LA AVENTURA
DEL ANULAR
EXTRAVIADO
Sabado - Cuarto/4
Después de comerse dos ojos y un rostro de ovino asados al más clásico estilo de
Oruro, beberse dos botellas de vino de Tarija especialmente seleccionado para
conocedores y acabar con un postre de piña helada con frutas de la selva
amazónica tales como el ajamboró, el ajuantepeque y el rusquiñol, prácticamente
desconocidos por el mundo civilizado, Grover Wergeld Calaumana se dispuso a
invertir la hora siguiente en una siesta que le preparara mejor para la visita de su
amiga Lourdes Batista Turdera, una niña hiperdesarrollada de 14 años con la que
discutía economía y comercio exterior en su lecho redondo importado de París
pieza por pieza para evitar trifulcas con Doña Ifigenia, la del ojo clínico. El espejo
del techo le presentó la figura tendida en cruz de un hombrecillo satisfecho con su
vida y envuelto en un kimono legítimo color lima con trazos de amarillo guayaba en
la que lo único discordante era la cara fea, la mata de pelo descolorido y los ojos
globulares entrecerrados, más propios de un gitano húngaro en su día de
tragedia que de un hombre de negocios de éxito singular en su hora de asueto.
Grover cerró los ojos sin gran esfuerzo y se dispuso a soñarse como quiso ser y
no como era.
—        Buenas tardes. Hoy vengo temprano porque tengo mucho que hacer.
El susurro que intentaba acariciar sus oídos no logró engañarlos y Grover abrió
amplios los ojos globulosos después de abandonar el lecho a toda prisa mediante
un salto de saltimbanqui en la flor de la edad que desmintió las seis décadas y
pico que le colgaban de los hombros.  De rodillas, vio a su visitante bello como un
teorema griego y cobrizo como sólo Osmar podía serlo, insinuándose como un
pedazote de chocolate especial para señoras.  
—        ¡No me toque! ¿Cómo entró? ¿Qué quiere de mí? ¡Cuidado, que Ifigenia
está la pieza de al lado!
Protegido por una nubecilla invisible de Chrome por Azzaro y  luciendo un terno
Chino Suite Polo por Ralph Lauren sobre una camisa de kaki del mismo proveedor
con una corbata de seda borra de vino por Helmut Lang y zapatillas de piel de
cocodrilo color carne humana blanca por Lorenzo Banfi sobre calcetines blancos
de Cuichi, el visitante hubiera dejado al visitado tan pasmado como dejara a siete
vendedores de frutos de la tierra frente a la entrada principal, todos encubiertos
bajo una atmósfera invisible y agresiva de ajos y cebollas recién descargados de
un camión, pero el susto arruinó ese efecto.
— Miente usted como un niño, Grover. ¡Qué vergüenza! ¿Ifigenia en la pieza
contigua? Si así fuera, usted estaría metido en su cinturón de castidad… No sea
cobarde, hombre.  Le va a hacer mal, después de comer.
—        ¡Jure que no me hará daño! ¡Hoy sufro de hiperalgesia*!
—        ¡Qué tontería! Si es justamente para eso que estoy aquí… ¿Dónde está mi
tesoro?
—        No lo tengo, pero sé donde está. Se lo diré ya mismo y no le cobraré nada,
para probar mi naturaleza amistosa y dulce.
—        Pues yo venía por el otro meñique. Prepárelo desde ya para lo que le
espera.
—        Por favor, Osmar. Por favor.
—        ¿Osmar? ¿Osmar? ¿Qué son estas confianzas?
—        No es mala educación. Es que no soy bueno para recordar apellidos.
—        ¿Ya olvidó el mío? Le costará un anular.
—        ¡No, por favor! ¡No, por favor! ¡No, por favor! ¡No, por favor!
—        ¿Qué? ¿Histérico ya? Y ni siquiera he comenzado… Así no vamos a
ninguna parte, Grover.
—        Sé quien tiene el tesoro. Es lo mismo que entregárselo, ¿no le parece?
—        No.
—        No hay poder humano que mueva esa masa de dólares. ¿Cómo traerlo?
¡Es imposible! Además, ¿cómo se lo llevaría usted? ¡Se necesita un remolque!
—        Es cosa mía. Prepárese. Me decidí por el índice derecho. Entréguelo, ¡ya!
—        ¡No! ¡No! ¡No! ¡No! ¡No! ¡No! ¡Piedad, piedad para el que sufre!
—        ¿Dónde está el tesoro?
—        ¡Lo tiene Lady Láyqa! ¡Siempre lo tuvo! ¡Desde la muerte de Marito! ¡En
su sótano secreto! ¡Me engañó como a un chino, dijo que venía pero no vino!
—        ¿Qué? ¿Quién?
—        Lourdes.
—        ¡Viejo libidinoso! ¡Traiga el índice!
—        ¡No, que lo necesito para dialogar con Lourdes! ¡Siempre pongo el dedo
en el punto!
—        ¡El índice! ¡El índice!
Con ese grito, el indio bello se lanzó tras el viejo libidinoso y ambos dieron veloces
vueltas alrededor de la cama enorme hasta quedar agotados, uno por la ira y el
otro por el terror. Sentados en la alfombra persa ilustrada con temas de una
versión porno de las Mil Noches y Una del Siglo IX, acabaron por babosear como
perros del hortelano.
—        ¿Dónde?
—        El sótano.
—        ¿Cómo?
—        Nadie lo sabe.
—        ¿Cómo lo sabe usted?
—        Huascar.
—        Lo creo, entonces.
—        Gracias, Asmodeo.
—        ¿Quién?
—        Yo me entiendo.
—        En el sótano… ¿Dónde?
—        Debajo de una puerta de acero. Es un oubliette*.
—        ¿Cómo lo abre?
—        Con su uña izquierda.
—        ¿Eso dijo Huascar?
—        Juro.
—        Me voy, pero volveré. Usted me debe dos dedos.
—        Pero, no… ¡Sr. Jancko, tenga usted piedad!
—        Volveré, Grover. ¡Volveré!
* Hiperalgesia. – excesiva
sensibilidad al dolor.
* Oubliette   = Celda o
calabozo con una puerta
trampa en el techo como
única entrada
.
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