LA AVENTURA
DEL ANULAR
EXTRAVIADO
Sabado - Tercero/4
No terminaban de beber su café yungueño en tazas diminutas cuando el teléfono
del escritorio de Morgan lanzo un chirrido molesto.
—        Morgan.
—        ……….
—        Yes. He’s here. Just a second. Es para usted, Huascar.
—        ¿Para mí?
—        Pues si. No es tan raro tampoco.
—        ¿Yes?
—        ……..
—        Yes, I will… Digo, por supuesto. Estoy listo para verlos. ¿Tiene alguna
noticia sobre mi hija?
—        …….
—        Bueno, no importa. ¿Cómo hago para encontrarlos?
—        ……
—        Ya salgo… Y muchas gracias.
—        ¿Algo nuevo?
—        Creo que voy a encontrar a mi hija. Salgo ahora mismo, Jim.
—        ¿Le acompaño?
—        Esta vez no. Confíe en mí, por favor.
—        Por supuesto, Huascar. Vaya no más. Tengo bastante que hacer aquí.
Que sea con suerte.
Endara salió del despacho de Morgan, tomó el ascensor, usó el botón de la planta
baja pero al llegar al tercer piso usó el botón de emergencia para detenerlo allí
mismo.  Se dirigió a la primera puerta que encontró a su izquierda. Una mujer
morena le esperaba con un impermeable inglés de detective abierto y listo para
recibirlo. Mientras Huascar se acomodaba dentro de la prenda, la mujer le pegó
un par de bigotes de mosquetero y le colocó un sombrero de kaki a la pedrada.  
Tomándolo de un hombro, le hizo dar una media vuelta y lo despachó en su
misión después de murmurar un “¡Buena suerte!” apenas perceptible. Huascar
volvió al ascensor y descendió hasta la planta baja. Nadie lo detuvo al salir del
edificio y, caminando sin prisa ni pausa, subió a un taxi verde que parecía estar
esperándolo.
— ¿Dónde vamos?
—        Hay varias cosas en ese asiento, Don Huascar. Son para usted.
Mientras el taxi se dirigía hacia el Altiplano por una red endemoniada de calles,
callejones y pasajes, Huascar abandonó el impermeable, los bigotes y el sombrero
y los remplazó por un poncho enorme de sobrios colores y un olor detestable. Se
colocó un llujchu, esa gorra con tapas para las orejas de fama universal, un
sombrero más manoseado de lo conveniente y un par de lentes oscuros que
apenas le cubrían los ojos.
—        Ya estoy listo.
—        No olvide la bolsa. Esas cosas pueden servirle.
Huascar halló una pistola Sauer 38H calibre 7.65 mm y metió el arma alemana en
el bolsillo del impermeable.
—        Eso es algo que no usaría ni en el peor de los casos.
—        Como usted prefiera, Don Huascar. Póngase cómodo, que el viaje es largo.
Una hora después, el taxi cruzó el límite marcado por la costumbre entre El Alto y
La Paz y se introdujo en otra serie de callejuelas empedradas o sin empedrar
hasta que Endara perdió la esperanza de adivinar su paradero. Se abandonó a su
suerte y se dedicó a mirar el paisaje. Una hilera interminable de casas de adobe
de uno o dos pisos acompañada de postes hechos de troncos de árboles y
recargados de alambres se perdía en la inmensidad del desierto helado. Sólo las
blancas cabezas de las montañas rompían de rato en rato esa monotonía gris. Las
montañas, o las antenas de los televisores que aparecían en los techos de cada
casa. No había gente ni veredas en ninguna cuadra de esas calles de tierra
apisonada.
El taxi dio una vuelta al llegar a una de esas esquinas tan similar a las demás y se
detuvo ante un negocio de entrada diminuta pintada de verde. “La Casa Verde”
anunciaba sin necesidad un cartel que bailaba al viento listo para salir volando en
cualquier momento.
El taxista se volteó y abrió la puerta del coche.
—        Ha sido un gusto conocerlo, Don Huascar.
—        Gracias por ayudarme. Adiós.
Huascar descendió y cruzó sin vacilar una puerta idéntica a las que usan en
Fargo los bares para vaqueros. Se encontró en un salón lleno de mesas y sillas
para niños atorado por una humareda más gris que negra. El lugar acogía a una
cincuentena de hombres que hablaban en monosílabos y bebían cerveza de
botellas verdes acomodadas por docenas sobre los manteles de hule y el piso de
tierra. Al ser informado por su olfato de que estaba en un comercio dedicado al
expendio del muy apreciado chicharrón* en cantidades industriales, Huascar no
pudo menos que antojarse un plato. Venciendo esa debilidad, avanzó hasta hallar
un patio en el que trabajaban cuatro hombres sudando la gota gorda para
mantener la industria en funciones, en este caso una enorme olla de metal sobre
un fuego de leña que entregaba su producto a razón de media tonelada por hora.
Mirando a diestra y siniestra, Huascar descubrió al taxista amable, el que le hizo
una señal con las cejas y dirigió su atención hacia una puerta junto a la cual vio a
dos carniceros haciendo la guardia.
Para cruzar esa puerta, Endara se vio obligado a agacharse como un mendigo
que agradece su mendrugo obsequiado. Entre velas y faroles de Navidad
colgados en las paredes y en un trono digno de un general norteamericano de
cinco estrellas vio a su amigo de infancia Ramiro Ordoñez del Pozo, o lo que
quedaba de él.
— ¡Ramiro! ¡Ya era hora de que dieras señales de vida!   
Apoyado sobre una rodilla para estrechar con ambas manos las que le extendía
su amigo, Huascar no pudo disimular la impresión que le hacía al verlo
transformado en una masa informe vestida con cuidada elegancia. El rostro, feo
como siempre y ahora hinchado hasta el absurdo, no lograba ocultar la mirada
vivaz y nerviosa ni la sonrisa tímida con que Ramiro lo recibía.
Alguien se apresuró a colocar una silla oportuna y Endara notó al sentarse que
dos lágrimas rebeldes la impedían ver a su amigo. Dominándose, se apoyó en el
respaldo y  se quitó los lentes oscuros. Los ojos de Ordoñez expresaban su larga
y feroz agonía.
—        No quise que tú… No pude… No logré cumplir mi palabra, huasquiri, y
tengo que pedirte que me perdones…
—        ¡Oh, por favor, Ramiro! Yo te conozco. Yo sé que hiciste….
—        Hice todo lo que pude, Huascar. Pero ando de yeta desde hace mucho. He
removido cielo y tierra por hallar a tu hija. No hubo esfuerzo que no intentara ni
obstáculo que yo no…
—        Lo sé. Lo sé, Ramiro. No necesitas…
—        Pero es que quería decírtelo yo mismo. Quería decirte que hubiera
seguido… Pero no puedo más. No puedo moverme ya, ni puedo pensar con
claridad. No puedo cuidar de los míos.
—        Pero Ramiro…
—        Lady Láyqa me ha matado. Me ha maldecido con una sed inagotable y soy
una esponja que se ahoga en alcohol. Perdóname, Huascar.
—         ¡No tengo nada de qué perdonarte! Estoy seguro de que hiciste todo lo
que estaba en tus manos. Te estaré agradecido mientras viva, Ramiro. Mientras
viva.
—        Ahora, lo único que me falta es morir. Créeme que será un gran alivio.
—        ¡Pero tenemos tanto de qué hablar! ¿No podemos ocultarnos en cualquier
parte?
—        No, Ramiro. Ya no tengo escondite seguro. Tu amigo Juan Tancara trabajó
varios años para lograr lo que sucederá ahora. De algún modo supimos ambos
que así sería, aunque no en un lugar como este ni cuando no pudiera
defenderme. No lo sabe, pero me está haciendo un gran favor. Tan grande como
el que te pido ahora, Huascar.  
—        Dime, Ramiro.
—        Hay una niña en Nueva York…
—        No necesitas decir más. Tienes mi palabra, Ramiro.
—        Tiene todo menos cariño, Huascar. El cariño no se compra, tú sabes. Me
bastó con imaginarme a esa niña en lugar de tu hija para…
—        Lo sé. Así lo siento yo. No debes preocuparte más. Te tendré informado…
—        No. Sólo tenemos tiempo para despedirnos, Huascar. Carmelo.
—        Di, Ramiro.
—        Dale el maletín negro que te encomendé.
—        Aquí lo tiene, Don Huascar.
—         Adiós, Huascar. Carmelo te devolverá a la embajada.
—        ¡Pero, Ramiro!
—        Si no te das prisa, los sabuesos de Juan Tancara te atraparán aquí, y
nada habremos salvado. Anda, Huascar. Vete ya.
—        Ramiro…
—        Gracias, huasquiri. Sabía que podía contar contigo. Llévatelo, Carmelo.
Una mano de hierro le cogió el brazo derecho y le obligó a caminar.  Con los
lentes oscuros colgados de una oreja, Huascar Endara Watson cruzó la
chicharronería a toda prisa porque la encontró vacía. Sólo tuvo que esquivar un
mar de botellas.
El taxi verde salió a escape para encontrar un camión carnicero en cuyo vientre
se metió para continuar el descenso hasta La Paz. Con el maletín negro en el
regazo, los lentes oscuros en su lugar y el rostro oculto por el poncho maloliente,
Huascar escuchó angustiado la última batalla de su amigo Ramiro Ordoñez del
Pozo.  

* Chicharrón = Carne de
cerdo asada y servida en
trozos con un caldo picante y
mote blanco que sirve para
levantar a los muertos.
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