LA AVENTURA
DEL ANULAR
EXTRAVIADO
Sabado - Primero/2
Siguió pues Isabela al hombre de uniforme sin definición que no parpadeaba
nunca pero sonreía su sonrisa irresistible de dientes perfectamente blancos y
regulares y ambos se introdujeron en un ascensor capaz de elevar al equipo
completo del Bolívar*, Primera División, en un viaje vertical y veloz que le privó por
tres segundos de la gravedad y le indujo a creerse otra vez entre las nubes.
Cuando la puerta siseó al abrirse Isabela creyó haber descendido en lugar de
haberse elevado: el corredor que tenía al frente era más oscuro que las
intenciones de un secuestrador de niños y tan neutro como el gris perla. Adivinó
más que percibió una docena de puertas igualmente neutralizadas que
ostentaban placas con códigos como 301A tan diminutas que le hicieron
parpadear. Un fondo musical híbrido de sonata y olas de Waikiki parecía tener la
misión de adormecer a los visitantes. Isabela se encomendó a su Monje preferido
y copió el estilo silencioso de su guía al deslizarse hacia donde fuera que iba.
—        El coronel Tosferino no está en la ciudad, lamentablemente. Una misión
inesperada. Antes de viajar, me hizo partícipe del singular afecto que siente por su
padre, el Sr. Endara. Al parecer, estudiaron juntos durante su infancia, ¿no es
verdad?  
—        No lo sé. Vine porque todos me decían que el Sr. Tosferino es quien sabe
todo lo que pasa en este lugar. Estoy tan preocupada por saber donde está papá,
que decidí tentar mi suerte y venir a preguntárselo en persona. Tal vez mi doble
nacionalidad me ayude en este caso, me dije.
—        No será necesario mencionarla. Estoy a sus órdenes. Parte de nuestro
trabajo es un interés básico en cada ciudadano que visita este país. Lo que me
extraña es que se vea necesitada de buscar al Sr. Endara. Después de todo,
basta con entrar al círculo local de chismes y rumores para enterarse de la vida y
milagros de cada quien…
—        Pues yo fracasé en ese intento. Nadie sabe nada de papá, a no ser que
está en La Paz. Llegó hace un par de días, no más, y vino a buscarme, el pobre.
—        ¿Por qué… pobre?
—        Pues porque cree que me secuestraron y estoy en poder de algún
delincuente famoso y desalmado. Como usted ve, me encuentro muy bien, libre y
sin otro problema. Claro que…
—        ¿Si?
—        Alguien me atacó cuando fui a bailar a Oruro.
—        ¿Oh?
—        Si, y me hicieron dormir con alguna droga y sentí que volaba por los aires y
después me metieron a un calabozo oscuro, y me hicieron un daño en este
dedo… Mire, nunca será el mismo.
—        El contraste es obvio. ¡Qué historia tan interesante! ¿Todo eso le sucedió
en Oruro, donde nunca pasa nada?  
—        En Oruro suceden muchas cosas, Sr. Morgan.
—        Llámeme Jim, como me llaman todos aquí.
—        Jim.
—        ¿Y cómo hizo para liberarse de sus atacantes, si no es mucho preguntar?
—        Yo no hice nada. Creo que vino el Monje y me sacó de allí, pero me puso
en otro traje. Uno de novicia católica de convento suizo. Me sacó de allí en un tris
y me puso en el cielo, en medio de la nada, y me dejó flotando sabe Dios cuántas
horas sería, hasta que me habló… No, nos pusimos a pensar en la misma onda,
diría yo, y me explicó casi todo y me dijo que mi padre me busca y que… El caso
es que me puso en una carretera del Altiplano y me recogió un camión con un
indio más lindo que el David de Miguel Angel y me trajo a la ciudad, pero como me
caía de sueño descansé un poco antes de venir… ¿Me cree, verdad?
—         Pero, si. No veo por qué habría de dudar de lo que me dice. Continúe, por
favor.
—        Nada más. Nada más me sucedió. Ahora, cuando encuentre a papá, nos
vamos y acaba todo este lío.
—        Bueno, comencemos, pues. Voy a tomar algunas notas, si no es
inconveniente para usted.
—        Oh, no. Si usted me ayuda, estoy dispuesta a hacer todo lo que pueda de
mi parte.  
—        Bueno… ¿Qué tal si comenzamos con el dedo?
—        Bailaba yo en mi traje de Moreno, que es más pesado que una armadura
medieval, cuando me envolvieron la cabeza en un trapo hediondo y me hicieron
volar en brazos de por lo menos seis hombres fuertes y me desmayé. Cuando
desperté vi un hombre grandote con una sonrisa maligna y una mirada
amenazadora que me dio escalofríos. ‘¿Es su hija? ¿Están seguros?’, preguntó.
Si, pues, le dijeron los otros, hablando como gente del lugar. ‘Bueno, entonces,
córtenle el dedo junto al más chico’, dijo, y ¡zas!, me lo cortaron. Este dedo, el que
ahora es… diferente.   
—        ¿Cómo era ese hombre?
—        Era nativo. No era gringo, pero tenía acento de gringo. ¿Qué cosa, no?
—        ¿Cómo vestía?
—        Era un uniforme, pero no sé de qué. Ahora que lo pienso, era un policía,
creo.
—         ¿Está segura?
—        Bastante segura.
—        ¿Y el Monje?
—        ¿Usted me cree cuando hablo del Monje?
—        Por supuesto. Podría dudar de otra persona, pero no de usted. Nunca de
usted.
—        Gracias. Es usted muy amable.
—        No. Es sólo la verdad.
—        Bueno, el Monje tiene como tres kilómetros de altura. Digo, ese es su
tamaño natural. Pero cuando me habló se redujo hasta ser un hombre como
cualquier otro. Bueno… Casi como cualquier otro.
—        ¿Cómo es eso?
—        Era un hábito de monje de la Inquisición que aparecía vacío. No llevaba a
nadie dentro.
—        Bueno, eso resulta un poco raro.
—        Si, es lo que pensé yo. Un Monje de tres kilómetros de altura y vacío… No
es cosa que se ve todos los días, ¿no?
—        La verdad, no. No todos han visto algo así, creo yo.
—        Lo más raro es que no me dio nada de miedo.
—        ¿No?
—        Nada. Hablamos una dos o tres veces y siempre me sentí muy tranquila.
Hasta me sentí contenta de verlo. Qué cosa, ¿no?
—        Habrá que investigar. Ya veremos que sacamos de todo esto. ¿Y cómo fue
que tiene ahora ese dedo nuevo?
—        No tengo la menor idea. Juro.
—        Bueno… Dígame algo del indio bello.
—        Se llama Osmar.
—        ¿Osmar?
—        Si, Osmar. Osmar y Virginia. Ellos me trajeron a La Paz.
—        ¿Le ofrezco un refresco?
—        Una Coca Cola, si no es molestia.
—        No, es un placer. Ya vengo.
—        ….
—        Sírvase, Isabela.
—        Oh, muchas gracias, Jim. La verdad es que me moría de sed.
—        No se sorprenda ahora si se muere de sueño.
—        ¿Cómo dice?
—        Necesito conservarla en buena salud durante unas cuantas horas.
Encontraré a su padre, se lo prometo. Pero ahora…
—        ¡Ah, que me duermo!  Me ha engañado usted…     
—        Si, pero será un sueño dulce. Lo garantizo.
—        Ahora que recuerdo, el cuarto donde vi al hombre malo era igual a este,
pero más oscuro.
—        Felices sueños, Isabela.
—        Confío en usted, Jim. No lo olvide. Adiós.
* Bolívar = Equipo que, con el
Strongest, hace las leyendas
del fútbol nacional.
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