El SEGUNDO
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Dice:
Y ves tú: recién ahora te lo preguntas: ¿por qué los odias? La respuesta, que viene furiosa, me
atraganta: me robaron, me insultaron, me difamaron, me golpearon, me mintieron, me abandonaron, me
mataron y, lo que fue peor, me ignoraron.
Habrá que argumentarlo, chico. Habrá que discutirlo.
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Dice:
‘A vuestros pies Pagre
viene un infeliz
cargado de angustias
y de penas mil’
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Dice:
...plañía también yo a los seis años en las procesiones de cada domingo por la madrugada y alrededor
de la iglesia de Miraflores, agarrado de las polleras de mi chola y niñera, la Balbina, cuyas tetas me
asfixiaban cuando me secuestraba para mimarme de noche entre los trapos de su camastro que olía a
campo en su cuarto de adobe sin luz ni catre. Es por el olor de la Balbina que he fornicado con tanta
chola…
Pero fue gracias a la Balbina que me tiré después a mis primitas A., C. y V. Sin sus morenas manos
hábiles no hubiera sabido qué hacer de mi dedo veintiuno cuando me vi entre esas sábanas perfumadas.
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Dice:
A los 76, sufro de Tinnitus y no es raro que escuche por las noches, cuando sopla el viento o yo creo
que sopla, los lloros de un recién nacido abandonado en el pasaje Alborta bajo mi ventana por alguna
chola malvada. Una vez llamé a mi abuela para que lo escuchara y si, era un bebecito, y ella me ordenó
bajar y recogerlo y llevarlo al orfanato Carlos de Villegas a la vuelta de la esquina, y el consejo me sirvió
bastante bien durante mi adolescencia…
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Dice:
Nunca he explicado mi preferencia por el alcohol antes que las mujeres. ¿No es algo obvio?
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Dice:
Mi suerte hizo que viviera mi juventud, mi media edad, mi edad madura y hasta buena parte de mi edad
avanzada sin conocer la cuchilla del cirujano.
Un día hubo en mi niñez sin embargo, en que estuve a un tris de semejante desgracia. Fue cuando mi
apéndice se inflamó y el doctor propuso liquidarlo.
‘Verás’, dijo mi padre, ‘para pagarle no hay dinero, pero si se hace urgente de algún modo lo hallaré. Por
otro lado, tal vez yo puedo curarte… ¿Qué eliges tú?’
Elegí su mano santa antes de que terminara de decirlo y pasó dos semanas haciéndome masajes en el
abdomen entre el mediodía y la hora primera de la tarde olvidándose de almorzar.
Por eso iré al Infierno con un apéndice sano y bueno. ¿Quién podría entender mi orgullo de que así
será?  
Hoy mi cuerpo parece un campo de batalla.
÷
Dice:
Recuerdo también el día en que sufrí de almorranas y se equivocó de frasco y me bañó el ano con
gasolina. Canté, grité, chillé, mugí y lloré. Pero también aprendí que todo pasa, como afirmó él, humillado
en su saber. No le hablé durante una semana, pero ahora sé que todo pasa.
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Dice:
Odio el dolor. Siempre me acompaña aunque no me fuerza a chillar. Aparece y desaparece según Su
capricho y donde menos lo espero. Ella dice que soy un hipocondríaco. Yo conjugo el dolor casi siempre
en silencio. Me digo ultrasensible pero sufro.
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Dice:
Aquí otro ejemplo de Su humor: mi neuropatía.
Neuropatía periférica No existe cura para la mayoría de las neuropatías hereditarias.
Los nervios periféricos llevan información hasta y desde el cerebro. También llevan señales hasta y
desde la médula espinal al resto del cuerpo.
La neuropatía periférica significa que estos nervios no funcionan apropiadamente. Esta neuropatía
puede ser un daño a uno solo o a un grupo de nervios. También puede afectar a los nervios en todo el
cuerpo. Los síntomas dependen de si el daño afecta a un nervio, varios o a todo el cuerpo.
El hormigueo o ardor en brazos y piernas puede ser un signo inicial de daño neurológico. Estas
sensaciones a menudo empiezan en los dedos de los pies. Pueden ser un dolor profundo. Esto sucede
en los pies y las piernas. Se puede perder la sensibilidad en las piernas y los brazos. Se nota cuando se
toca algo muy caliente o frío y no siente nada.
El daño neurológico dificulta el control de los músculos y causa debilidad. Se notan problemas para
mover una parte del cuerpo. Hay caídas cuando se doblan las piernas. Se tropieza en los dedos de los
pies. Los músculos tienen espasmos o calambres y se hacen más pequeños.
La angina es el dolor torácico de advertencia de una cardiopatía y ataque cardíaco. El daño neurológico
puede "ocultar" esta advertencia. Otros signos de un ataque cardíaco son una fatiga súbita, sudoración,
dificultad para respirar, náuseas y vómitos...
Más claro, agua.
+
Dice:
Me suplantaron, dije.
La historia con que me refiero al quinto no es un cuento: es la pura y santa verdad: aprovechando un
cierto parecido físico (de niños éramos ‘papa partida’) ese quinto se pasó décadas suplantándome,
lanzando a diestra y siniestra elogios y críticas, opiniones y sandeces como si él fuera yo (sobra con mis
propias sandeces); aprovecha así mis largas ausencias. Sólo por eso siento una intensa inquina, sobre
todo porque el fruto de sus labores es harto diferente del mío: con suerte, las generaciones posteriores
juzgarán al impostor.
Pero así hizo ese, aficionado a los atuendos de poeta bohemio sin ser ni lo uno ni lo otro, pintor que
oculta sus obras en el desván o el sótano, mediocre confeso, constructor cuyas obras brillan por su
ausencia en la gran urbe… Cero a la izquierda, en fin.
Durante mis ausencias recibía y recibo flechas de gente de mala leche que se place en anotar lo que
dije y afirmé aunque estuviera ausente en reuniones de artistas, cocteles de viejas perfumadas, canchas
de fútbol y en plena calle: ‘Interesante lo que dijo usted en la reunión de los Urrutia’, dicen, y me arde la
cara. ¿Qué fue que dije?, digo. ‘No diga que no se acuerda’, dicen, y se burlan: ‘Dice usted tantas
cosas…’ y desaparecen.
¿En un país sin Ley ni Justicia, que puedo hacer para evitar esta maldad?
+
Dice:  
Me robaron, dije.
No sólo desapareció todo lo que tuve que abandonar en la casa materna (máquinas, armas que tanto
aprecié: una .22 que parecía de juguete, un rifle de caza con mira y todo, cámaras fotográficas, libros,
libros, libros y etc. etc.) sino que, durante 360 meses se ‘olvidaron’ de enviarme mi parte (US$250) de
los alquileres de la susodicha mansión, fuente de nuestras discordias. Hágase una idea de ese abuso.
No sólo eso: cuando vendieron la casa entre gallos y medianoche se quedaron con 30 o 40 mil dólares,
mi tajada. No sólo eso: trataron con la punta del zapato a mi esposa antes de negarle explicaciones y
dólares. Plata es sólo plata pero, ¿tratar así a mi señora?
¿En un país sin Ley ni Justicia, que puedo hacer para castigar esta maldad?
+
Dice:  
Me insultaron, dije.
Diseminaron a diestra y siniestra las acusaciones más absurdas, siempre en susurros y chismes.
Exageraron mi afición al trago cuando tal afición había desaparecido ya; exageraron mi debilidad por
lechos ajenos cuando  bien sabían que cometí si no uno, dos deslices y no más; contaron que tenía
manos agiles y fingieron vergüenzas por pillerías inventadas que no sólo hacían de mí un ladroncillo de
porra sino un idiota sin cura posible: que me había robado una llanta en mi juventud, dijeron, cuando
bien sabemos todos quién fue, cuándo lo hizo y cómo lo salvé de una celda. Convirtieron mis días de
frustración y extravío en una bacanal constante; dijeron que gozaba tanto de las niñas bien como de los
muchachos lindos; cada rumor, con un granizo de estupideces, me caía encima de cuando en cuando
para cultivar mi odio.
¿En un país sin Ley ni Justicia, que puedo hacer para defenderme de esta maldad?
+
Dice:  
Me difamaron, dije.
Dijeron que soy ignaro sobre sintaxis, bruto con la gramática y lento en la composición. Cuando ese
buen señor, Cárdenas, me reconoció en una feria del libro, el quinto torció la boca y le dijo, ‘No vale
pena’, negándome el gusto de dar la mano a un respetado colega. Sorprendido y pasmado, Cárdenas
no atinó más que a seguir caminando. ¡Preguntádselo, señores! Cárdenas tiene buena memoria.
Durante cuatro décadas esparcieron el mismo chisme: ‘Ese escribe mal, rechazadlo, olvidadlo, destruidlo’
…y así hicieron los bellacos apenas destetados que les lamían los pies en la UMSA.  
¿En un país sin Ley ni Justicia, que puedo hacer para atacar esta maldad?
+
Dice:  
Me golpearon, dije.
En sus celdas y sus cuarteles me enseñaron el poder del más fuerte. Esos, los que llamé la Bestia.
Tonto idealista también yo, como miles, oculté mis heridas en la esperanza vana de que aquellos
tiempos portentosos no retornaran. Décadas después y cuando un buen amigo reclamó por mi obra,
justificaron la decisión de negarme preguntando: ‘¿Por qué se fueron?’ sobre exiliados y perseguidos;
hoy ese joven bellaco es maestro de juventudes y enseña ‘Literatura’. Salve oh, Patria, Salve.
¿En un país sin Ley ni Justicia, que puedo hacer para castigar esa maldad?
+
Dice:  
Me abandonaron, dije.
Cuando caí bajo las zarpas de la Bestia, sólo mi esposa salió a la calle para averiguar mi suerte. ¿Creen
que los tres de mi sangre se animaron siquiera a preguntar por teléfono si me habían lanzado a las
selvas del Paraguay? Como ratas se ocultaron, eligieron no sacar la nariz, prefirieron ceder ese muerto
a los caprichos del destino. ¿Quién me manda hablar fuerte por los que no pueden hablar? Un amigo
hizo lo que esos tres tenían el deber de hacer. Cobardes, caminan sin dejar huella y evitan las lluvias y
los vientos.
¿En un país sin Ley ni Justicia, que puedo hacer para disminuir esta maldad?
+
Dice:  
Me mintieron, dije.
Cuando preguntaba qué fue lo que fue de la mansión, ¿cómo iban los desacuerdos con los demás
herederos? ¿Qué planes habría para evitar que los viejos muros se vinieran abajo? ¿Cuándo podría yo
esperar dos centavos de la herencia familiar?, apelaban a sus rostros de serios profesionales,
catedráticos respetados, diplomáticos enriquecidos para explicar la situación: los malos entendidos entre
tantos herederos eran nudos gordianos: no se podía alquilar, menos vender ni regalar la mansión…
Además, están los impuestos, afirmaban: si pagamos los impuestos nos quedamos sin comer… Es un lío
que ni Cristo soluciona.
Quijote sin tiempo obnubilado por mi necesidad de hallar un editor y evitar que mis libros terminaran
como arena que se lleva el viento, yo prefería seguir caminando. Fui un idiota, lo confieso.  
¿En un país sin Ley ni Justicia, que puedo hacer para anular esta maldad?
+
Dice:  
Me mataron, dije.
Cuando por fin hallaron un comprador y me anoticiaron de tal progreso, exigí que aclaráramos cuentas
antes que nada; hicieron maniobras raras y aparecí como muerto, esto es, desaparecí de los
documentos ‘legales’; me mataron. Tengo los papeles que ellos mismos me enviaron pero, ¿qué?  ¿Ante
quién presentarlos? Busqué abogados y aprendí que con abogados debería gastar 2000.000 para
recuperar 100.000 y eso sin garantías ni nada, en un gran veremos. Publiqué un aviso en la prensa:
“¡No estoy muerto!’ pero la prensa lo canceló a poco: ‘Esas cosas no se dicen; es un aviso un poco
fuerte’, dijeron. Así que acá estoy, muerto por mis hermanos y sus esposas.    
¿En un país sin Ley ni Justicia, que puedo hacer para vengar esa maldad?
+
Dice:  
Me ignoraron, dije.
En esas riñas digitales andábamos cuando la noticia de la muerte del cuarto me llegó como un sentido
pésame por la misa de ocho días en su memoria. Me lo enviaba un amigo que había visto el aviso: como
gente que se respeta, los de mi sangre le hicieron cantar misas y vistieron luto, religiosos como son.
Gasté tres meses repitiendo mis pedidos de saber cuándo, cómo, de qué, por qué y en qué
circunstancias había fallecido nuestro primer muerto: silencio de tumba. Salvajes como son, tampoco
cumplieron este mínimo deber entre entes civilizados.
Poco después, ejecutaron la venta.   
¿En un país sin Ley ni Justicia, que puedo hacer para borrar esa maldad?
+
Dice:  
Leyéndome en este amanecer no puedo evitar las cosquillas que me hace la sospecha de que esta
historia tiene su lado cómico; esta es otra característica de las historias de todo calibre que se cuecen
en nuestro ambiente. No hay tragedia que no nos haga reír un poco porque son algo ridículas ni
comedia que no nos entristezca otro poco porque son algo dramáticas, si no brutales: el Corralito de
Villa Montes, por ejemplo. El filósofo que escribe en alemán y en difícil para los indios de Achacachi.
Escribe sobre la tragedia india para los alemanes, millones, interesados en Achacachi. El político que
vierte la sangre de jóvenes inocentes ‘responsablemente’. El magnífico titular de prensa ‘Se encuentra
desaparecido’. Si continúo, no pararé hasta llorar.
+
Dice:  
Otro descubrimiento que me pasma: apenas difundí los abusos de estos hermanos míos empecé a
recibir noticias y comentarios que me llevan a una conclusión ineludible: lo que me sucede no es nada
extraordinario. Uno de cada cuatro emigrantes o exiliados que dejaron su techo en poder de sus
parientes sufrió un robo similar. Casi cada familia capaz de gozar de techo propio cometió un
desaguisado parecido contra el pródigo que se marchó en busca de su fortuna. Recuerdo: “A mi tía
Enriqueta, Don Arturo, le sucedió lo mismo. Resulta que…” y encuentro que ni siquiera en esto puedo
ser original. Hay quienes creyeron que me consolaban cuando me demostraron que fui tan tonto como la
tía Enriqueta.  
+
Dice:  
Amanece. La noche se me ha ido como casi siempre: de mis soledades vengo, a mis soledades voy
porque para estar conmigo me bastan mis pensamientos. Voy a refugiarme en mi universo.    
÷
Dice:
He pensado en el suicidio desde el día en que se publicó mi libro y no duró una semana en vitrina… el
día en que perdí el único empleo que encontré en este paraíso del trabajador porque cumplí cincuenta
años... el día en que supe que jamás encontraría otro empleo porque cumplí cincuenta años… el día
hace treinta años en que, sordo, perdí la música bajo mil zumbidos y estruendos… el día en que quedé
solo en este universo y aprendí que no puedo hablar con nadie… el día en que comencé a hablar con
las paredes… el día en que comenzaron a contestarme… el día en que perdí este ojo…
… y siempre tomé la misma decisión: deja que lo haga El; matar es Su trabajo.
Simplemente, espero.
Aquí estoy, pues, y espero.
SIGUE