LA AVENTURA
DEL ANULAR
EXTRAVIADO
Sabado - Segundo/3
Cansado por una jornada que parecía no terminar nunca, Tinino Mostacedo
cruzaba el tercer patio de Palmasola cuando el teniente José Rivarola López se
acercó como cachorro con la cola entre las piernas y, saludando con más
humildad que disciplina, pidió a su autoridad la generosidad de dos palabras.
—        ¿Y ahora qué, Rivarola?
—        Si el señor coronel quisiera concedernos unos minutos…
—        ¿De qué se trata?
—        Son los adivinos, mi coronel, que nos traen locos. Se multiplican como
hongos y se han puesto de moda de un día para otro.
—        ¿Los adivinos?
—        Los yatiris, mi coronel.
—        Ah, diablos. Aquí no truena un cohete sin que tenga que ver conmigo.
—        Si el señor coronel quisiera hacernos el señalado favor…  
—        Bueno. Vamos. Le sigo, Rivarola.
Desanduvo sus doscientos metros detrás del teniente maldiciendo su leyenda de
investigador profesional conocido por su audacia y valentía. Nada es más difícil en
esta vida que tomar decisiones, se decía, excepto para líderes natos como yo,
muchacho, y este es el precio de ser un…
Una multitud de ancianos nativos que olía a campo profundo y rompía apenas el
silencio de la amplia celda en que los habían metido con un murmullo cargado de
consonantes fuertes si no tajantes le cortó el pensamiento. Se cubrían la cabeza
con las gorras típicas que han copiado los esquiadores del mundo todo porque
protegen las orejas, las piernas con pantalones de bayeta a media asta que dejan
a la vista pantorrillas que envidian muchos futbolistas y el pecho con camisas de
jerga gruesa que jamás vieran una corbata debajo de chalecos de lana de llama
capaces de soportar los embates del Illimani. Unos usaban sombrero sobre las
gorras y otros no, pero todos lo miraban como ratones dispuestos a comerse el
queso, algunos sin poder disimular el ánimo travieso que les iluminaba los ojos
como centellas. Mostacedo creyó ver en varios de ellos una burla muda y sintió
que su ira subía siete grados. Cada rostro era un mapa de pergamino oscuro y
ajado y cada mejilla ostentaba una bola verde claro de acullico. Todos portaban
una bolsa grande colgada del cuello en la que se dice llevan sus herramientas de
trabajo. Las sandalias de cuero o de goma de llanta vieja completaba el atuendo
de estos detenidos.  
—        ¿Qué pasa con estos viejos?
—        Pues que se están haciendo ricos prediciendo la suerte de sus clientes, mi
coronel, y algunos de esos clientes han venido a quejarse porque estos yatiris les
han quitado hasta el último centavo.
—        ¿Y qué? No hay ley que prohíba contar cuentos. Si la hubiera, todos
estaríamos presos, Rivarola. Déjelos ir después de darles el primer baño de su
vida.
—        Lo mismo pienso yo, mi coronel. Pero, como está usted aquí, pensé que si
le escuchaban se asustarían un poco y se dejarían de macanas.
—        ¿Qué quiere usted? ¿Que lo ascienda por alabarme?
—        No, mi coronel. Faltaba más. Sólo quise aprovechar su presencia para…
—        Bueno, ya. Dígales quien soy y por qué estoy aquí. Un par de carajos bien
puestos no van a hacerme daño.
Rivarola se golpeó las palmas un par de veces para llamar la atención de sus
huéspedes y les habló en aymará durante un minuto. Después se repitió en
quechua. El efecto fue mágico. Los yatiris miraron por un par de segundos a
Mostacedo Cuaquines y todos estallaron en gritos y quejidos como si fueran
plañideras griegas en el funeral del alcalde de su pueblo. Unos lloraban, otros se
tomaban la cabeza en gestos de desesperación y aún otros se restregaban las
manos gritando palabras duras con cierta satisfacción.
—        ¿Qué pasó? ¿Qué pasa? ¿Qué dicen ahora, Rivarola?
—        Dicen que… Juran que… Nos advierten de que… ¡No puede ser! ¡Esto no
puede ser!
—        ¿Qué dicen, digo?
—        Dicen que vaya usted a confesarse porque este es el último día de su vida,
mi coronel.
—        Mierdas.
—        Si, mierdas. Eso es lo que son, mi coronel. Y para peor, muchos son falsos
yatiris. Estafadores son. Eso son, mi coronel.
—        No, digo mierdas porque vi un taparaco…
—        ¿Cómo dice, mi coronel?
—        No, nada. Nada, Rivarola. ¿Qué? ¿Continuamos con el programa?
—        Mejor no, mi coronel. No sabe cuánto lo siento. Nunca debí atreverme a…
—        Déjese de pamplinas. No me va a decir usted que… ¿Cree usted en esas
cosas?
—         La verdad, mi coronel…
—        ¡Qué vergüenza, Rivarola! ¡Un hombre como usted! Vamos, vamos,
sáqueme de aquí.
—        A la orden, mi coronel.



El futuro en las manos de los yatiris al paso
Hojas de coca, alcohol, una manta sobre el suelo, barajas esparcidas y un fuerte olor de
cigarro son señales que instintivamente hace fijar la mirada al transeúnte. Son esos los
elementos que utilizan los yatiris de la calle para leer la suerte y predecir el futuro de la vida del
ser humano.
Hombres y mujeres de todas las condiciones sociales se sientan en las pequeñas sillas de
doblar para consultar a los adivinos sobre la fidelidad de su pareja, cómo conquistar al ser
amado o mejorar sus ingresos económicos.
La desesperación de buscar una respuesta a estos problemas es lo que lleva a que mucha
gente acuda a los lugares donde realizan este tipo de trabajo, en las calles cercanas a los
mercados Los Pozos y La Ramada.
Según el psicólogo José Cueto Jiménez, las personas que visitan a estos adivinos o yatiris lo
hacen para llenar el vacío espiritual que no pueden controlar. Sin embargo, no todos los que
hablan en nombre de Dios son verdaderos adivinos, agregó Cueto.
Similar criterio tiene Feliciano Mamani, ex-dirigente de la Asociación de Yatiris y Kolliris, quien
manifestó que han aparecido curanderos que no tienen el don de predecir ni de curar.
"Algunos hacen sahumerios para alejar las maldades, pero eso no es suficiente. Hay otras
cosas que se deben tomar en cuenta", dijo Mamani, quien es receloso en decir sus secretos.
"Hay mucha gente que cree en nosotros. Hasta los médicos vienen donde estamos para saber
si su paciente tiene cura o no", manifestó Gregorio Machaca, un yatiri que no duda en decir que
la fuerza espiritual es de los curanderos y la medicina científica pertenece a los médicos.
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