LA AVENTURA
DEL ANULAR
EXTRAVIADO
Sabado - Primero/1
El Boroschi, capo de Palmasola
Guiber Landívar Roca (alias El Boroschi) asegura ser el capo de Palmasola en un reportaje en
video filmado por periodistas europeos. "No hay ningún asalto que se cometa que yo no lo
sepa. Doy el visto bueno para que se actúe y castigamos a los que no cumplen", afirma el
Boroschi.
Un equipo de prensa de la televisión alemana logró ingresar donde nadie ha podido hacerlo
en Palmasola para conseguir un reportaje que fue mostrado al mundo en días pasados y
presentado anoche por los canales locales.
En ese reportaje,  el Boroschi  afirmó con pasmosa tranquilidad que los que mandan en
Palmasola viven como reyes y venden protección con previo pago de 20 mil dólares a grupos
de nuevos internos que disponen de recursos económicos. "Mi trabajo consiste en que doy
protección a internos que reúnen dinero para pagarnos", precisa.  Reveló también que los
atracos a mano armada se planifican desde el interior de la cárcel.
"Los contactos se establecen desde mi teléfono celular con personas que están fuera del
penal. Los cómplices coordinan y señalan a las ocasionales víctimas, nos entregan un plano
del lugar y la hora sin perder los más mínimos detalles para cometer el atraco. En Palmasola
analizamos y damos el visto bueno para realizar cada acción", dijo Landívar  al usar su teléfono
celular para hacer  llamadas de "negocios".
El reportaje muestra con asombrosa claridad cómo consumen los presos drogas y alcohol y
poseen armas de grueso calibre cargadas y listas para ser usadas.
Para introducir estos elementos ilícitos en el penal, los internos pagan hasta 100 dólares. Se
muestra cómo ingresa la droga oculta en los tacos de zapatos. Se ve cómo la inhalan a vista y
paciencia de los demás internos. No falta el whisky, que ingresa en botellas de gaseosas, ni la
carne de primera calidad robada y faenada en forma clandestina, con la que los jefes de la
banda la Pesada se dan la "dolce vita".
Todas las escenas fueron negadas por el  Boroschi,  quien negó ser el capo o mandamás de
la cárcel al hablar con periodistas locales. "Todo lo que pasa en Palmasola me echan la culpa.
Basta de seguir ensuciando mi nombre a pocos días de tramitar mi libertad acogiéndome a la
ley extramuros", dijo Landívar a un medio de comunicación, asegurando que el reportaje
alemán fue “montado” y que los reos recibieron un pago para "actuar en ese show".




Palmasola, la versión tropical de Chonchocoro, es tal vez la prisión mayor de
Santa Cruz, la ciudad con ambiciones urbanas legitimas de convertirse en la
capital de la nación (tras la sede andina del gobierno) al comenzar el Siglo XXI:
mientras La Paz se asfixia por falta de espacio y Sucre languidece en su pobreza
provinciana, Santa Cruz crece y progresa día a día, reina espectacular de un
infinito ámbito tropical plano y feraz que alienta la existencia de legiones de
mujeres bellas, regimientos de hombres ambiciosos y del Carnaval, religión que
ha conquistado a todos allí y se ha convertido en la razón de vivir de cientos de
miles de nativos o emigrados.
Las luchas sociales que laceraron el Altiplano y los Valles durante dos siglos
deberían darse también en Santa Cruz, pero Santa Cruz es para el país lo que el
Brasil para el orbe: nada es más cardinal en ambos paraísos que las
carnestolendas, un evento elemental como la creación del universo y  la fiesta
millonaria por excelencia de esta sociedad. Oriental al fin, Santa Cruz cree que se
da una voluntad caprichosa que hace a pobres y ricos al tuntún y ni piensa
siquiera en alterar esas cosas. Como los árabes, valora en mucho el oro y el lujo,
la belleza en todas su formas, la sensualidad y el estado social con que nace cada
quien, obra inalterable de aquella misma voluntad inexplicable. Si el mundo se
acabara en Carnaval, juran los crucos*, Santa Cruz fenecerá feliz, bailando y
parrandeando en homenaje a Momo.
Palmasola es singular porque nadie ha pensando en emplear guardias ni
vigilantes que impidan la fuga de sus alojados. También, porque una vez allí, y
como sucede con La Ley, los reos prefieren morir antes que abandonar la
protección de sus débiles muros. La explicación está, tal vez, en que, a diferencia
del estado, Palmasola funciona, y funciona bien, como lo atestigua la prensa local
al escribir la historia cotidiana de la ciudad.
Consideraciones todas que interesan menos que un rábano a nadie y  todavía
menos a un apresurado Mike Tosferino, de visita en este penal porque ha venido
a ver a uno de sus viejos asociados, Guiber Landívar Roca, conocido mejor como
el Boroschi* por próximos y lejanos y como un poder mayor aunque también
temporal en el submundo que domina Palmasola. El Boroschi es hoy  aquí lo que
Pablo Escobar fue allá en su día más brillante. No es, sin embargo, un hombre
joven ya, ni está sano: sufre de bruxismo* desde que pasara dos años en una
cárcel sin nombre de los Andes y de una orquitis* espectacular desde que sufriera
una paliza memorable a pies de sus enemigos. Es mirmecófago* desde su niñez,
transcurrida en unas selvas de cuyo nombre nunca quiso acordarse, y esa
debilidad también le presenta sus facturas de cuando en cuando.
—        Te ves muy bien, Guiber. ¿Cómo van las cosas?
—        Aquí, como siempre, poblando el cementerio.
—        Jamás creí que Santa Cruz se pareciera algún día a Londres, pero ya ves…
—        Si te refieres a las moscas, te diré que este año son algo excepcional. Mira
nomás esas nubes. Pareciera que va a granizar. Por estas cosas es que digo que
ya se viene el fin del mundo. ¿Una cerveza?
—         Gracias, Boroschi. Tú siempre un caballero.
—        Mike Tosferino… Felices los ojos que te vuelven a ver. Salud. Tapa la
botella.
—        Salud. ¡Mosca maldita! ¡Ya se metió! Dame otra.
—        ¿Qué te trae por acá? Mira que se te mete una en la nariz…
—        Si la dejo… ¡Muere, insecto vil! He decidido retirarme, Guiber, y vengo a
pedirte que cierres mis cuentas.
—        ¿Después de tantos años y tantas operaciones? A ver, que alguien me
mate esta mosca, acá… Se va a necesitar dos meses si no tres, Tancara.
—        ¡Zafa! ¡Zafa! Realmente, estas moscas son enviadas de Belcebú. Se me
meten en los ojos…
—        Por algo lo llaman el Señor de las Moscas, pues. ¡Muere, mosca maldita! Y
de yapa, nadie recoge la basura ahí afuera. Sólo aquí andan las cosas como
deben andar.
—        Es que aquí la autoridad eres tú.
—        Y bien que me cuesta, Mike. Tú lo sabes. Bien que me cuesta. Salud. Por
suerte, ahora todos andan con la boca cerrada, no sé por qué, y yo tengo menos
trabajo.
—        Salud. Si uno quiere ley y orden, debe apelar a hombres como tú.
¿Cuándo fue que te iniciaste?
—        Por ahí dicen que al nacer…
—        Está buena. Sí que está buena. ¡Anda, Feroz Boroschi!
—         Bueno, déjate de piropos y vamos al grano… ¿Qué te trae por aquí?
—        Hablo en serio. Quiero retirarme. Me voy y no vuelvo más. ¡Muere, mosca
canalla!
—        Por una vez en tu vida vas a cumplir una promesa, ¿eh?
—        Y bueno: se trata de mi hija, Guiber. Mira esa: parece una cucaracha.
¡Qué grande!  
—        Todos tenemos un punto flaco, por lo que dice la gente, y tú… ¡Mátame
esta mosca, digo!
—        Así es. Así es. Pero hay más. Si alguien te dijera donde está el tesoro de
Marito, ¿le darías la mitad?
—        No. Una cuarta parte, puede ser. Tendría que consultarlo, eso si. ¡Aj!
—        Bueno, yo me contentaría con un diezmo. Pero al contado y ya, ya. ¿Qué
dices? ¡Sput!
—         Tendré que consultarlo, como te digo. ¿Qué garantías me das? ¡Pero qué
cosa, esta! ¡Qué plaga!
—        Mi propio pellejo. No salgo de aquí hasta que le eches el guante al tesoro.
¡Splat!
—        Pero, entonces…
—        Mi hija sale antes, claro, y mi diezmo también. A Suiza. Mata esa, la tienes
en la frente…
—        La verdad, no creo que tu cuero valga tanto, pero voy a consultarlo.
—        Gracias, Boroschi. Mañana me doy una vuelta, sólo para preguntar.
—        Cuando quieras, Mike. Ya sabes que Palmasola tiene siempre las puertas
abiertas, je, je, je. Sobre todo para ti. Je, je.
—        Otra cosa: ¿Viste a Fresia?
—        No me digas que anda por aquí.
—        Eso dicen. ¡Sput! ¡Sput!
—        Pues yo no lo diría. Y yo sé casi siempre casi todo lo que sucede por aquí.
—        Gracias, Guiber. ¡Sput!
—        A la orden pues, mi coronel.




Moscas de San Aurelio invaden la ciudad
Un canal de desagüe por donde salen aguas servidas desde el interior del Ingenio San Aurelio
y la fumarola constante que es producto del proceso de industrialización han provocado una
proliferación espectacular de moscas en toda la ciudad. Es un problema que se da cada año
durante la zafra cañera, pero este año es muy notable.
"Tenemos que tener mucho cuidado con la comida, porque las moscas están en todos lados y
es un grave peligro para la salud de nuestros hijos", dijo un vecino del barrio El Fuerte, situado
en las inmediaciones del ingenio.
Otro de los problemas ambientales es el espeso humo mezclado con partículas de caña que
causa daños a las vías respiratorias y a las personas que padecen de enfermedades como
bronquitis y asma, además de provocar infecciones en los ojos o conjuntivitis.
* Cruco = Diminutivo de
cruceño, nacido en Santa
Cruz.
* Boroschi = Lobo americano
de color de canela y crines
algo negras a lo largo del
espinazo.
* Bruxismo = Rechinamiento
de dientes involuntario,
resultado de un estado de
tensión emotiva.

* Orquitis =  Inflamación de
los testículos
* Mirmecófago = Comedor de
hormigas
.
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