LA AVENTURA
DEL ANULAR
EXTRAVIADO
Sabado - Cuarto/2
“Frou Frou” es un local chic como corresponde a un salón de té perteneciente a
una señora de notables ambiciones sociales dos veces divorciada que ha visto
varias revistas europeas de moda y tiene dinero para caprichos como ese. Doña
Clota Amusquívar Pérez es feliz con su tienda de masas porque no le cuesta casi
nada y le abre las puertas de todos los jolgorios privados o públicos que matizan
cada fin de semana. Voluminosa como corresponde a su status, sonriente porque
es un tanto tonta pero ha descubierto que una sonrisa disfraza casi toda
ignorancia y buena en el fondo aunque aficionada al chisme hasta los excesos
peligrosos, se lleva de tú y voz con las matronas de peso social que huelen a
jardín rancio y no baja del usted con los maridos de su círculo social, amplio como
sus caderas. Dueña de una memoria de elefante, es la mejor colección parlante
de chistes colorados y alusiones directas o indirectas al órgano viril y recuerda la
fórmula de ciento diez cócteles de singular demanda, por lo que privarse de una
oportunidad de conocerla personalmente es de lamentar tanto como su accidental
ausencia.
Sólo la decisión caprichosa de la Sra. Ifigenia Muraña Vasconcelos de usar este
campo neutral para un encuentro con su nueva y simpática enemiga de situación
social indefinida, Fresia Ramallo de Holmes, quien abusa posiblemente de ese “de
Holmes” con el fin de definirla,  sitúa a ambas damas en el “Frou Frou” en una
tarde de sol digna de una corrida de toros.
Habiéndose citado a las tres se encuentran  a las cinco porque bien sabido es
que llegar a tiempo es de pésimo gusto. Porque se juraron que este encuentro
sería una ocasión sencilla y privada, llegan cubiertas de una pequeña fortuna en
pieles, joyas, zapatos y otros aditamentos necesarios para hacer una señora
como se define bien ese mal social, y ambas se ven impedidas de evitar el
disgusto que les causa el doble atraso. Veteranas de tales situaciones, disimulan
perfectamente su disgusto y logran engañar a todos los presentes excepto Ifigenia
a Fresia y viceversa. Contentas aparentemente de volver a verse, se manchan
mutuamente las mejillas con besos que parecen picaduras de mosquito de la
fiebre amarilla y ambas utilizan un pañuelo perfumado y bonito para diluir las
huellas casi invisibles de cada ósculo. Por fin, y entre expresiones dichas y
murmuradas de mutuo aprecio, se vigilan la una a la otra para, en una operación
sincronizada con mucha gracia, asentar al mismo tiempo y con la mayor levedad
posible el extremo de cada espalda sobre unas sillas francesas hechas en Chijini
que parecen incapaces de soportarlas. Para entonces, ambas saben ya que su
oponente ha venido acompañada de su respectivo dispositivo de seguridad, esos
tíos que fingen estar esperando a una amistad de infancia mientras beben un café
con leche y desmenuzan un napoleón lo más lentamente posible.
Medidas las circunstancias con ojos de lince, comienzan la conferencia de alto
nivel letal diciendo nuevas nimiedades mientras se colaboran para servirse el té y
las masitas que han ordenado con anticipación. Es admirable su habilidad para
hablar tanto sin decir nada, pero al fin carecen de distracciones y clavan una
mirada doble, fría y espeluznante en la punta de cada nariz antes de iniciar las
negociaciones en el mismo segundo.
—        El tesoro…
—        Mi garantía personal…
Para ganar tiempo, ahora que saben por donde le aprieta cada zapato a cada
negociadora, ambas ceden la palabra a su oponente, con lo que quedan tablas
en un corto silencio embarazoso.
—        Prosiga usted, Ifigenia.
—        No faltaba, más. Siga usted, Fresia, por favor.
—        Decía que el tesoro…
—        No estoy dispuesta a negociar la herencia de Marito, pero bien podemos
aclarar algunos aspectos de ese asunto para evitarnos dolores de cabeza.
—        No veo cómo, si para eso fue que retorné después de tanto tiempo.        
—        Pensé que era para ayudar a su amigo, el Sr. Endara.
—        Por fortuna, no ha necesitado de mi ayuda. A decir verdad, ni siquiera he
tenido el gusto de verlo.
—        Bueno, por lo menos confirma así que son amigos.
—        Si usted quiere…
—        La herencia es considerable, de modo que deberíamos acordar que será
de quien lo encuentre. Un pacto entre señoras para evitar más daños…
—        No puedo aceptar ese acuerdo. Yo pensaba proponerle una división justa.
—        ¿Justa? Este conflicto me ha costado la pérdida de varios colaboradores,
para no mencionar los daños materiales causados por ese bandido de Ordoñez…
Que a estas horas ya debe estar descansando en paz, en buena hora.
—        Usted lo sabe. Usted le ha matado.
—        ¿Yo? Ni siquiera puse un dedo encima de ese bandolero.
—        Ifigenia… Todos sabemos cómo ha muerto Ordoñez, y por qué.
—        Habladurías. Niego toda responsabilidad. La niego.
—        Si aceptara yo que el tesoro será de quien lo encuentre aunque entiendo
que usted ya lo encontró…
—        Habladurías, le digo. Esas habladurías nos hacen un gran daño a todos.
—        …. Nada lograríamos, porque los perdedores de este conflicto no vivirían
mucho tiempo, ¿verdad?
—        Podrían vivir varios años más, sobre todos si se van por donde vinieron.  
—        Déjeme completar mi propuesta: la mitad para cada una y  hoy mismo, si lo
tiene usted. Hoy mismo me voy, si usted acepta.
—        Como decía, este asunto no permite ninguna negociación, Fresia.
—        La alternativa es la violencia, Ifigenia. Usted lo sabe.
—        Usted puede evitarla. Márchese. Márchese y llévese a su indio bello. Hasta
podría salvar a Endara.
—        Es decir, en una palabra, guerra.
—        Cien millones son cien millones, Fresia.
—        ¿Aún si le devolviera a su nieto? Yo fui quien la liberó de Margarita, ¿lo
sabe usted?  
—        Lo supuse. Nadie más se ocuparía de un caso como ese.
—        Podría ayudarle con su hijo, también.
—        Ya tiene a mi nieto. ¿También quiere a mi hijo? Mi hijo no puede afeitarse
solo, siquiera. Es un zombi. Mejor estaría muerto.
—         ¿Tanto es así?
—        No me diga que no lo sabía. Traje a varios Callawayas y aprendí su arte
para tratar de curar a Grovercito Jr. pero fracasé. Nadie puede curarlo, ni Ulloa.
—        La veo muy decidida.
—        Es que ya nada tengo que perder. Pero me gusta el oro.
—        ¿Guerra, Ifigenia?
—        Guerra, Fresia.






Algo del arte de los Callawayas
Para curar el abjasqa el Callawaya recurre al baño de orín podrido con cachina. Antes de
someter al enfermo a una ablución de orín podrido le hace masajes, le obliga a hacer
ejercicios de las extremidades superiores, le fricciona los hombros, la nuca, la frente, la
yugular, los brazos, con una pomada preparada con untu (grasa) de llama. Luego, haciéndole
recostar sobre un lienzo, le “ordena el cuerpo y los huesos”. Le da sacudones por ambos
costados, le jala los brazos con cierta violencia, le estira los dedos uno por uno, le coge la
quijada y lo levanta y sacude. Después lo baña con el orín podrido lo mas caliente posible,
coloca sobre su pecho hojas soasadas con aliso, las asegura y sujeta con una faja y arropa
bien al enfermo.
Cuando interviene el Yatiri o Paqo, éste comienza por determinar el origen de la enfermedad
consultando las hojas de coca.
Extiende en el piso un lienzo negro llamado histalla y coloca sobre él un puñado de hojas de
coca. Escoge doce hojas enteras y las señala como representaciones del enfermo, del
maligno, el susto, los principales factores del caso y  la enfermedad.
Luego lanza las hojas al aire para que caigan sobre la histalla. Si  caen invertidas, ve un mal
signo: el enfermo no sanará fácilmente. Procede entonces a hallar las relaciones entre las
doce hojas por su posición, su tamaño, su color y factores que sólo el Yatiri conoce. Después
de repetir esta lectura tres veces en medios de oraciones a dioses y entes, decide un
“diagnóstico” inicial sobre las particularidades del caso.
Procede luego a otro análisis, el de la orina. Consiste en echar orín podrido y caliente dentro
de una vasija plana donde ha depositado algunos trozos de cachina, sulfato de almunia.
El Yatiri aplica un cuidadoso masaje al enfermo con el orín, devuelve el orín a la vasija y luego
la cubre con una prenda del paciente. Se sienta inmóvil con las piernas cruzadas y espera la
reacción causada por el orín y la cachina dentro de la vasija. Diez minutos después descubre
la vasija y estudia las formaciones de espuma que representan montes, ríos, poblaciones,
valles, etc.
Describe entonces lo que ve: “aquí veo la Wak’a (el maligno), aquí está: miren, tiene forma de
monolito de piedra con cuernos. Este es el río Tarka. Este es el camino que va a Sachamani.
Este es un lago, esta es la ciudad. Miren aquí: la Wak’a está sobre este sendero ancho. Este
es sin duda un camino para camiones.”
Pregunta al enfermo: “¿Recuerdas el lugar donde te asustaste? Parece que un camión se
volcó ese día, o que se accidentó en una zanja.”
Recuerda el enfermo: “Es cierto. Hace cuatro meses me sucedió algo así y yo me asusté. Fue
en la quebrada de Sachamani.”
Habiendo determinado el lugar donde el paciente perdiera el ánimo, el Yatiri sopla y abate con
su resuello la formación de espuma en la vasija. Corta luego la espuma haciendo una cruz con
un cuchillo de palo y pronuncia una oración que es comando y ruego: “Bondadoso Machula de
Sachamani, dios de ese lugar, bondadosa awicha, señora del mismo, Pachamama,
Pachatata, dioses nuestros, arranquen pues la enfermedad que tiene este enfermo en su
corazón.”
Después añade agua hervida al orín, baña totalmente al enfermo, lo cubre y cuida de que
frazadas y mantas le obliguen a transpirar en abundancia.
El Yatiri conserva este baño y una prenda del paciente en la vasija, pues deberá llevar vasija y
prenda al lugar donde sucedió el susto.
Es acompañado en este viaje por sus asistentes, por familiares y amigos del enfermo, los que
caminan manteniendo las palmas de las manos unidas, la cabeza gacha y en absoluto
silencio.
Llegados al lugar preciso, el Yatiri espera la medianoche para lanzar el agua hacia los cuatro
vientos. Sacudiendo luego la prenda del enfermo tres veces en cada dirección, llama al ánimo
del paciente, ordenando: “ánimo de fulano de tal, no te quedes en este lugar. Ven a buscar tu
ropa, vente, vente con nosotros.”
Como el, todos los presentes sacuden su propia ropa y demandan: “Enfermedad maligna,
quédate para siempre en este lugar y no vayas más a la casa del enfermo.”
Tras esperar unos instantes, todos imitan los movimientos de quien envuelve el ánimo en la
ropa del enfermo, fingen tratarlo como si fuera un objeto para guardarlo en sus propios
bolsillos, dentro del sombrero, atado dentro de un pañuelo.
Caminan luego lentamente de retorno a la casa del enfermo, mostrando gran cansancio por el
esfuerzo que hicieron para atrapar al ánimo del enfermo y traerlo de vuelta.
Ante el enfermo, el Yatiri devuelve la prenda que se llevara y se la coloca mientras ordena:
“ánimo de fulano de tal, vuelve a tu cuerpo”.
Apaga todas las luces durante unos cinco minutos para que la reencarnación se efectúe en
medio de un gran silencio y permanece luego con el paciente hasta el amanecer, acullicando.
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