Von Vacano revisitado en
torno a “Sombra de Exilio”

Por Walter I. Vargas

Con ocasión de su retorno a Bolivia, ha publicado Arturo von Vacano en Presencia Literaria un
pedazo de pieza dramática, Los Laberintos de la libertad. Se trata apenas de un fragmento.
Pero basta para que al leerlo se confirme una presunción: Von Vacano no ha abandonado la
fuerte inflexión realista que le hace dar cuenta del entorno que le toca vivir con una crudeza y un
desgarramiento que escasean en una literatura que como la nacional está desprovista de
verdadero realismo, bien que tenga fama de su vocación social. Pues hay que ser claros en
cuanto a esto. Ser verdadero es decir de lo que es, que es, y lo que la literatura boliviana ha
hecho durante décadas bajo el nombre de realismo social e incluso literatura revolucionaria, ha
sido la adecuación de su reproducción realista a los requerimientos ideológicos del autor. La
idealización de la guerrilla de los sesenta en varios novelistas, como antes la Idealización del
mundo indígena, pueden probarlo.

Ya el hecho de no haber invertido su energía en el negocio intelectual más o menos seguro de
la guerrilla como tema novelístico, indica la discrepancia en cuanto a proyectos de obra. Critico
de la revolución se lo ha llamado, pero si bien es perfectamente posible leer sus tres novelas
con este esquema, creo que la penetración de la reflexión de von Vacano va más allá de esa
circunstancialidad. Por lo demás con la excepción de las palabras que Shimose dedica a Sombra
de Exilio, los comentarios que conozco se limitan a reducir las novelas a la ocasión indicada,
cuando no se diluyen en alusiones vanas, como aquella según la cual el personaje de Sombra
“es un hombre que camina... tan humano que casi se palpa. ... ... Tiene el valor de una
experiencia. . ... Las comparaciones son felices, justas, cabales. Las imágenes y metáforas,
bellas...”

Sólo una lectura vana puede recuperar belleza verbal de esta 1iteratura. No por lo menos en el
sentido armónico clásico que se deja deducir de esas palabras. El tipo de belleza que en cambio
se encara en ella es la disonante que tiene como propiedad la literatura contemporánea y cuya
experiencia está compuesta del desasosiego e inquietud que produce la transmisión de una
verdad dolorosa. Para decirlo de una vez, la novelística de von Vacano se me presenta como
fundada en un pesimismo radical que sólo muy sutilmente, como veremos luego, cede en su
consecuencia ante la necesidad de alguna esperanza. Formulada muy en el estilo del propio
autor, el propósito de su obra seria “zambulllirse en la realidad como un cerdo en el barro”. Y el
único acercamiento critico que creo le hace justicia son las sintéticas palabras de Shimose:
"Arturo von Vacano plantea artísticamente una ética del absurdo que desemboca en un
hedonismo desesperado. La aparente falta de mensajes o, mejor dicho, la oposición deliberada
a decir algo que se pudiera interpretar como una creencia en cualquier ideal surge del horror
natural de cualquier persona sensata que está hastiada de escuchar y ver imposturas,
fingimientos y mentiras" . La revisita que se hace aquí quiere contribuir a mejorar el
conocimiento de un novelista más importante de lo que se ha pretendido hasta ahora; el prólogo
o epílogo, digamos, que estas novelas no tienen.

SOMBRA DE EXILIO: ELTERRORISMO DESESPERADO
La misma inepcia crítica se comprueba cuando se lee que Sombra de Exilio, la primera novela de
von Vacano, es una crítica a cierto colegio paceño. A quién puede importarle semejante
preocupación como no sea como símbolo o muestra de cierta situación general, ni siquiera
nacional. Tampoco se es exhaustivo si se analiza todo desde el punto de mira de la revolución
nacionalista fracasada. Si se escogen muestras de la miseria de una educación dependiente o
del envilecimiento de una revolución popular es para simbolizar una problemática mucho más
amplia y englobante, algo que llamaría, a riesgo de pasar por pedante, la fenomenología del
subdesarrollo. Su apreciación del transcurso que sigue la revolución populista, por ejemplo, es
inequívocamente sólo ilustrativa de cierto decurso histórico general, no sólo del país, además,
sino del mundo subdesarrollado como tal:
"Los milicianos habían mostrado hacia arriba su manga derecha para mostrar el bando al que
pertenecían, los otros eligieron camisas blancas y pantalones oscuros para hacer saber que
eran los revolucionarios en esta ocasión. Mirando, podía uno leer la historia". Esto es, la historia
grotesca de revoluciones y contrarrevoluciones, todas ellas redentoras y clamadas por un
pueblo que no podía soportar más al tirano anterior. La corrosión generalizada del estado y la
sociedad civil en países como el nuestro, y algunos de sus efectos psicosociales sobre los
individuos, ese parece ser el gran tema en el que bucea von Vacano. Para comprender la
situación en la que se mueven los personajes de esta novela, entonces, es necesario
sacarse la venda de la costumbre y percibir que se está en un medio
en el que unos cuantos miles de personas se han dado cuenta de que han nacido en un país
destinado a la pobreza y que la única manera de no vegetar como el resto de la población es
tomar el poder de la manera que sea y medrar desde él hasta donde sea posible. Por tanto,
unos como políticos, otros como militares, otros como gerentes de empresas públicas, etc., se
dedican a acumular fortunas mientras fingen estar trabajando en altas funciones. Pero además
el estado, la torta, es pequeña, es demasiado pequeña para tantos hombres con ambiciones.
Entonces hay que pelear. Con una alternancia completamente azarosa pero necesaria, los
grupos, los partidos, las instituciones pelean entre sí, trepan y desvalijan al estado lo más
eficiente y encubiertamente que se pueda. Y al fondo, como en una tela de ópera pobre,
millones de desarrapados que se arrastran alrededor del poder, sin tocarlo, apenas viéndolo y
esperando que algo cambie algún rato. En este paisaje sociopolítico tan conocido sobresale sin
duda la caracterización del tipo, el personaje, que interesa más a von Vacano: el omnipresente
delincuente político, pues hay que llamar a las cosas por su nombre. Exiliado en el exterior, Max
sostiene una conversación con uno de estos hombres y lo tipifica así: "lo miro y tengo ante mi el
vivo retrato de las desgracias de todo mi pueblo. En éste los veo a todos. En éste veo a toditos
nosotros. Este es un líder político sin partido, que ha encontrado un auditorio, yo, y que ya se
siente seguro de que su gente, yo, que no como desde hace cuatro días, y nadie más, le
seguirá hasta el final, la gloria o el cementerio. Es el hombre que dejó de estudiar antes de lo
conveniente, pero que sueña con llegar a ser ministro antes de morirse, aunque no sabe qué
diablos podría hacer él de ministro… El tiene la salvación del país. Es un gran político, un
hombre de ideas, un líder nato, un estratega de la madona y un brillante domador de hombres.
Lo único malo es que está solo. Y un líder sin seguidores es bastante ridículo. Un Napoleón sin
Francia es absurdo. Es imbécil Es el cretinismo en pantalones cortos. Pero un país en que todos
son Napoleones, Disraelis, Churchills y Nerones no es ridículo, no es absurdo, no es cretinismo.
Es una desgracia".

Para componer tal desgracia sociopolítica no hacen falta, en efecto, sino los dos elementos que
están claramente presentes en estas líneas: el neurótico ingenuo que estima que bastan dos o
tres ideas para componer el país y el cliente hambriento y desempleado que está dispuesto a
seguirlo a donde sea a cambio de recibir, al cabo de la elección o el golpe exitosos. la
recompensa debida. Pero von Vacano va un poco más lejos en la vivisección del gangsterismo
político que practican los cientos de derechistas, centristas e izquierdistas que ahora han dado
en llamarse la clase política. Desmitifica la supuesta ingenuidad citada anteriormente y la
desenmascara como simple bandidismo: “Sus sueños le han llevado a Francia, donde es ahora
embajador, engaña a su mujer y nada en champaña. Está contando los ceros de su cuenta
corriente. Se ve luego en el balcón del Palacio Quemado, arengando a la multitud, arrancándole
rugidos de admiración, granizadas de aplausos. Me doy cuenta de que este tipo es peor que los
que sueñan dentro del país: esos, por lo menos, están arriesgando su pellejo y no confiesan tan
abiertamente que su celo revolucionario es hijo de su incapacidad de ganarse la vida
honradamente... Este es mi compatriota... Es una mierda pero es mi compatriota" .

Pues bien, es en este medio, dictatorial o democrático, tanto vale para el caso, en el cual Max, el
personaje, decide liquidar al presidente de la república. Aquí cabe indicar que es en la
caracterización de este personaje donde reside la parte débil de la novela. Max es un
veinteañero que no discurre tanto acerca de la causalidad real del problema cuanto de su
propio entorno cotidiano. Su hermano es asesinado por el régimen y ésta es la motivación del
atentado. Las cosas adquieren cierta inverosimilitud que afecta el objetivo magnifico que tiene la
narración. Se me ocurre que si von Vacano lo hubiera dotado de mayor reflexión objetiva, el
desarrollo de los hechos sería verosímil y perdería su apariencia forzosa. Sus aventuras
juveniles previas al disparo sobre el presidente corren el riesgo de banalizar y convertir al texto
en un juguete humorístico. A estas partes debe referirse don Augusto Guzmán cuando habla de
que al leer la novela "pasó un consumo placentero de cuatro horas a lo sumo" .

Existe entonces una desproporción entre la ambientación e historia un tanto ligeras previas al
atentado y el mayor logro de la parte segunda. Y sin embargo, en su corporización están
presentes algunas de las mejores Intuiciones de la novela. Por ejemplo, la historia de su vida
manifiesta por oposición o irónicamente el estado de alienación pasiva y paralítica que viven los
individuos en un país anómico. "La primera vez que desperté con el eco de los tiros, yo era un
niñito y Peñaranda estaba luchando un poco por quedarse en el Palacio Quemado. Después,
vino el 21. Después el 9. Y en medio de a esas dos, que fueron grandes, vino una guerra civil
durante la cual picaba cada mañana a las once para ametrallar el Palacio ese...”

Pero lo esencial es que contiene en sí los rasgos del opositor actual, desarmado
ideológicamente y aplastado por el peso del statu quo. Prefigura así, yo diría, los actos actuales
de grupos mínimos de sectarios que ejecutan actos de rebeldía que se traducen en
Inmolaciones casi previsibles. Para comprender el talante de este opositor al régimen, basta con
compararlo con la forma del revolucionario que cuaja en Bolivia por esos años: el guerrillero. La
distancia que media entre ambos es la distancia que existe entre la guerrilla revolucionaria y el
terrorismo desesperado (1). En efecto, no hay en Max nada cercano al revolucionario
profesional, se trata de un terrorista casi casual, movido exclusivamente por reflejos. Lejos de él
el ideólogo que opera con conocimiento de causa y la convicción de un religioso. El
revolucionario todavía se cree agente del cambio. Espera que su acción mueva el carro de la
historia por el buen camino. Max, no. No tiene una organización y no lo hace por interés
partidario, casi no dispone de razones históricas, no posee ideología, no espera que tras los
hechos las cosas mejoren; ni siquiera se reserva el consuelo de una fama de magnicida.
Escuchémoslo: “¿Qué pienso del Presidente? Por tratar de matarlo estoy aquí. Y, ¿qué pienso
de la política? Que porque me asqueó, estoy aquí. Y, ¿que pienso de volver allá? Que me gusta
acá. Y, ¿qué digo de las ideas de la oposición? ¿De cuál oposición? Me mira y no comprende.
¡No puedo haber tratado de volarle la cabeza a un Presidente sin haberme enrolado en la
oposición!. No estoy en ninguna oposición. Me da asco todo eso".

LA EXPERIENCIA DEL HAMBRE
Lo que sigue a continuación, en la segunda parte de la novela, constituye un otro anillo del
infierno del atraso. Max escapa hacia Perú, y en Lima experimenta desde dentro, él, que hasta
ahora no lo había visto sino desde las aulas de su colegio, lo que significa habitar como un paria
y desamparado en una de las múltiples metrópolis a la fuerza del continente latinoamericano.
Sucesivamente trabajador en una fábrica de telas, vendedor de libros, tintorero, pescador,
redactor de revistas y partero, y en todos estos puestas despedido a la larga, recibe por último
como un mazazo la cognición física del terror ante la eventualidad de morir de hambre. Es decir,
nada nuevo, algo que experimentan cientos de miles de personas todos los días en nuestros
países y que está traspuesto antológicamente por von Vacano en un fragmento que no resisto
citar. El amigo que conoce Max en Lima es un "taxista sin taxi, el marido de una puta enferma
que trabaja para dar de comer a tres niños", la encarnación, se podría decir, del marginal
latinoamericano sin la menor esperanza de salvarse, pero también incapaz de suicidarse. He
aquí la caracterización:
"El sabía cómo esperar. A decir verdad, parecía que hubiese estado esperando toda la vida. Y
que no tenía la menor gana de que lo que estaba esperando llegase algún día. No sé, dijo. No
podemos quedamos aquí, dije, hay que hacer algo. Me senté a su lado, con el saco entre las
piernas. El se tendió de cara al sol, con una pajíta entre los labios y dijo que lo que se
necesitaba era una guerra. Yo dije que si. El dijo que desde que no hay guerras las gentes
viven apretujadas y sudando y hediendo y acostándose en los parques por la noche y
muriéndose hambre lentamente y a gusto casi, pero muriéndose de hambre, de todo modos…”
"Bueno, dije después de comerme tres pajitas, ¿qué hacemos ahora? Podemos Ir al centro y
pedir trabajo de puerta en puerta, ¿no? Estaba asustado, realmente asustado. . . .Es lo mismo,
dijo con olímpica tranquilidad, pero si quieres podemos Ir. Se levantó y empezó a caminar, pero
no llegó muy lejos. Se dejó caer de rodillas sobre el pasto y se arrastró en cuatro patas hasta
volver a quedar tendido como un muerto. Parecía sentirse muy cómodo y eso me indignó...
"El sonrió. Cálmate, cálmate, dijo. Además, no hay nada que hacer. Además, hay que guardar
las fuerzas. Hace dos días que no como... ¿Vas a ir a pedir empleo de puerta en puerta?
¿Sabes cuantas puertas hay en esta ciudad? Hay millones y millones y millones. Y a nadie le
importa un rábano si te mueres de hambre. Aquí la gente se muere de hambre, se embrutece,
se enloquece y camina desnuda por la calle. ¿Qué puedes hacer tú?”
Von Vacano escribió este poco menos que escalofriante párrafo en 1970, pero nada hace ver
que no se pueda aplicar hoy por hoy a cualquier ciudad del llamado Tercer Mundo.

Walter I. Vargas, es critico literario y profesor universitario.

PRESENCIA LITERARIA
La Paz, Bolivia, domingo 31 de enero de 1993
Su Premio por Leer esta Nota