Su Opinión
Sobre la Ley y el Racismo
Arturo
La tragedia boliviana puede definirse en términos sencillos como el fracaso de la
sociedad boliviana en el cumplimiento del vital deber de incorporar a su población
indígena y transformarla en un segmento educado, libre, dinámico y efectivo en la
conquista del futuro del país. Éramos un país en el que, de cada diez seres humanos,
seis eran fantasmas sin derecho alguno.
Este fracaso es culpa de todos, pero no por igual; La culpa es proporcional al poder
ostentado por cada segmento durante los feroces 200 años de vida que ha sufrido
Bolivia. Quienes mayor poder tuvieron más culpable son hoy de semejante fracaso.
Quienes sufrieron porque no tuvieron poder alguno son tal vez inocentes de ese fracaso.
El que los explotados de Bolivia jamás aceptaran ese horrendo destino es un homenaje a
todo ser humano y ello les hace merecedores no sólo de la admiración y la simpatía del
mundo, sino también de su apoyo. Tal ha sido la reacción mundial desde que Evo salió a
cumplir su primer milagro, el de poner a Bolivia en el mapa del universo.
Pero los enemigos de Evo no están, por lo menos no todavía, fuera de nuestras
fronteras. Es cierto que acechan desde el Paraguay, país invadido, y ese horrible Chile
(lo que sería Bolivia sin Evo), y espían desde el Brasil, que desenmascaró ya a Lula,
pero el mundo ha decidido dar pausa a Evo porque la brutal miseria de Bolivia es harto
evidente. Ese apoyo pasivo podría continuar si Evo y sus enemigos no convierten a
Bolivia en el Irak de América.
Evo y sus enemigos locales, se entiende, porque tiene dos enemigos criollos que pueden
hacer arder el país como no ardiera en la década de los 50, cuyos peores años fueron el
castigo para una Revolución Traicionada.
Uno de esos enemigos es la Ley boliviana. Redactada por los enemigos de la
bolivianidad, ha sido hecha para servir a esos enemigos, para protegerlos, para darles
armas despreciables contra el país, para permitir su impunidad perenne. Del uso y abuso
de tales leyes malas no existe mejor ejemplo, tal vez, que ese profesional del cinismo, la
pillería y el desprecio por la conciencia del hombre que el actual senador que fuera
ministro de Educación del tirano.
Por supuesto, es sólo un ejemplo. La legión de la que este ente forma parte incluye a
millonarios más hábiles y más ricos que nunca han visto ni su cara ni su apellido en una
denuncia publicada de sus “operaciones”, pero todos son producto de esa Ley boliviana
que ha permitido el triste registro de 30 años de historia hechos de crímenes, canalladas
y abusos increíbles sin ningún culpable castigado ni siquiera por la opinión pública. Tales
son los extremos a que lleva la corrupción institucionalizada.
Esa Ley y su producto, esos “políticos” sin patria ni dios a no ser el dólar, amenazan hoy
más que nunca las esperanzas de un futuro que alientan los humildes de nuestra tierra.
¿Es posible concebir una Bolivia del futuro que pudiera sobrevivir a semejante Ley?
Hecha para explotarla antes de asesinar a la patria, excluye toda posibilidad de futuro
digno de tal nombre.
Un otro enemigo, tal vez más feroz, es el racismo boliviano. Los bolivianos somos racistas
desde siempre, desde antes de ser bolivianos. Los mitómanos del día, tanto occidentales
como orientales, inventan historias idiotas basadas en ese racismo y dirigidas a
preservarlo.
El Altiplano inventa un “imperio socialista” y cobrizo que jamás existió y los ricachos de
Santa Cruz pagan pequeñas fortunas para inventar una Atenas oriental que pueda
reemplazar en la imaginación de los ignorantes a la Santa Cruz real, hecha de bellezas
desnudas, carnavales orgiásticos pero diminutos y horrorosas diferencias sociales.
Como en el Brasil, en Santa Cruz los pobre no existen, no se ven ni se escuchan. O, si
existen, existen sólo para comprarlos y convertirlos en asesinos y degolladores.
Ambos vicios nacen en nuestro racismo. Ambas mentiras excluyen a quienes son
diferentes porque no son de la misma raza, como si hablar de razas puras fuera posible
hoy por hoy.  Ambos extremos harán la pira que terminará por quemar al país si no
aprendemos a tiempo que todos somos bolivianos primero y mestizos después. Porque
todos somos mestizos. Todos, por blancos o indios como aparecemos, somos mestizos
tanto por dentro como por fuera. A ello se debe el hecho cotidiano de que todos
ejercitamos el salvajismo de nuestra política, el desprecio por los más débiles, el uso y
abuso del cinismo como “instrumento de trabajo”.
Saludé en su momento el triunfo de Morales como el único “paso adelante” que pudieron
dar los bolivianos en su intento de construir un país, y ello es evidente: ¿quién puede
imaginar a Morales refugiado en Washington después de cometer crímenes y pillerías
contra su pueblo? Habrá tarugos que hablen de La Habana o Caracas, pero ni sus
peores enemigos han pensado en insultarlo de esa manera.
Dije también que, si sus enemigos triunfan, Evo (que por ser Evo no puede ser otro que
Evo) sufrirá el sangriento y bárbaro fin que los enemigos del país diseñaron para Busch
El Suicida y Villarroel El Colgado. La diferencia, tal vez, estriba en que las fuerzas
opuestas están tan equilibradas hoy que un final tan terrible para Evo significa para
todos una pesadilla de sangre larga y feroz, anunciada ya por los peores años de la
Revolución Traicionada.
A diferencia de otras, esta es una lucha que se libra en la conciencia de cada boliviano.
No es como aquellas que permitían a los necios la cobarde afirmación de que “la política
es para los sucios; yo no me meto”, disculpa con la que entregaron el país todo a esos
“sucios”.
Hoy, cada boliviano debe ponerse la mano al pecho, debe reconocer a la Ley boliviana y
al racismo boliviano como los enemigos mortales que son de nuestra patria, y debe
combatirlos sin pena ni pausa porque si tales enemigos triunfan no habrá futuro para
Bolivia.    
  
Junio 06