LA AVENTURA
DEL ANULAR
EXTRAVIADO
Sabado - Segundo/4
Media vaca sangrienta, empalada y horizontal sobre una fogata espectacular
capaz de quemar a dos hombres maduros recibía a los invitados que, al filo de la
medianoche, se aproximaban al gran redondel que parecía una fiesta del Ku Klux
Klan después del apogeo de las cruces en llamas. Caminaban como acostumbran
hacerlo cuando no tienen la Ley en los talones y llegaban de dos en dos o de tres
en tres, lentos y pesados. La costumbre les hacía comentar entre susurros lo que
iban viendo. Ninguno llegaba con las manos vacías, reflejando así el capricho con
que los había tratado el azar durante los últimos meses. Con un gesto, el tic de un
ojo o una palabra de un solo destinatario, iban construyendo una montaña de
obsequios en la que predominaban cosas que pueden beberse, fumarse o
aspirarse aunque también aparecieron allí varias cajas de dinamita, una
cachiporra que conquistara sus laceraciones durante variados años de intenso
servicio y algunas Colt Commando 5.56mm de 20 o 30 proyectiles en sus
variaciones de la M16A2 de 14,5 pulgadas, la 723 Commando y la 733 de caño
corto, hijas todas del M16, tan popular hoy como siempre en cualquier latitud
donde se asesina a niveles industriales.
—        Mike.
—        ¿Cómo va, Siete Machos?
—        Buenas nos de Dios.
—        Así sea, Bigotes.
—        Norabuena.
—        Se agradece, Chumpitas.
—        Que sea para bien.
—        Gracias pues, Conejo.
—        Feliz fiesta, Mike.
—        Para todos, Fofo.
Sentado en una ínfima silla de aluminio junto a un Boroschi, hoy enorme, obra de
su dolorosa orquitis pero decidor como siempre, Tancara ofrecía su mirada
burlona con la facilidad profesional de un animador de televisión. Aunque jamás
viera en persona a la gran mayoría de los presentes, demostraba con su educada
memoria que conocía tan bien como siempre todos los accidentes del campo de
juego y estaba tan al día como el matutino del día siguiente. Sabía, además, que
una palabra deslizada en el momento oportuno podía iniciar una simpatía
caprichosa que podría salvar o destruir vidas con la misma facilidad.
Tras suyo y en grupículos improvisados, medio centenar de hombres
acostumbrados a quitarle el rostro a la luz viniera de donde viniera comía y bebía
en platos de hojalata, de plástico, de porcelana fina o menos fina, de vidrio o
cristal de Viena, rodeados todos por una multitud de muchachos y
guardaespaldas encargados de ir recortando la vaca y  mantener llenos todos los
vasos.
—Tinino, ¿no deseabas tú que habláramos sobre esa nebulosa historia de la
Puerta del Sol en Londres?
—        Eso quería yo, Mike, pero no estoy muy seguro de que valga la pena.
—        Si decido aparecer en Suiza valdría la pena, creo yo.
—        Tú recuerdas los detalles, ¿no?
—        Si, pues. Cómo no.
—        Pero ahora hay otro factor… Me avergüenza mencionarlo.
—        Buenas noches, Mike. Por fin lo encuentro.
—        Hola, Jim. ¿Tienes hambre? Todavía veo la vaca del Boroschi. ¿Por qué
no llevas a Huascar a ver si les gusta ese asado? Tinino no acaba de contarme
un chiste…
—        Por supuesto. ¿Vamos, Huascar?
—        Vamos, pues.
—        Oiga, Endara. ¿No podía haber dejado su chisme ese en su hotel?
—        Jim y yo dormimos a la luz de la luna estas noches, coronel Mostacedo. No
me diga que sigue usted con sus ridículas ideas…
—        Sigo, y apuesto doble contra sencillo a que usted mató a mi coronel
Loayza. Es más, digo que aquí todos lo sabemos.
—        Mejor me voy a comer, coronel. Pero ya vuelvo, así sea sólo para mostrarle
la inocencia de mi chiche.
—         Já. Más le valdría no volver por aquí, Endara.
—        Déjalo ya, Tinino. Ese no mata ni una mosca.
—        Es lo que piensas tú, Mike. Pero pronto te arrepentirás de dejarlo suelto
por ahí… Ya verás.  
—        Me ibas diciendo…
—        Pues que harás bien en recordar con todo detalle lo que te conté porque
no podré acompañarte en esa aventura. Hoy me toca morir.  
—        Qué tonterías me dices. ¿No será que te estás poniendo viejo, Tinino?
—        La verdad es, amigo, que anoche vi un taparaco grande como un
murciélago…
—        Ni los niños creen ya en esas cosas, coronel Mostacedo.
—        … y no hace dos horas de que un regimiento de yatiris se puso a maullar
para prevenirme de que hoy estiro la pata.
—        Debes estar loco para dar fe a esos viejos caraduras…
—        Vi al taparaco con la misma claridad con que veo ahora mismo al Mosca, al
mismo Mosca que intentó matarme con una granada de mano…
—        ¿Dónde? ¿Dónde lo ves?
—        Lo veo allí mismo, con el fuego a la espalda y el machete en la mano
izquierda. ¿Tú sabías que era zurdo?
—        No… ¿Dónde? ¿Ese hombre que viene a saludarme? ¡Ese no es el
Mosca! Es… Es… Pues, si… Es el Mosca, me parece.
—        ¿Ves el machete?
—        Lo veo.
—        ¿Lo ves nuevo y sin usar, tal como lo veo yo, brillando en la noche oscura?
—         Si, lo veo.
—        ¿Es el Mosca?
—        Pues… Pues… Yo diría que si.
—        ¡Pues no acabará conmigo! ¡Mosca maldito, vuelve al Infierno de donde
viniste!
De pie con sus gemelas Smith & Wesson 29 calibre .44 que Dirty Harry hiciera
mundialmente famosas, Mostacedo disparó andanadas que parecieron cañonazos
contra el fantasma de su infiel servidor.
Una serie de detonaciones variadas por su agudeza y su potencia encendió la
noche en una sola explosión horrible cuando doscientos treinta y dos balas de
muy variado calibre hicieron sus respectivas perforaciones en el amplio cuerpo del
coronel, convirtiéndolo en segundo y medio en el clásico y ensangrentado colador
que mencionan  más a menudo de lo conveniente muchos autores de fama
universal.
El también clásico silencio de tumba siguió al desesperado entusiasmo con que
los presentes habían reaccionado obedeciendo un instinto primario al ver a un
policía armado no con una sino con dos armas letales, y el acre olor a pólvora se
elevó convertido en una nube nefasta como homenaje improvisado para una luna
de facciones claras. Con la rapidez con que aparecieran los muy diversos
artefactos encargados de preservar la salud de sus propietarios, sorprendidos
ellos tal vez por el evento pero no avergonzados de una reacción tan natural,
desaparecieron las armas sin el menor sonido y cada quien retornó a su lugar
original sin mascullar sílaba.
Sentados y sin moverse durante esos tres segundos de violencia indescriptible,
Tancara y su asociado inflamado El Boroschi parpadearon en un esfuerzo por
recuperar el uso de sus miembros y facultades antes de fijar una húmeda mirada
en lo que fuera instantes antes un opresor de fama legendaria.
Humeando como el motor de un Ford antiguo que entrega su último golpe de
embrague, apuntando al cielo sus dos revólveres brutales con manos hechas
garfios y reducidos cuerpo y uniforme a piltrafas recortadas como cintas de regalo
para una Primera Comunión, el coronel Faustino Mostacedo Cuaquines
conservaba el rostro inalterable de quien se lleva mil secretos al más allá y la
mirada sin fondo del que olvidara hace mucho la diferencia entre la verdad y las
mentiras. Parecía necesitar que alguien le anunciara que había muerto.
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