LA AVENTURA
DEL ANULAR
EXTRAVIADO
Sabado - Cuarto/3
No bien entraron en el redondel de la Plaza Isabel La Católica, un cohete
disparado desde el hombro de un muchacho la mar de simpático que vendía
dentífrico falsificado en la esquina sur de la plaza, es decir, a dos cuadras del
Ministerio del Interior, dio en la parte posterior del doble tracción color bosta de
vaca que les llevaba hasta el Estado Mayor, donde esperaban sentirse en casa
antes de planificar y armar otro toletole secreto que sacudiría por sus cimientos al
país entero un par de meses después.
Dueño de la sonrisa más agresiva de la ciudad y la mirada más burlona de la
provincia, Mike Tosferino se zambulló hacia la derecha y se deslizó como una
anguila hasta tocar el piso caliente de cemento con el mentón, al que siguió el
resto de su humanidad con la mayor prisa posible. Su Colt M1911 .45 apareció
como por arte de magia y saludó al muchacho simpático con dos toses secas que
acabarían por enviarlo al camposanto. Convertido en acróbata, Mike no paró de
rodar hasta ocultarse tras unos arbustos muy coloridos y bonitos que cuestan un
platal a la Municipalidad. Aspiró con entusiasmo antes de asomar un ojo para
mirar un panorama bastante alterado por el primer ataque terrorista en regla que
viera la urbe.
Atrapado por una puerta que misteriosamente se negaba a abrirse, Jim Morgan
corría el peligro de convertirse en asado de gringo dentro del vehículo en llamas.
Decidido a salvarse a como diera lugar, aplicó un codazo de derecha al
parabrisas a prueba de balas y lo hizo añicos, hazaña que obligó a Tosferino a
abrir la boca así de grande; el cristal ese estaba diseñado para resistir el impacto
de granadas de mano. Casi libre, Morgan se pegó al motor del coche para
alcanzar de cabeza el pavimento, pero una de sus botas se enredó
misteriosamente en el marco del parabrisas que acababa de deshacer, accidente
que le forzó a girar sobre sí mismo y aplicar una patada con la otra bota, golpe
que dobló el acero como fideo fino y, al partirse, dejó libre su extremidad inferior
derecha.
El blindado disfrazado de doble tracción vulgar y corriente ardía ya por los cuatro
costados y su humo negro y denso se veía la mar de novedoso. Como gato
escaldado, Morgan se deslizó por su lado hasta alcanzar una vereda amplia,
limpia e inútil para protegerlo de los proyectiles de 9 mm. que repicaban alrededor
de su dolorida humanidad, y el hombre estaba por darse por perdido cuando una
grúa enorme de esas que nunca antes se había visto en La Paz derribó un muro
de adobe más viejo que Henry Ford I como si no fuera más que un biombo. Desde
este brazo mecánico cayó sobre Morgan una red de acero fino que lo atrapó
como si fuera un pez espada maduro y no paró hasta mantenerlo colgando a siete
metros de altura. Morgan pateaba y golpeaba la red con las manos abiertas como
hacen los karatekas en las películas chinas, pero lo único que sacó fue romperse
las uñas, manicuradas un día antes por Lucila Campoamor Fernández, graduada
en París de Francia.
De este modo transcurrieron siete segundos que parecieron siete siglos para las
personas de fina sensibilidad que miraban la escena desde donde mejor podían
cuando una camioneta pintada de blanco (“Amoroso, Pañales Finos para su
Bebé”) y  tan menuda como su producto asomó avanzando como escarabajo
africano empeñado en recoger excremento, se colocó debajo mismo de la red que
atrapara a Morgan, abrió su techo de modo harto armonioso sin duda alguna y se
tragó al gringo red y todo antes de salir disparada como si hubieran empalado al
escarabajo en un ají rojo. Mike agotó su cargador despidiendo al vehículo, que se
perdió en el pasaje Manchego antes de trepar la muy inclinada avenida Belisario
Salinas y desaparecer.
De pie, Mike Tosferino escupió con satisfacción que no pudo disimular y murmuró
casi para sí mismo.
—        El traidor Morgan abandona la escena. Ferdy ha muerto.
—        Era un estorbo. Lo estamos esperando aquí, Mike.
Si alguien hubiera escuchado hablar al tercer botón de su camisa se hubiera
sorprendido. Apretándolo entre índice y pulgar como si fuera una nuez podrida,
Tosferino lo deshizo antes de dirigirse a paso lento al Ministerio de la Muerte.
Llegó allí caminando, estornudó y descendió por las escaleras de Todich de triste
fama. Algún gracioso había planeado una conferencia secreta en lo que fuera el
despacho del bien recordado coronel Rafael Loayza. Mike empujó esa puerta gris
y vio a una pareja que acezaba, desnuda y  sudorosa.
—         ¿Qué hacen?
La mujer, sin parar el enloquecido ritmo de su galope, contestó muy sonriente.
—        Hijos.
Mike cerró la puerta sin añadir un pip y entendió su error. Trepó cinco escalones y
se metió por una puerta que hubiera sido melliza de la que protegía a la mujer,
pero era negra. Cinco enmascarados muy elegantes lo esperaban en tenso
silencio.
—        Un día de estos nos descubrirán, y tendremos que hacer estas cosas en
un hotel céntrico.
—        Muy chistoso, sobrino de mi alma. Ahora siéntate, cállate y espera una
pregunta antes de contestarla.
—        Pero… ¡Tía!
—        Calla y escucha.
Mike se vio forzado a esperar doce minutos antes de conocer los detalles sobre el
modo, el día y la hora en que cobraría su comisión sobre la venta de Morgan.
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