LA AVENTURA
DEL ANULAR
EXTRAVIADO
Sabado - Segundo/2
Libre de moscas y olores varios gracias al Sur que había pasado por allí con furia
inexplicable, el día derivaba en una tarde apacible cuando Huascar Endara
Watson y James Morgan llegaron a la puerta más que nada simbólica de la clínica
improvisada que sería la obra de una vida dedicada a ayudar al prójimo en
desgracia para el Dr. Cristian Alejandro Ulloa.
Los tres troncos dispuestos como para imitar un arco improvisado de fútbol
contribuyeron sin desearlo a la melancolía leve que atacaba a ambos visitantes
sin que dieran claramente con su origen. Parecían haber agotado los temas para
dialogar y sentían el peso del universo en sus cansados huesos. Visitantes en
este mundo tropical, el calor y la humedad les parecían más intensos de lo que
eran. La camisa se les pegaba a la espalda y las esperanzas de una ducha les
lucían disminuidas. Ante la puerta de la oficina también improvisada del
especialista se frustraron al verla vacía y se sentaron en el piso de tierra como si
fueran indios trayendo fruta al patrón. Así esperaron hasta que el hombre del
mandil limpio como ala de ángel apareciera caminando de prisa y casi agachado
como de costumbre.
—        ¿Huascar?
—        Dr. Ulloa, veníamos, como se lo pedí, para que charlara un poco con mi
amigo James Morgan, de la Embajada.
—        Si, bueno. Pero nadie dijo que sería hoy.
—        Tal vez mañana lo envían a otro país, y no quise que perdiera esta
oportunidad.
—        ¿Y ese favor es para quién?
—        Me he encaprichado en creer que será mutuo.
—        Pues a mí me suena como que estás abusando de una amistad infantil…
—        Vamos, Cristian, que no es para tanto.
—        Uno nunca sabe, tratándose de la Embajada. El señor…
—        James Morgan, para servirlo, doctor, pero puede llamarme Jim.
—        Mejor que sea Sr. Morgan.
—        Como usted lo prefiera.
—        Yo ya debería estar comiendo mi arroz con plátanos, pero ya que dices
que te di mi palabra, pasen ustedes.
—        Gracias, Cristian. Verás que algo bueno saldrá de esta visita.
—        Bueno, bueno. Tomen asiento. ¿Un vaso de agua helada?
—        Cómo no. Esta si que es una sorpresa agradable. Bonito refrigerador.
—        Regalo de un padre agradecido pero anónimo. Sírvanse.
—        Gracias, doctor.
—        Comencemos.
—        ¿Por qué se decidió a comenzar esta labor?
—        Me hice médico por vocación, no por ambición. Vi que nadie se interesaba
en este problema. Hice algunos viajes por el país y comprendí las dimensiones
que alcanzaría esta plaga. Trabajé un par de años en La Paz para hacer algo de
dinero y me vine.  Compré dos hectáreas cuando esto era casi selva virgen y
comencé a trabajar. Me duele decirlo, pero este lugar ha estado creciendo desde
entonces. No creo que vaya a faltarme trabajo jamás.
—        ¿Cuándo lo decidió, doctor?
—        Después de una viaje que hice a Washington. Creo que ese fue el
momento álgido.
—        ¿Por que?
—        Desde donde está usted, ¿no le parece obvio, Sr. Morgan?
—        No tanto. No veo que nadie haya seguido su ejemplo.
—        Bueno, ese no es mi problema. Mi problema es que miles de personas han
escuchado algo sobre este lugar y vienen a verme, casi todos al caer la noche. Yo
me pregunto a veces cómo voy a poder servirlos.
—        ¿Tantos son?
—        ¿Cuántas personas cree usted que tengo aquí?
—        No tengo la menor idea.
—        Cinco mil trescientos veinticinco. Buena parte no saldrá mientras viva.
Tengo además unos seiscientos niños de menos de un año de edad. Si tienen
madre, es adicta. Si no la tienen, alguien cuida de ellos, porque yo no puedo
hacer nada. Simplemente me niego a rechazarlos.
—         Estas chozas son una ciudad, entonces.
—        La diferencia está en que todos desean combatir su adicción. Es lo que los
distingue de los otros.
—        ¿Los otros?
—        Usted los ha visto. Los pitilleros que viven bajo los puentes, fuman y no
comen. Tienen hijos y hay veces en que me los traen. Y los otros, aún, los que
temen más al estigma que a la adicción.
—        ¿Es muy común?
—        Digamos que no hay techo que ignore ni fortuna que respete.
—        ¿De toda edad?
—        Y de todo nivel social. ¿No sería mejor que los viera? Siempre es buena
una gira por el infierno para un profesional de la guerra como usted. Podría
curtirle el alma.
—        Si lo cree usted, doctor…
—        Vamos, Sr. Morgan. Venga a ver cómo paga este pueblo por la droga de
que vive.
—        ¿Vamos, Huascar?
—        Gracias, Cristian. Los sigo.      




Desnutrición: alarmante índice en Santa Cruz
El 60 por ciento de los menores que acuden al hospital de Niños "Mario Ortiz" sufren algún
grado de desnutrición, mientras que cada día ingresan sólo por esa causa entre dos a tres
pacientes.
"El problema de desnutrición no sólo se da en los niños del campo porque la mayoría de los
casos que llegan a los hospitales provienen de los barrios periféricos de la ciudad", aseguró
Aldo Ayllón, jefe médico del Hospital de Niños. Según dijo, el principal problema de la
desnutrición -además de la pobreza- es la falta de educación de parte de los padres a la hora
de alimentar a sus hijos.
La mayoría de los casos que ingresan por desnutrición tienen estados avanzados como
agudos o crónicos, que son un resultado de dos a tres meses de escasa o nula alimentación.
El caso del niño de año y medio con desnutrición que fue rechazado en varios hospitales y que
ahora está internado en el Hospital de Niños tiene una úlcera de córnea, por lo que se cree
que puede perder la visión.
Asimismo existe el riesgo que pudiera presentar daños irreversibles en el cerebro por la falta
de alimentación que recibió los primeros años de vida.
Historias similares se pueden ver en el centro Nutricional "18 de Marzo", donde están
internados entre 10 a 15 niños diariamente por problemas de desnutrición.
Tal es el caso de Rosario, una menor de 15 años que presta sus servicios como doméstica en
una casa privada sin recibir remuneración alguna. El exceso de trabajo impide que le pueda
dar de mamar a su hijo de cinco meses en el horario indicado. El resultado de ello fue que el
niño se encuentra con una desnutrición de primer grado.
La situación más dramática es la de Camilo, un bebé de 11 meses, que tiene desnutrición
aguda porque su madre tiene el mismo mal por no alimentarse bien.
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