LA AVENTURA
DEL ANULAR
EXTRAVIADO
Sabado - Tercero/1
Tras dejar en El Alto la avioneta privada en que hiciera el vuelo desde Santa Cruz
y descender hasta donde pudo en un jeep sin marcas, El coronel Juan Tancara
decidió que jamás llegaría a su despacho si no se decidía a caminar sus diez
cuadras para eludir un espectacular desfile de disfraces que había convertido el
centro de la ciudad en otro ruidoso carnaval. Al parecer, la ciudad había decidido
que las carnestolendas de este año coparían sus 365 días. Dejó pues de asueto
al chofer de su primer vehículo, gesto que le valió un doble y agradecido apretón
de manos del anónimo servidor, listo como estaba el hombre para incorporarse al
jaleo general, y se dispuso a seguir el vericueto de calles coloniales que le
separaba de un segundo jeep ya dispuesto para bajar hasta la embajada.
Sin otra cosa entre manos que una bolsa deportiva en la que llevaba sus efectos
personales reducidos a un mínimo, Tosferino halló sin embargo que el descenso
no le sería fácil, pues le forzaba a cruzarse con una multitud de vecinos en
ascenso por esas vías más bien verticales, todos ansiosos por admirar y aplaudir
a los bailarines que se habían apoderado de calles y avenidas. Poniendo el
hombro derecho al frente para preservarse de cualquier contacto oloroso y  
abriéndose paso con la mano derecha y el maletín, Mike descendía maldiciendo al
inventor de todos los festivales del mundo.
Suspendió al poco rato esa práctica aprendida para aliviar sus tensiones cuando
vio, parado en una esquina y suelto de cuerpo como si las cosas no fueran con él,
al indio maravilloso que le había enviado al hospital después de un encuentro
similar en una calle ya próxima a la que pisaba. Dispuesto a cobrarse esa deuda
de honor aunque se lastimara los nudillos, Mike cambió de rumbo y enderezó su
descenso accidentado hacia la sonrisa blanca y rutilante que parecía reflejo y
copia de la del gato invisible más famoso en el mundo.
Tres pasos más adelante le fue imposible ignorar el gesto de su próxima víctima,
la cual miraba con un gesto de mofa, no al combatiente que se le aproximaba con
pocas pulgas, sino al cielo, un poco a la derecha, se diría que a un segundo piso.
Sin saber muy bien lo que hacía, Mike siguió la dirección de esa mirada, hizo con
la cabeza un giro de 360 grados, uno más, uno menos, y dio con la imagen
siempre adorable de la mujer que había venido a alterarle sueños y pesadillas
desde la noche aquella en su despacho, tan distante ya, en que se había
enterado de que Fresia Ramallo de Holmes existía.
Erguida como Juana Azurduy de Padilla* cuando viera pasar ante su balcón a sus
aguerridas huestes, Fresia lo miraba fijamente al esbozar una sonrisa que bien
podía estar ocultando un leve dolor de muelas pero añadía un aire de misterio a
su rostro, delicado como el de una geisha pero fuerte en sus facciones como el de
una reina vikinga morena.
Buscando ubicarse lo mejor que pudiera en esta escena que le anunciaba
inesperados peligros y prometedoras satisfacciones si lograba percibir, definir,
vencer y desbaratar los actos de violencia que sin duda estaban dispuestos ya
para sacarlo de la circulación, Tosferino decidió con la velocidad de un relámpago
que volvería a intentar la captura de ese paradigma de mujer y midió de un rápido
vistazo profesional los catorce escalones de madera de una escalera
desvencijada y sucia que conducía a un comedero sin duda despreciable que
funcionaba bajo un cartel despintado por los lustros que todavía se las arreglaba
para anunciar a los obreros de la construcción que lo visitaban cada mediodía que
comerían su tentempié en el “Rey de Bastos”.
Trepó pues Mike de tres trancos esas gradas repelentes, se dio de narices contra
un portón de madera más dura que su cabeza de militar y vaciló un instante o dos
antes de aplicar una patada zurda al obstáculo que supuso le separaba de la
Venus beniana. La puerta, que se abría para afuera, se desentendió de su brutal
conducta y se abrió para afuera desde la cintura para arriba (pues estaba hecha
de dos paneles, uno arriba y el otro debajo) y un chino que asomó de la cintura
para arriba le habló en perfecto español bonaerense:
—        ¿Qué decís, pibe? ¿Viniste a manyar?
—        ¡Calla, pulga oriental, y abre paso, que vengo de cierta prisa!
Haciendo a un lado al chino con su brazo libre, Mike buscó a ciegas el picaporte
que abría la parte inferior de esa puerta maldita mientras buscaba con su mirada
amenazante y burlona entre medio centenar de reservados comensales el rostro
que perturbara su vida desde la noche aquella en que se lo imaginó idéntico con
pelos y señales.
Como no pudo haberlo sabido, el “Rey de Bastos” se había puesto de moda
durante la semana última entre la colonia diplomática que beneficiaba con su
presencia a la sede del gobierno, razón por la que Mike se topó con la totalidad
de la misión griega en la mesa más cercana, la mitad de la delegación árabe
saudita en la próxima, cinco representantes de la germana dos pasos más a la
derecha, siete japoneses idénticos con sus cámaras al cuello al extremo opuesto y
cuatro yanquis alrededor de una mesa diminuta situada junto a la puerta del
meadero que masticaban en silencio y cruzaban miradas culpables como los
parias que eran entre esa escogida concurrencia.
—        Perdonen ustedes, voy muy apurado.
Los griegos ignoraron con fingida indiferencia su lamentable explicación y
cambiaron dos soplidos nasales con admirable sincronización. Ambos continuaron
comiendo su sajta de pollo como si nada hubiera pasado ante ellos. Loa árabes
se envolvieron en sus toallas como hacen siempre que están en crisis, los
alemanes decidieron allí mismo que Mike era invisible y lo celebraron con un
brindis de cerveza de Viacha digno de Heidelberg y los japoneses sonrieron otra
vez, a ver si en esta oportunidad las gentes no se dedicaban a tirarles bananas
encima. Los yanquis se pusieron de pie para acoger a Mike con los brazos
abiertos y  así paralizados se quedaron por un buen rato, pues Tancara pasó ante
ellos como si fuera un carterista tras robar a una campeona olímpica de la milla.
—        Fresia.
Casi sin aliento, el militar se detuvo ante la coqueta mesilla en la que la causa de
sus bochornos tenía un martini perfecto entre un florero largo como un suspiro
que sostenía una sola rosa roja como la violencia en Colombia y una papa a la
huancaína que lucía más fría que caliente. Mike buscó una silla que le ayudara en
esta coyuntura pero no encontró ninguna. Apoyando ambas manos en la mesa,
se agachó y clavó como dos dagas una mirada de ardiente deseo en la impávida
dama. Así fue como descubrió que Fresia Ramallo de Holmes tenía pecas en el
nacimiento superior de ambos senos. Con eso más, peor la cosa: enloquecido
casi por el deseo, atinó apenas a murmurar con una voz ronca que no pudo
reconocer:
—        ¡Fresia!
—        ¿Tomará usted el avión de esta noche, coronel?
Con una voz fresca que le pareció de terciopelo, la lógica femenina cayó sobre
Tancara como la pata izquierda de un elefante y suspendió en seco la continuidad
básica de sus razonamientos. Mike emitió una especie de graznido elemental
admirando aún esas pecas que no podían ser otra cosa que la firma del diablo, y
enunció con una voz reseca como si hubiera emergido del desierto de Atacama
dos segundos antes:
—        ¡Nunca!
—        ¡Qué lástima! Esta fue su última oportunidad.
Antes de que pudiera digerir con su disminuida inteligencia ese sencillo mensaje,
un golpe aplicado con precisión quirúrgica detrás de su oreja izquierda
desconectó totalmente el total de sus capacidades cognitivas y  el coronel Mike
Tosferino, conocido también como Juan Tancara, se derrumbó como una bolsa de
papas de cuatro quintales.
—        ¿Y ahora qué?
—        Salvemos a la hija, ya que por el padre nada podemos hacer.
—        Buena idea. Ya salimos, este pesado y yo.
—        Buena suerte, Osmar. Déjame tomar tranquila este martini.
—        No faltaba más. Adiós, Fresia.    






El Menú de “El Rey de Bastos”
De Potosí, fritanga potosina (un preparado con carne de cerdo y mote).
De Pando, feijoada, el majadito de pato, empanadas fritas con charque y con pollo, además de
la chicha camba.
De Santa Cruz: el horneao camba (cuñapé, empanadas de maíz, el zonzo, empanadas fritas
con queso) y somó (refresco con maíz blando entero).
De Tarija: el saice chapaco (una preparación que lleva arroz graneado, phuti de tunta rebozado
en huevo, jigote preparado con carne machacada, ají colorado, papas cuadradas, arvejas y
chicha).
Del Beni: la patasca (el fricasé beniano), majadito de charque y tripas rellenas, además de la
chicha camba y de postre gelatina de pata.
De La Paz: lloqalla chupe (sopa con tres clases de carne, papa y locotos enteros), refresco de
quinua y torta de quinua. Fricasé de chancho al estilo paceño y fricasé de pollo.
Además, charquekan, sandwich de chola y el refresco de mokhonchinchi.
Ciruelos, piñas, zapallos, pavos, flores, gallinas, chivos, quesos, uvas, papas, chuños, tuntas,
paltas, salmones y truchas, cerdos, la intimidad del toro (una especie de Viagra andino), loros,
torcazas, cotorras y papagayos, boas y yacarés
.
* Juana Azurdy, legendaria
guerrillera de la
independencia política,
recordada hoy como tema
de una canción que
pusiera de moda una
cantante gaucha con aires
de abuela sacrificada.
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