Arturo von Vacano
Su Opinión
Arturo
Un Plan Original para Salvar La Patria
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Hoy he amanecido atacado por ese gene tan singular de nuestro DNA común
de bolivianos y me he dicho, golpeándome el pecho con el dedo medio: “Si
ese puede, ¿por qué no tú, eh?” Es así como declaro aquí mismo mi
candidatura a la Presidencia de la República, vigente apenas se le hayan roto
las patas políticas a Mesa.
Me impulsa la noticia de que dos de cada tres bolivianos se irían al Polo
Norte si pudieran, dejando la suerte del país en manos de ese tercio más
recio y bravo que ha decidido jugarse hasta el último naipe entre sus
horizontes nativos. Lo álgido es que son justamente esos dos bolivianos que
quieren pero no pueden marcharse los responsables de la olla de grillos
eterna en que han convertido a su patria; ellos son esa mayoría que, con su
conducta diaria, sus costumbres sempiternas, sus debilidades de carácter y
otros defectos incurables, mantienen estancada a esta tierra en el lago de
mediocridad invencible que es nuestra vida cotidiana. Todos los conocemos
y todos sabemos cómo y por qué son así. Será siempre un consuelo el
ayudarles a conseguir el pasaporte que ambicionan. Mi candidatura les hará
más fácil ese viaje sin retorno. Lo veo claro como el agua del Orkojahuira.       
A diferencia de otras víctimas del mismo gene, que sólo cuentan con la
complicidad de sus adláteres para alcanzar el Sillón Maldito, yo puedo afirmar
ante el mundo ancho y ajeno una virtud milagrosa que me hace literalmente
único: jamas fui empleado público. Y otra: nunca milité en ningún partido
político. Y otra, aún: no tengo compinches ni adláteres. Ni siquiera tengo
compadres para jugar al cacho. Esto es, soy virtuoso como santo iletrado e
invulnerable como tanque Panzer. Nada debo a nadie (bueno, la verdad…
Pero eso es un secreto entre el Negro Romero y yo, y secreto ha de quedar.)
Nadie me debe nada. Ni debo ni me deben, ni tengo ni ambiciono. El día en
que me elijan (no puede ser de otro modo; me lo dijo la ouija) habrán puesto
al Padre de la Virtud misma en ese Caserón Sangriento. Estoy tan convencido
de que triunfaré cualquier mes de estos que ya he puesto en práctica mi Plan
para Salvar a la Patria. Es tan sencillo, que da grima:
1.- Apenas pise ese Balcón Apestoso proclamaré (a) que todos los bolivianos
somos felices y estamos satisfechos con las cosas como vienen
sucediéndose porque, la verdad sea dicha, esas cosas son producto de la
voluntad soberana y democrática (la mitad mas uno) de todos los bolivianos.
Las cosas son como son porque así nos da la buena gana.
Así de felices, hemos decidido (b) legalizar esas cosas y demandar la
destrucción de la Embajada y la construcción de un palacio aireado de
mármol de mentira para alojar al nuevo gobernador Pontius H. Pilatus porque
hemos decidido proclamarnos de una buena vez el estado # 51 de los
Estados Unidos Potentes y Grandes. Entendemos por fin lo que es el
federalismo y sabemos que cada uno de esos 50 estados es un país casi tan
desgraciado como el nuestro, pero más rico. Tanto es así que tenemos un
estado hermano entre ellos: Mississipi, donde enviamos a nuestros militares
a aprender el sublime arte de la tortura y la profesión bien definida del
francotirador.
2.- Aprovechando el pasmo general que tal declaración provocará, afirmaré
luego que (c) hemos aprendido una verdad tan trágica como política: el país
no se puede cambiar nunca; está allí y allí estará por otra eternidad,
“inalterable como la tierra avara, etc. etc.”, pero el pueblo se puede cambiar,
y bastante rápido. Habiendo confirmado que todas las combinaciones raciales
que puedan imaginarse producen aquí una constante anarquía, en el goce de
nuestra felicidad actual, obra de nuestra acción libre, democrática y
soberana, declararé que (d) hemos decidido cambiar al pueblo, y para ello
iniciamos ya mismo una nueva política migratoria que hará de los japoneses
(y sus virtudes cívicas y laborales) la mayoría evidente de la población,
transformando de esa forma a todo un pueblo en otro muy diferente en
menos de una generación.
Cuando todos seamos japoneses, no tardaremos ni diez años en hacer un
Japón andino. Todos tendremos un Toyota tras otro entre la cuna y la tumba y
lo único difícil será eso de ir de aquí para allá luciendo todos la misma cara.
Nada es perfecto, declararé, y estaremos dispuestos a aceptar nuestro
nuevo rostro.
Dentro de una generación, cuando me hagan la estatua que todo dirán es de
Pedro Shimose, sabré en mi conciencia que fui el humilde salvador de esta
patria y, en regocijado silencio,  me felicitaré de haber quemado por fin y para
siempre ese odioso Palacio Quemado.
¿Y quién recordará ese día a esos bolivianos que quisieron pero jamás se
atrevieron a marcharse?     
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Sept.2004
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