Para aprender a escribir, dicen, es  necesario escribir mucho. La idea
es escribir por un par de horas cada día durante una infinidad de días,
hasta morir. Otra buena idea es botar la mayor parte de lo escrito. La
experiencia me dice que una idea mejor es no botar nada: hay veces
en que una línea de un texto inservible puede provocar otro texto, uno
grato y digno de una supervivencia corta o larga. Pero la necesidad de
escribir por un par de horas al día es la ley más importante.
Mi fortuna ha sido buena en cuanto a la crítica: de los cientos de
comentarios que he visto sobre mi humilde opus, ninguno ha sido
negativo. He reunido los que pude; los demás se los llevó el viento.
Eso pasa por andar por el mundo con una maleta siguiendo el destino
del exilado. Se pierde todo, y se lo pierde varias veces. Si me
preguntan por que elegí el exilio, diré que fue porque nadie puede
escribir bien si nunca le sucede nada; por eso eligen muchos una
juventud aventurera, para alimentar una vejez hecha de recuerdos que
luego se intenta retratar en blanco y negro.
La fama y la riqueza son dos de las diosas malignas que acechan al
escritor para destruirlo. Le empujan a desdeñar su conciencia para
buscar el favor público, único acceso al dinero y el aplauso de las
masas. Sacrifican su talento para ponerse de moda. Asfixian sus
ideales para servir fines mezquinos. Se transforman en servidores de
los poderosos en la esperanza de cosechar algunas migajas. Uno he
visto que dio la espalda a su pueblo y a su patria para ponerse a
fabricar best-sellers. Pero, porque casi cada escritor es una diva y
necesita lectores como los demás necesitan oxigeno, casi cada escritor
ha escuchado y seguido a esas diosas malignas por lapsos largos o
cortos. Yo no soy una excepción. Lo prueba mi mayor fracaso,
“Tamalpais”.
“Tamalpais” es un esperpento escrito en mal inglés y armado de la
peor manera que se me ocurrió traer al mundo después del triste debut
de “Biting Silence” en Nueva York. Es un monstruo de 400 páginas sin
pies ni cabeza. Es una cosa deforme que, como esas masas
gelatinosas de las películas de cucos, tiende a envolvernos sin
decirnos nada entre malos párrafos y cuatro líneas logradas. Es
indomable como mala bestia. No hay modo de reformarlo ni de salvarlo
(pagué un par de miles dólares a un profesor de literatura que nada
hizo, sólo coger la plata y salir corriendo). Nació deforme y destinado a
desaparecer. No desaparece porque le extraigo partes como si fuera
un Frankestein al revés y hago de ellas cuentos y relatos, muchos de
los cuales van a parar, por fin, al basurero.
Se llama “Tamalpais” por puro accidente: mi necesidad era hallar un
titulo para un relato sobre un emigrante llegado a estas costas, tema
no muy original según me dicen.  Mirando un mapa, vi la palabra al
norte de San Francisco, me pareció bastante sonora y desconocida y
bauticé al monstruo: “La Ruta de Tamalpais”. Hay veces en que lo saco
de su jaula e intento otra vez domarlo, pero nada: siempre me vence,
me deja frustrado y vuelve a dormir. Allí está ahora, a dos pies de mi
silla, y ronca sordo, amenazante.
Quien te dice que con el paso de las aguas y los años, un día mi hija
Marcela decide irse al otro lado del continente, hacerse abogado y
fundar una familia. La visitamos variadas veces y admiramos su
progreso. No fue nada fácil pero, con la voluntad de acero que sólo
Dios sabe de dónde sacó, hizo y ha hecho exactamente lo que quiso y
es madre orgullosa de dos maravillas que nos traen locos. Para
casarse eligió un local amplio, cómodo y amable, hecho para esa
importante ceremonia, situado en las faldas de una montaña agreste
de media milla de altura al norte de San Francisco y frente al Pacifico.
Se llama Tamalpais.
Dios, ese humorista supremo, se place en darme experiencias como
esta. El día mas triste de mi vida fue, durante décadas, el día en que
murió mi padre; Dios eligió ese mismo día veinte años más tarde para
que naciera mi hija primera, mi Marcela madre y abogado. Ni siquiera
un autor talentoso podría describir las emociones encontradas que en
mí combaten cuando ese día se repite.
Algo similar, pero a nivel mucho menor, se dio el momento en que,
después de una curva, vi “Tamalpais” anunciado en una placa
cuadrada al borde del camino. La boda de mi hija, que coronaba años
de trabajos y sacrificios para alcanzar la fundación de su hogar y la
confirmación de una carrera profesional de singular éxito, era causa de
orgullo y placer que, así fuera de rebote, también yo sentí
profundamente. Allí abajo, sin embargo, el fracaso de mi “Tamalpais”
me rasguñaba la conciencia como si fuera reflejo de toda mi trayectoria
entre textos y libros.
Con la gran alegría de compartir la felicidad y el triunfo de mi hija se
deslizaba la tímida tristeza de saber que yo había sembrado en el mar
o poco menos, y que nunca alcanzaría las alturas que había
ambicionado. Imaginé el fracaso de “Tamalpais” como si fuera el mío.
Para entonces contaba yo con los versos de Kipling y con el recuerdo
de variadas y negras aventuras que me abrieron los ojos ante la
falsedad de diosas como la fama y la fortuna y una realidad que es a
veces sueño y otras pesadilla pero que termina por disolverse en
sonido y furia antes de rendirse al silencio perenne.
En otras palabras, aprendí que de lo único que somos dueños los
humanos es del instante, de este mismo instante y de cada instante, y
que la sabiduría consiste en gozarlo con pasión y furia. ¿Deberé decir
que agoté aquella noche bailando, para risa y placer de nuestros
invitados?
Decidí entonces comenzar otra aventura grata uniendo el Pacífico y el
Atlántico en un viaje veloz, en un auto alquilado y sin más compañía
que mis demonios. Comencé, pues en Tamalpais y alcancé Yorktown y
Alexandria, mi ciudad, diez días después.  
Tamalpais