LA AVENTURA
DEL ANULAR
EXTRAVIADO
Sabado - Tercero/3
Después de un cómodo vuelo que les ofreció entre sus variados atractivos una
espectacular vista de pájaro de la ciudad vertical, del Illimani y de los Andes y un
almuerzo criollo sin igual en la aviación comercial del día, Huascar Endara Watson
y Jim Morgan descendieron hasta la Plaza de San Francisco sin dificultad alguna
porque el carnaval universitario de San Andrés ya había pasado por allí, los
nuevos crucificados universitarios de El Alto no habían pasado todavía por allí y el
desfile escolar en honor de Simón Bolívar no llegaría hasta allí, sino que se
contentaría con llegar hasta la plazuela más céntrica en la que el Libertador se
pasea a caballo desde principios del siglo anterior, indiferente como un dios
griego ante las barrabasadas que cometen sus hijos políticos y  ciego para las
tropelías de las palomas.
Faustino Mostacedo Cuaquines, el hombre del ojo azulado y el millón de secretos
muerto de horrible manera ante sus propios ojos, fue el tema obligado de los
diálogos cortados que nuestros viajeros intentaron sostener mientras se abrían
campo entre las multitudes apretujadas para presenciar las manifestaciones de la
alegría carnavalera, el espíritu rebelde y batallador y el profundo patriotismo de
una ciudad  a punto de asfixiarse el día menos pensado como víctima de sus
fervores cívicos.
—        Pues yo vi al Mosca, Huascar. Lo vi como lo estoy viendo a usted.
—        No puede ser. El mismo Mostacedo nos contó como murió el Mosca.
—        ¿La primera vez? ¿O la segunda?
—        No creo en la primera vez. ¿Por qué iban a matarlo sus propios
paramilitares?  Para no mencionar el hecho de que le tenían un temor cerval. Por
lo que recuerdo, el Mosca era terrible cuando se dejaba vencer por la ira. Era un
enfermo mental. Su odio le envenenaba la sangre.
—        ¿Quiere decirme que usted lo conoció personalmente, Huascar?
—        Pues, si.  Era uno de los muchachos del barrio con los que crecí. Eran dos
hermanos y el menor, cuyo nombre no recuerdo, era normal, tranquilo y amable.
Pero él…
—        Es notable.
—        ¿Qué es notable?
—        Pues, el hecho de que todos o casi todos los personajes que componen
esta aventura, que Mike ha querido bautizar como la del Anular Extraviado, hayan
sido amistades suyas, Huascar, durante su infancia o su adolescencia. Eso sólo
sucede en las novelas.
—        Bueno, usted no tiene idea de lo que era esta ciudad cuando yo era un
niño, Jim.
—        No puede haber sido muy diferente. Ni su arquitectura ha variado mucho ni
sus gentes han cambiado tanto. Por lo menos, eso es lo que dice mi Manual.
—        Pues se equivoca. Cuando yo era niño, La Paz era un jardín. El Prado era
un paseo tranquilo, muy bonito y muy limpio. Obrajes era una serie de huertas de
fruta y casas de pueblo. Calacoto era una avenida rodeada de mansiones y los
cerros que ve usted alrededor nuestro eran el campo abierto que rodeaba la
urbe. No había smog, por supuesto, ni había esta gente.
—        ¿No había gente?
—        Quiero decir tanta gente. Esta abundancia de nuevos paceños que han
convertido a  la ciudad en un hormiguero molesto en que todos impiden el paso
de todos, todos hacen más difícil la vida de todos y todos parecen dispuestos a
saltar para estrangularlo apenas se descuide usted.
—        Bueno… Todo error tiene su precio, ¿verdad? Y hay que pagarlo, tarde o
temprano.
—        El hecho es que por entonces éramos tan pocos, sólo una familia
extendida, en cierto sentido, que no era difícil conocer a medio mundo siendo
oriundo de este valle. Yo viví acá más de veinte años, Jim. Tuve tiempo de
conocer a todo este mundillo, o poco menos.
—        Aún así, resulta difícil de creer. ¿Serían un millón por ese entonces?
—        Tal vez, pero la gran mayoría era invisible. Se hizo visible desde 1952.
Supongo que perdió el camino y se limita a darse de codazos desde los 70. ¡Ah,
mi pueblo y su Revolución Traicionada!
—        No pude escuchar eso último que dijo.
—        Lo sé. Por eso no voy a repetirlo.
—        Pero si el Mosca era como usted dice…
—        Era famoso por ser violento como era. No lo digo yo solamente.
—        …entonces no era el Mosca que yo conocí, ¿verdad?
—        ¿Por qué dice eso?
—        Pues, porque este Mosca no era un loco violento. Usted lo vio. ¿Era el que
usted conoció?
—        Pues… Yo diría que si.  Maltratado y envejecido por la vida que llevaba, si
quiere usted, pero era el mismo.
—        Pues yo digo que no pudo serlo. Eran dos hombres diferentes. Es muy
claro. ¿Lo conoció Mike?
—        Tal vez. También jugábamos fútbol con él.
—        Voy a preguntarle su opinión apenas lo vea. Lo que sé es que el hombre
que vi yo con el machete en la mano izquierda no era el Mosca muerto cuando
intentó detonar una granada en el despacho de Mostacedo. Era un hombre más
viejo, más bajo, de piel más oscura y ojos saltones. No era el Mosca que yo vi en
los Yungas.
—        Mike dice lo contrario.
—        Se equivoca.
—        Mostacedo gritó su nombre antes de morir.
—        Pudo haberse referido al primer Mosca… Tinino trabajó con los dos, en mi
opinión.  
—        ¿Primer Mosca?
—        Pues claro. Ahora estoy casi seguro de que hubo dos. ¿Vio al hombre que
amenazó a Mostacedo?
—        No. Estaba muy ocupado con mi asado y mis papas…
—        Pero yo le escuché teclear…
—        No puede ser. No tenía mi máquina conmigo.
—        Si usted lo dice, Huascar… Así será. ¿Y qué sabe de su hija?
—        Nadie me ha dicho nada nuevo, pero estoy convencido de que está a salvo
y se encuentra segura, aunque no tengo la menor idea sobre el lugar en que
pueda estar.
—        Es otro factor sorprendente. Eso viene a ser como contarme que se ha
conocido a un Monje invisible de tres kilómetros de altura… ¿Lo creería usted?
—        No…. No lo creo. ¿Hay gente que cree en ese Monje?
—        Se sorprendería usted, Huascar. Permítame invitarlo a mi oficina. Mike
tiene buen café de los Yungas.
—          Gracias, Jim. Alguna vez le agradeceré como se debe estas amabilidades.
—        Lo sé. Y también sé cómo. Sólo me falta descubrir el cuándo.
—        ¿Qué dice usted?
—        Oh, son estas intuiciones mías. No me haga caso. ¿Subimos?  






Desfile escolar provocó un caos en el centro
Un desfile escolar perjudicó ayer el normal flujo motorizado y peatonal en el centro de la Sede
de Gobierno, despertando crítica y quejas por parte de la ciudadanía.
El acto se realizó en conmemoración al nacimiento del libertador Simón Bolívar y hasta el
momento de su inicio era desconocido, incluso por los medios de comunicación, razón por la
cual no pudieron informar de forma previa respecto al cierre de varias calles a la circulación.
La ceremonia dio inicio desde las ocho y media de la mañana y se prolongó hasta el
mediodía, lo cual derivó en que muchos funcionarios públicos y privados lleguen tarde a sus
fuentes de trabajo y no puedan retornar a tiempo a sus hogares.
La ciudadanía opinó que el acto cívico pudo haberse realizado el pasado lunes, cuando el
Gobierno Central decretó feriado nacional y no en un día hábil, y menos en el eje troncal de la
ciudad, donde se encuentran las principales reparticiones estatales y firmas privadas.
Los vecinos de Villa Copacabana, San Antonio, Pampahasi y otras zonas que tienen como
salida la avenida Pasos Kanki, se toparon con un bloqueo de garrafas de gas. La escasez de
este combustible, que hasta ayer afectaba también a Tarija, Oruro y Santa Cruz, movilizó a la
gente. La Armentia y la Buenos Aires pasaron por lo mismo.
Una vez sorteado ese bloqueo, muchos se habrán sorprendido al llegar al centro de la ciudad y
encontrarse con que, desde la avenida Montes hasta el ingreso a El Prado, el carril de bajada
estaba interrumpido por el colorido y sonoro desfile escolar.
"¿Qué es?", "¿un desfile retrasado por el 16 de julio?", se preguntaba la gente.
Tal manifestación de civismo se debió al día en que nació el libertador Simón Bolívar, se supo
de boca de los estudiantes.  Estos, al llegar ante el monumento al héroe, asistieron al acto de
homenaje que obligó entonces a interrumpir la circulación por las dos vías que bajan o suben
El Prado.
Más o menos a las 10.30, una marcha de los estudiantes de la Universidad Pública de El Alto
llegó, luego de recorrer el oeste de la ciudad, a la Pérez Velasco. Se sorprendieron también
con el desfile.
Los universitarios por la Evaristo Valle y los colegiales por la Montes, el encuentro fue
inevitable. Los universitarios hicieron explotar con más fuerza los petardos, gritaron "esto no es
desfile, es marcha de protesta" e irrumpieron para tomar la calle Potosí. Las bandas tuvieron
que ceder el paso, pero respondieron tocando más fuerte flautas y tambores.
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