El Tercero
÷
Dice:
Este me odió apenas se enteró de mi presencia. No alcanzo a recordar día alguno en que no sintiera yo,
como el olor del tigre, el aliento de su odio. Naciente, era un resentimiento que le hacía encoger la nariz y
desviar la mirada, un tanto miope como él es. Creciendo con él, su odio se hizo sordo y furioso; le llevaba
a resoplar como un toro. Habiéndome salvado yo, sietemesino, de los exagerados amores de mis padres y
de mi abuela cómplice, ellos le permitieron crecer libre y sin molestarlo mucho, solo y bajo el sol, el viento
y la lluvia a veces, a veces desnudo. Resultó un hombre bruto y fuerte, como siempre quise ser yo. Lo de
bruto es un prejuicio mio: no tenía un pelo de bruto ni otro de imaginación. Es simple y torpe. Retorcido y
zorro como soy, la sabiduría divina nos hizo enemigos antes del destete: la broma estuvo en hacernos
hermanos.   
Fue víctima de mis incontables argucias; no pudiendo seguir los vericuetos de mis complicadas
estrategias, me siguió en mis primeras aventuras sólo para extraviarse al momento y quedar en ridículo
ante el mundo, perdido entre calles y callejones, un niño angustiado y solo, siempre solo porque su
soledad era el castigo de sus equivocaciones. Y así, mis cien triquiñuelas y sus cien disgustos
transformaron la natural competencia entre el mayor y el siguiente en esa su corriente de odio que alenté
durante su niñez, descubrí durante nuestra adolescencia y confirmo en nuestra vejez.    
÷
Dice:
El odio se cultiva; su semilla está en nosotros desde antes de nacer. Por eso lo reconocemos con tanta
facilidad en nuestro corazón: emerge como bilis apenas espiamos al ente odiado. Al principio, como
inexplicable antipatía infantil manifestada en travesuras inanes: cambiarle la pimienta por el azúcar, por
ejemplo. Después, con furia inusitada: este es el único que me rompió la nariz de un golpe de derecha.
Pero entre la travesura y el golpe hubo varios episodios divertidos. Hoy, y hasta que muera, debería
intentar un comentario sobre  algunos.
÷
Dice:
Éramos niños aun pero no ya tres sino cuatro: el último se tomó tres años en llegar mientras que entre
sus hermanos sólo hubo una pausa de dos. Dos hubo entre mi hermana y yo, dos entre éste y el que le
sigue. Me imagino al último como resultado de un feliz re-encuentro entre mis padres después de que el
Viejo pasara año y medio en las minas. Es el último pero tal vez no el más mimado. Estoy seguro de que él
opina lo mismo.
Pero este tercero era el menos mimado, vaya el diablo a saber por qué. Nunca sabremos si atribuye las
tremendas palizas – ancha correa militar de cuero sobre las nalgas desnudas – que recibió durante varios
años (también yo la medí, pero no tan a menudo) a su limitado rendimiento como estudiante (yo era flojo,
no torpe) o a su terquedad de mula: no le gustaban las aulas; tal vez eso fue todo. Era difícil ser pobre
entre tanto chico rico. Ser pobre y no ser zorro debió haber sido triste, además. Fuera como fuera, jamás
me aceptó como su jefe, caudillo, conductor, capitán ni nada de nada. Los demás, hermanos o relaciones,
si. Este, jamás.
÷
Dice:
Me fue leal, sin embargo, durante nuestros combates librados a pedradas, puñetazos o perdigonadas
contra otros grupos de adolescentes, fueran indios o mestizos. Siempre me expresó su odio uno a uno y
cara a cara y con los ojos. Es un odio mudo: no alcanza más que a mirarme en silencio cuando me tiene
ante sí.  
÷
Dice:
Y sin embargo, me hizo objeto de uno de los gestos más generosos que me tocara vivir. Aún hoy lo
considero increíble. Decir que me salvó la vida sería exagerar un poco, pero decir que salvó mi mundo
todo es reducir mucho ese gesto, que debe permanecer secreto porque toca la vida de muchos
inocentes…
El caso fue que, después de uno de mis actos culpables y malvados se enteró él, vaya el Diablo a saber
cómo, de los detalles de ese pecado. Es un pecado imperdonable que hoy llevo colgando de la memoria y
a veces me despierta angustiado, cuarenta años después de ese delito. Después de cometerlo esperaba
yo las consecuencias que habrían de privarme de lo que más valoraba yo sin poder evitarlas ni atrasarlas,
esperaba apelando a mi máscara sonriente sin manejarla muy bien ya, contaba los minutos que habrían
de agotarse para precipitar una tragedia que pudo haber alterado totalmente mis días cuando, sin variar
su tono ni disimular su constante desdén, me dio las tres frases que me devolvió al reino de los
esperanzados: “Lo sé todo. No te preocupes. Ya está solucionado”.
Nada más, pero nada menos. En un principio no lo creí. No veía la conexión entre él y ese exceso.
Continúe agonizando y tragando hiel  en espera del desplome de mi mundo. Cada mañana era más difícil
y cada noche imaginé peores sufrimientos hasta que el agotamiento físico vino en mi auxilio. Dormí, soñé
mi pecado, soñé los mil castigos que merecía, abrí los ojos al día último que mi culpa había asignado y lo
viví apaciguando mi corazón hora tras hora hasta que la noche me dejó saber que tal vez el instante que
tanto temí me había esquivado. Fui creyendo en mi salvación durante los días siguientes hasta que logré
ocultar también esa maldad y ese terror entre los secretos que jamás mencionaré. Allí está ahora, y me
siento despreciable y afirmo otra vez que morirá conmigo.
Pero él en nada cambió. Nunca mencionó el momento en que me hablara sobre esta maldad, no
abandonó la costumbre de usar monosílabos apenas si nos cruzábamos en alguna esquina. Tampoco
logró hilvanar nunca en palabras las múltiples causas de su actitud. Se ha perdido en el tiempo y la
distancia y sólo me queda el recuerdo del niño al que herí tantas veces hasta que llegó a odiarme y el
hombre que suspendió un día ese odio para salvar mi mundo.
Porque si de algo estoy seguro es de que nos cruzaremos en la más ardiente esquina del infierno y de
que tampoco allí me dirigirá palabra alguna.
÷
Dice:
El Demonio me empuja después a revivir una escena o varias que tienden a aliviar mi mala conciencia. Así
somos, pues, los pecadores: las maldades ajenas reducen, nos parece, las propias.
Hoy retorna en el día más triste de nuestra vida, el día en que se nos apagó el sol y nos dejó el alma
amputada para siempre. Sucedió bajo un sol radiante en ese cielo tan azul que parece negro e intocado y
marca así el contraste extremo entre el celeste y el blanco andino que hiere las pupilas.
Almorzábamos en familia, costumbre casi perdida desde que el Viejo se fuera a las minas a ganarse la
vida y cuando retornó, incómodo en un terno por estrenar de chaleco y corbata cara porque se había
acostumbrado a la camisa abierta y la chamarra de cuero, se sentó a la mesa, dijo una ocurrencia que
nos hizo reír a todos, encendió un cigarrillo, aspiró el humo y lanzó un gruñido porque se le partió el
corazón y cayó de cara sobre la mesa vomitando las babas de la muerte.
Usamos un instante para llevarlo hasta su cama, pero lo tendimos ya muerto. Así, en un suspiro,
aprendimos que lo imposible también sucede: los dioses pueden morir. Yo me quedé mirando sus manos
fuertes y amables que curaban, median haciendas, reparaban camiones, consolaban y acariciaban hasta
que dejaron de ser sus manos.
Fue en ese instante en que este hermano mío que me odiaba arrancó el reloj pulsera de la muñeca del
Viejo y lo colocó con gesto de rapiña en su propia muñeca. ‘A ver pues’, me dijo su mirada, ‘a ver si te
atreves a decir algo’.
Nada dije pero lo entendí todo. No reaccioné, como otras veces no atinara a reaccionar ante las
agresiones gratuitas sino muy tarde, y me quedé con la mirada vacía, aterrado ante la única muerte de mi
experiencia, la primera y la más feroz, incrédulo ante su ataque fraternal: la tradición dictaba que ese reloj
debía ser mío, soy el mayor, pero la muerte de quien lo fuera todo para nosotros, sobre todo para mí, me
paralizó.
Después, durante las noches del velorio, entendí que con ese gesto expresaba él sus tres quinquenios:
había librado todos nuestros combates azuzado por la única ambición que jamás podría satisfacer, la de
ser el primero, ser quien soy. Porque entendió que jamás la colmaría cometió ese robo inane. Fue desde
ese momento y no antes cuando decidió que no podría hablar conmigo y nunca me dio más de tres
palabras.  
÷
Dice:
Con este me sucede, pues, que hay días en que justifico su odio: nuestra antipatía mutua comenzó antes
de que tuviéramos conciencia de esa inquina, de modo que todas las travesuras y maldades que nos
infligimos comienzan, para los dos, antes del diluvio.
La del revólver, por ejemplo.
÷
Dice:
Entre las cosas inútiles que el Viejo se trajo del Chaco recuerdo tres medallitas de latón y la cicatriz de
una herida de bala bajo el sobaco izquierdo. Recuerdo el revólver porque parecía de juguete. No alcanzo
a entender cómo hacía para que ese revólver apareciera y desapareciera de los rincones menos
pensados. Nunca lo usó como deben usarse los revólveres, de modo que no sé por qué ni para qué lo
tenía. Ya viejo yo y con mi pistola .22 en un bolsillo, hoy lo sé: a algunos hombres nos gusta andar con
ese juguete.
El caso fue que el revólver desapareció una mala tarde. Cuando el Viejo nos puso en fila para interrogar
con una mirada fría sobre el paradero del hierro, yo murmure al oído del menor, del pequeñín aquel: ‘Anda
y sacude el abrigo del mentiroso’, lo que el inocente hizo sin dudar un instante. El sonido metálico contra
la pared vendió al culpable, cuyos chillidos sacudieron la casa minutos después, aprendiendo como
estaba otra lección con ayuda del cinturón militar de cuero.
÷
Dice:
Con ese botón debe bastar: nuestros días primeros se hicieron con incidentes como ese. Lo que no sabré
nunca es cuándo ni qué disgusto le decidieron a proyectar la misma actitud hacia todo el mundo ancho y
ajeno. Dos indicios acusan sus actos malos: los lanza contra quienes no pueden defenderse; con cada
acto aumenta su impostura y adopta aires de académico solemne. Su estrabismo y su frente amplia y
ancha le ayudan. Camina, además como si poseyera la tierra toda. Para compensar en parte esas malas
costumbres ejercita la generosidad con extraños y no niega a nadie los secretos de su oficio; ha sido
maestro y algunos le aman por ello. Los que vienen porque me han leído o escucharon mi nombre me
dicen de sus generosidades forzándome a fingir un breve orgullo. Hasta que hicieron lo que hicieron los
tres, eso fue fácil. Cuando supe lo que hizo e hicieron fue imposible. Es imposible.
÷
Dice:
Apenas se destetó se marchó y se casó. Un año después y en otra ciudad, ésta con playa y desierto,
conocí a la madre de su hija, que venía a pedir consejo del aparente primogénito. Tras un divorcio rápido
y feroz había decidido buscar mejor suerte en el Norte. Era enfermera y humilde y buena persona. Nunca
doy consejos; me basta con mis otras culpas. Aprobé sin embargo ese viaje apresurado y felicité a la
joven por su decisión. Nada más pude hacer.
Hoy sé que decidió dar por muertas tanto a esa madre como a su hija al extremo de que ambas han
olvidado hasta su nombre.
÷
Dice:
Ese divorcio costó casi la cordura a su madre y a su hermano el benjamín. No pudiendo lograrlo sin ayuda
de nadie, se dedicó a torturarlos mentalmente mediante gritos y presiones que fueron desde las
amenazas simples hasta promesas de palizas bíblicas. Telefonazos a deshora, golpes y patadas a puertas
y ventanas… para exigir que su madre le librara de ese embrollo. Cuando madre e hijo llegaron a mi
departamento invitados a pasar un mes conmigo, ambos exhibían las huellas de esas presiones.
Sabedora del poco aprecio que sentía yo por ese tercero, la madre intentó ocultarlo todo pero el niño
relató un episodio o dos. El recuerdo de la enfermera divorciada que me contara otro capítulo del mismo
relato como fuente de su decisión de dejar el país para siempre huyendo del desaforado feroz me sirvió
para reconocer el modo de operar de este malvado.
÷
Dice:
Fue con la misma crueldad y sangre fría con que impuso a sus hermanos la partición de la herencia
maternal. Asignó muebles a quien y como quiso y repartió billetes según su gana. La amenaza de peleas
furiosas le sirvió de argumento y todos aceptaron sus designios. Hablaba apenas, con voz de acero. Lo sé
porque usó el mismo truco conmigo, aunque con resultados diferentes.
Hecha la partición, la deshizo y se quedó con buena parte del dinero, botín que desperdició para salir por
vez primera y última de la patria: descubrió Buenos Aires, miró aquí, allá y acullá y retornó de prisa,
asustado por las dimensiones del mundo.   
÷
Dice:
Hoy no puede probar que es quien dice que es: un fracasado intento de duplicar su persona para casarse
siendo casado trastocó sus documentos y no puede lograr una libreta de identidad legal; así, cuando
vendieron la casa falsificó su firma (pues no era ni es él, sino otro) o se convirtió en un fantasma como
aparezco yo en esos papeles, asesinado por sus angurrias.
Esa maniobra absurda le hace preferir el silencio de su dormitorio sobre el sol de calles y plazas. No
abandona sin embargo sus aires papales: calvo de media cabeza para atrás, usará hasta su último
suspiro amplios jeans de Fernandez, lo mejor de los Andes remangados a media rodilla; va erguido como
si tuviera algo de qué enorgullecerse. Acompaña a paso inseguro y lento a una mujer que parece su
abuela, camina con  bastón de madera, mira al mundo con indisimulado pavor y sufre de un cuello torcido
la mar de feo. Ocupados en evitar un porrazo espectacular sobre las accidentadas veredas de la 6 de
Agosto, no vieron siquiera al viejo de Van Dyke y gorra de Princeton que miraba con la boca abierta al
malvado y su segunda esposa, ladrones ambos.
÷
Dice:
Su vocación era la de cuidador de caballos; sus mejores sueños le vinieron cuando su padre hablaba de
emigrar a Rurrenabaque y compraba una parafernalia increíble de cosas, máquinas y utensilios que sabía
jamás podría usar pero le ayudaban a conservar latente esa esperanza inalcanzable.
Adulto, aprovechó toda ocasión para  andar entre equinos: le vi meter todo el brazo y tres huevos de
gallina por el ano de un mimado suyo para salvarle de una indigestión. Los trataba con cariño y
abnegación de madre y enfermera.
Y si existiera lugar para la piedad me gustaría recordarlo como ahora mismo lo veo en mi memoria:
galopaba yo sobre un potrillo por los campos verdes de Tupiza, gozando a todo dar de la vida y
abriéndome un gran tajo en el traste, feliz todo un día. Le vi aparecer a paso cansino, misionero grandote
y narigón bajo un gran sombrero de paja y sobre un burrito de já, el burrito agachado y él con las piernas
estiradas, predicando: ‘No maltrates al animal’.
Continué mis galopes tragando vientos hasta que una mujer bella como un ángel de manos de humo me
tendió sobre mi lecho bocabajo y traste abierto para aplicarme tinturas y cremas entre traviesas
carcajadas.
SIGUE