que vienen en esas latas tan lindas que hacen ¡Fisss! cuando les
aprieta el ombligo?  
- ¿Está decidido a dar la vida para impedir la muerte de un árbol la próxima vez que
vea a algún idiota serruchando el tronco de esa pobre planta?
- ¿Decidió ya que preservará el agua hasta el punto de bañarse una vez al mes,
beber tres sorbos al día y no regar nunca más su jardín?
- ¿Está listo para lanzar una campaña dedicada a destruir todas las máquinas que
queman gasolina, diesel, petróleo o cosa parecida donde sea que se encuentren y
sean de quien sean?
Si es así, pero dudo de que sea así, usted morirá con la conciencia tranquila
cuando las aguas enfurecidas de cualquier océano le alcancen mientras corre como
liebre con fiebre tratando de refugiarse en la punta del monte más cercano.
Y si no es así, y estoy seguro de que no es así, ambos deberemos concordar en
que merecemos nuestra suerte individual y común. ¿Para qué decir más?
Tenga usted un buen pasar.  
   
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Mar 07