LA AVENTURA
DEL ANULAR
EXTRAVIADO
Sabado - Primero/3
—        ¿Cómo van las cosas, coronel?
—        Morgan. ¿Qué hace usted en este salón? ¿Quién lo envió a espiarme?
—        No es más que una coincidencia, coronel. Mike me pidió que lo encontrara
aquí.
—        ¡Qué coincidencia ni qué ocho cuartos! Ustedes me espían hasta cuando
duermo.
—        Así sabemos que duerme poco, ¿no es verdad, coronel Mostacedo?
—        Mire, Morgan… ¡Endara! ¿Usted también aquí? ¿Quién le dio vela en este
velorio?
—        Vino porque nada nuevo sucede en La Paz, y se desespera. No es cierto,
Huascar?
—        Así es, Jim. Así es, lamentablemente.
—        Bueno. Palmasola es grande y hay mucho que hacer aquí. De modo que
ya pueden hacer su visita sin molestarme. Váyanse al segundo patio. No habrá
aire  fresco, pero hay menos moscas.
—        No sé. ¿Estará Mike allí?
—         ¿Está también aquí?
—        Ya le dije que me pidió que le encontrara en Palmasola.
—        Razón de más. Márchense, márchense, que tengo mucho que hacer.
—        ¿Qué tanto hace aquí entre doscientos treinta murucullos*, coronel?
—        Nada que le interese a usted, Endara. Y mejor se calla antes de que le
plante un derechazo en la jeta.
—        ¿Pero que le pasa, coronel? Creí que éramos amigos…
—        ¿Amigos? Já. Usted mató a mi coronel Loayza…
—        No diga sandeces, hombre. No es posible que haga esas acusaciones sin…
—        ¡Márchense! ¿No ven que estoy ocupado?
—        Bueno, bueno. Vámonos, Endara. El coronel está en su mal día. Tal vez
vino a buscar las joyas…
—        ¿Qué sabe usted de ese asunto?
—        Que no sacaron nada. Nadie les siguió el juego. Fracasaron en lo de las
joyerías.
—        Eso demuestra que usted no sabe nada de nada. Adiós.
—        Adiós, coronel, y buena suerte.
—        Seguro que Mike está molestando al Boroschi…
—        No tengo la menor idea… Adiós.
Se fueron caminando lentos hasta el despacho del Boroschi, un cuarto
improvisado con techo de paja en el borde de una cancha de fútbol en la que el
calor y las moscas no dejaban jugar a nadie, y se sentaron en unas bancas de
paja al ver que nadie les esperaba. Endara trabajaba a ritmo acelerado en su
laptop y Morgan mataba moscas con un diario.
—        Nunca vi así a Mostacedo. Suena tonto, pero, ¿qué mosca le habrá picado?
—        Perdió su porcentaje, eso es lo que le sucede.
—         ¿Cómo lo sabe usted?
—        No lo sé, Huascar. Lo intuyo.
—        Ah, sigue usted con sus intuiciones.
—        Como usted con su computadora. ¿Duerme usted con ella?
—        A veces, si me quedo dormido.
—        Era de suponerse.
—        ¿Y ahora qué hacemos?  
—        Esperemos un poco a Mike. Si dijo que estaría por aquí, por aquí ha de
aparecer.
—        ¿Con este calor?
—        Bueno, le damos un cuarto de hora y nos vamos a buscar un par de
cervezas si no aparece.
—        Eso suena mejor.
—        A veces me sorprende usted, Endara. Parece que se hubiera olvidado de
su hija.
—        No es eso. Lo que pasa es que sé que no está en peligro. Lo s é desde
que recibí el mensaje de mi amigo.
—        ¿Tanta fe le tiene?
—        No, Jim. Fue que al leerlo sentí como si alguien se metiera en mi cabeza
para decirme que mi hija está a salvo. Estoy tranquilo desde entonces.
—        ¿Pero no le parece algo raro? Quiero decir…
—        No. Lo creo como creo en la luz del sol, y me siento tranquilo y hasta
contento. Lo más natural del mundo, me parece a mí. Si sé que mi hija está bien,
¿Por qué habría de preocuparme?    
—        Bueno, allá usted con sus cosas.
—        Ya van seis minutos.
—        Trabaje nomás, que no es para tanto.
Esperaron sentados y en silencio bajo el denso zumbido de las moscas. El olor de
la basura que ahogaba a la ciudad parecía aproximarse de rato en rato para
aplicarles una bofetada fétida.
—        Allá viene Mostacedo. ¿Qué le pasa ahora?
—        ¿Qué, Morgan? ¿Apareció Tosferino?
—        No. Lo esperamos. Es seguro que ya vendrá.
—        Bueno. Díganle que ahora podemos ir a Londres para arreglar lo de la
Puerta del Sol.
—        ¿Cómo es eso?
—        Mike lo sabe. Sólo dígale mi encargo. No quiero morirme sin acabar esa
historia.
—        ¿Morirse?
—        Acabo de cruzarme con un taparaco* enorme.  Si voy a creer en esas
cosas, no duraré hasta mañana.
—        No sabía que era usted supersticioso, Mostacedo.
—        No lo soy, Morgan. Soy un hombre viejo que ha visto muchas cosas. Eso
es diferente. Por lo demás, hoy me levanté por el lado izquierdo.  
—        Eso explica su mal humor.
—        Piense lo que quiera, pero diga a Tancara lo que le dije, ¿quiere?
—        Se lo diré, coronel. Aunque, si Mike no viene en cuatro minutos más, no lo
veré hasta que retornemos a La Paz.   
—        Lo verá, pues. El Boroschi le ha preparado una fiesta de despedida.
—        ¿Y no va a estar usted allí?
—        Estoy invitado, pero ese taparaco…
—        Nos vemos en la fiesta, coronel.
—        Creo que hasta me daría un gusto si llego a verlos allí.
—        Pues, hasta entonces.






¡Cuidado! Aparecen varones “pildoritas”
El 15 de abril, Jenny Callisaya Gómez compartió bebidas alcohólicas con  Roberto González
Ortiz y Damián Jaramillo Rocha en el local Kory Punku de Villa Fátima.
Los varones colocaron sedantes en el vaso de Jenny para que se duerma. Cumplido el
objetivo le sustrajeron las llaves de su tienda de fideos, donde luego se trasladaron y robaron
6.500 pesos, radios, grabadoras, joyas y enseres.  Al despertar y retornar a su negocio, Jenny
se dio cuenta del asalto y denunció el hecho a la policía.
Los policías realizaron operativos y en la Av. Pasos Kanki capturaron a Roberto González, quien
quiso evitar su detención con un arma de fuego, pero no lo logró. En su domicilio encontraron
grabadoras y celulares que serían fruto de otros atracos.
Ya en el penal, fueron rapados al ras, como otros “píldoras” amigos de lo ajeno.
En otro caso, el Tribunal Disciplinario Superior de la Policía indicó que el capitán Joaquín
Silvestre Guzmán y el sargento Carlos Eduardo Aranda serán procesados por robo agravado y
asociación delictuosa. Ellos pueden ser echados de la institución. Se determinó su vinculación
con dos mujeres “pildoritas”.
Los policías fueron acusados de dirigir mujeres que hacían dormir con somníferos a sus
víctimas para luego robar sus pertenencias.
 

Desde la cárcel piden plata para no asaltar ocho joyerías
Ocho joyerías de la ciudad se encuentran amenazadas con ser asaltadas por los delincuentes.
Los propietarios recibieron llamadas telefónicas desde Palmasola donde les exigen dinero
para que no se cometa un robo.
El caso más frecuente es el inherente a la relojería y joyería La Africana, ubicada en la esquina
de las calles Florida y Libertad, a una cuadra de la plaza principal, cuya propietaria Yolanda
Medina Meléndez, denunció haber sido víctima de varias llamadas hechas por un reo
identificado simplemente como Juan Carlos, que utiliza el celular 70837894.
“Quiero advertirle que su tienda será atacada, si usted quiere mayor información debe pagar.
Les puedo dar más datos sobre las personas que planifican el atraco. Para eso le dejo mi
número telefónico y espero que me llame”, fue la comunicación recibida por Medina, que
recurrió a la policía para dar con el responsable de la llamada efectuada desde el interior del
penal.
La Importadora Africana, ya fue atracada hace años, cuando desconocidos ingresaron en la
tienda y se  llevaron mercadería por dos millones de dólares.
La propietaria indicó que el día miércoles a las cinco de la tarde recibió la primera llamada. “En
ese momento me comuniqué con el comandante Fernández”, dijo Medina, “Me dijo que
enseguida me enviaría agentes de la policía, a quienes les explique el problema y les di el
número del celular”.
Uno de los policías se hizo pasar por Donald Meléndez, sobrino de la propietaria. “Si me das
los nombres de los que quieren atacarnos te voy a regalar 50 dólares. Pero ¿cómo te
reconozco para entregarte el dinero?”
El delincuente desde el penal le dijo “Voy a estar con una camisa a cuadros, pantalón jeans, y
unas gafas modernas”.
Los policías Víctor Hugo Sanabria y Ulises Vargas pidieron 100 pesos a la dueña de La
Africana. “Les dije que no les podía dar el dinero y solamente les di 30 pesos para tarjeta y 50
para su gasolina, que me pareció razonable”, señaló. “Posteriormente los investigadores
retornaron con una lista de los presuntos atracadores, a quienes identificaron como los
hermanos Pecho Rojas, Negro Rojas y Papito Rojas”.
“Lastimosamente todo el operativo se frustró debido a la información difundida por un canal de
televisión, pero continuamos con las investigaciones para establecer la veracidad de las
llamadas telefónicas y hasta dónde es cierto que delincuentes se organizaron para atracar
ocho joyerías”, dijo el coronel Faustino Mostacedo Quispe, comandante de la Policía.
Murucullo = Cabeza
pelada.
* Taparaco = Mariposa negra
de mal agüero.
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