LA AVENTURA
DEL ANULAR
EXTRAVIADO
Sabado - Cuarto/1
Huascar Endara Watson había concluido la lectura de los papeles que Carmelo le
entregara y  estaba colocándolos en el maletín negro en que los recibiera cuando
un toque amable repetido tres veces le anunció que alguien había venido a
visitarlo. Envuelto en su batón afgano viejo pero fiel como perro bastardo, dio fin
con el café que pidiera al llegar y abrió la puerta. Jim Morgan le dedicaba su
amable sonrisa y su mirada sin parpadeos.
—         Me cansé de esperarlo.
—        Perdone, Jim. No estoy con ánimos de sociabilidad. Quise acabar el día
solo.
—        Me lo imaginé. No debe haber sido fácil esa visita a Ordoñez.
—        ¿Sabía usted que fui a verlo?
—        Hace años que sabemos todo lo que hace Ordoñez, o casi todo. Somos
como él, que sabe todo lo que hacemos nosotros.
—        Habla de Ramiro como si no hubiera muerto.
—        Bueno…. No ha muerto todavía.
—        ¿Lo capturaron vivo?
—        Tampoco estoy muy seguro de que el estado en que se halla responda a
esa definición. Alguna esperanza tenemos de que nos dará la pista sobre algunas
de sus operaciones antes de morir. Lo único que puedo decirle es que la época
de Ordoñez ha concluido hoy. Aunque tiene varios herederos, ninguno ha logrado
apoderarse de toda su organización. Serán peces más chicos.
—         Bueno, a mí sólo me resta lamentar la pérdida de un buen amigo.
—        Respetaría su situación, Huascar, pero no tengo tiempo que perder.
Permítame invitarlo a mi oficina otra vez. Creo que el día podría acabar en una
nota diferente.
—        ¿Lo cree necesario?
—        Lo creo muy necesario Huascar. Vitalmente necesario, diría yo.
—        ¿Qué puedo decirle entonces? Me visto y salimos.
En la puerta del gran Hotel París, Huascar Endara Watson se sorprendió de no
ver un alma en las calles. Sólo el doble tracción de personalidad indefinida que
usaban Morgan y Tosferino en sus diversas misiones les esperaba con un
ronquido leve del motor.
—        ¿Qué sucede hoy? Aunque ya no debería preguntarlo. Nada me
sorprendería.
—        La tarde será más grata que la mañana. Esperamos pasar un buen rato
con un singular evento deportivo. Yo no me lo perdería por nada. Pero déjeme
preguntarle, ¿no sale hoy con su máquina mimada?
—        Para variar, dispongo de varias horas de libertad. Nadie necesita de mis
servicios en parte alguna.
—        Bien, entonces. También para variar, las calles están relativamente
despejadas. Por lo menos las que necesitaremos nosotros, si bajamos por
Miraflores.
Así lo hicieron y su suerte les ayudó a esquivar el carnaval universitario, la
protestas universitarias y los miles de escolares que se paseaban por el centro de
la ciudad después de haber cumplido su deber patriótico.  
—        He estado mirando el Internet, Huascar, y creo que nos ayudará de un
modo u otro a solucionar los crímenes que nos están quitando el sueño.
—        ¿Crímenes?
—        El primero fue el asesinato de Loayza y el último el de Tinino. Hay gente
que vería esta como una semana trágica para las fuerzas del orden.
—        ¿Del orden, o de la represión?
—        Hace una docena de años que se vive aquí en democracia, tal vez más. La
gente es libre y la prensa es libre. Las leyes se deciden en cumplimiento de la
Constitución… Para variar, si me permite decirlo. No creo que se pueda hablar de
represión en esta atmósfera.
—        En este mundo traidor….
—        Así es, de modo que no vamos a ninguna parte por este rumbo. Tal vez
convenga mirarlo como un deber profesional. Tanto los policías comunistas como
los fascistas tienen la obligación de capturar criminales… y entre mis obligaciones
aquí está la de hacer de policía durante varias horas al día.
—        ¿Por qué me habla así? No me diga que usted cree que el matador de
esos caballeros es un servidor.
—        No todavía. Todavía no puedo decirlo, Huascar, pero creo que es cuestión
de horas ya. Así que no lo digo, pero le ruego que no intente ninguna tontería. Le
aseguro que no saldrá usted de este país si no cuenta con mi amistad.
—        ¿Estoy a punto de perderla?
—        No, y por eso he hablado tanto esta vez. Sé que le será difícil creerlo, pero
le aseguro que podrá creer en mi amistad aún en el momento en que yo pruebe
que usted es un asesino en serie. Pero ya estamos. ¿Subimos?
—         Vamos, pues.
Cruzaron en silencio el salón en que se conocieron, cada uno sopesando sus
seguridades y sus dudas. Se metieron en el ascensor sin decir palabra y se
toparon al abrirse la puerta en el tercer piso con la mujer que ayudara a Huascar
con su improvisado disfraz. Nadie parpadeó, pero Morgan dejó flotando su
simpática sonrisa.
—        Nadie tiene razones para suponer que usted estará en la pieza donde voy
a dejarlo por una media hora, Huascar. Trate de ser un buen chico y haga lo
posible para no dejarse notar. Será difícil, pero creo que podrá lograrlo. Trate de
convertirse en un fantasma por un buen rato, hágame el favor.
—         Haré lo que diga usted, Jim.
—        Acá vamos.
Morgan abrió una de las incontables puertas designadas por claves como A405 y
Endara se vio en una pieza de hotel de lujo. Un enorme lecho conyugal compartía
la amplia habitación con un baño sauna, un comedor de diario, un refrigerador
gigante, un televisor enorme y otras comodidades. Sobre el lecho y vestida como
para salir de compras, Isabela dormía apaciblemente.  
—        ¡Ah! ¡Pero…! ¡Jim!
Sin una palabra, Morgan cerró la puerta y lo dejó solo. Temblando de ansiedad,
Endara se aproximó a su hija, la contempló en silencio por un momento y después
intentó despertarla del modo más suave posible. Despierta, Isabela se abrazó a su
padre sin más expresión que una amplia sonrisa bañada en dos lagrimones. Así
abrazados y entre susurros, Endara intentó cumplir con Morgan y mantener el
silencio en la pieza.
—        Sólo es necesario que no hagamos ruidos molestos, Isabela. Trata de
dominarte por un par de minutos, nada más.
—        ¿Por qué?
—        Es muy largo de explicar. Se lo prometí a un amigo. Silencio ahora.
Tomados de las manos y sentados en la cama, esperaron sin saber lo que
esperaban.
Minutos más tarde, el enorme espejo del tocador para damas que adornaba la
pared izquierda hizo un clic imperceptible y se convirtió en ventana. Tras el cristal
y sentado ante su escritorio, Mike Tosferino hablaba por teléfono.
—        ¡Es él, papa! ¡Es el hombre que ordenó que me cortaran los dedos!
Otro clic transformó la ventana en espejo y Endara lanzó un suspiro enorme.
—        Ahora veo lo que quería Morgan. Se acabaron los misterios.
—        Así es, Huascar. Se acabaron los misterios.
La voz de Morgan era un eco metálico a través del micrófono. Huascar la
reconoció aunque sonaba cansada y, todo era posible, un tanto triste.
—        ¿Qué hacemos ahora, Jim?
—        Estoy seguro de que tienen ustedes mucho de qué hablar. Mike saldrá en
un instante y yo saldré con él. Salgan ustedes dentro de diez minutos como si
fuera la cosa más natural del mundo. Gracias por su ayuda, Huascar.
—        Gracias a usted, Jim. Gracias infinitas por devolverme a mi hija.
—        Yo no hice nada. Isabela vino a visitarnos. Hasta pronto, Isabela.
—        Hasta pronto, Jim, y gracias.
Padre e hija cumplieron las instrucciones de Morgan al pie de la letra y se
encontraron pronto en la vereda de la Avenida Arce. Una multitud contenta
aplaudía a rabiar a los participantes de la competencia deportiva que había
copado la avenida. Tras caminar una cuadra, Huascar e Isabela se rindieron a las
circunstancias y terminaron por seguir la variada suerte de los 57 audaces pilotos
que competían  esa tarde, el mayor de los cuales no pasaba de los nueve años.  






Carrera de Cochecitos sin Motor captó atención de los ciudadanos
La Cuarta Versión de la Carrera anual de Cochecitos sin Motor cautivó la sonrisa y entusiasmo
de cientos de niños, padres de familia y ciudadanos paceños en general.
En ese evento participaron 208 niños entre pilotos y copilotos de ambos sexos, quienes en
sus rudimentarios cochecitos recorrieron el tramo comprendido desde la esquina de la
Universidad de San Andrés en la avenida Arce hasta el cuartel militar de San Jorge, en el barrio
del mismo nombre.
Tras la ejecución de esta actividad deportiva, el esfuerzo, dinamismo y entusiasmo de los
pequeños competidores fue premiado en el tradicional paseo de El Prado, espacio que en
esta oportunidad convocó a una multitudinaria concurrencia conformada por padres e hijos.
En la oportunidad, un total de 15 niños fueron premiados con patines, monopatines y libros, y
reconocimientos correspondientes a los pilotos y copilotos que lograron los cuatro primeros
lugares en la carrera y en las categorías de ruedas de rodamiento y de ruedas de goma.
Ante el entusiasmo de los padres de familia, quienes compartieron horas de nerviosismo y
alegría con sus hijos, se anunció que para el 20 de Octubre será organizada por primera vez
en la urbe paceña la carrera de coches sin motor para adultos, para lo cual invitó a todos los
padres de familia y jóvenes a iniciar la construcción de estos rudimentarios coches de carrera
y participar en este evento deportivo.
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