EL QUINTO
Dice:
El odio de este es el único que justifico plenamente porque cometí un crimen imperdonable contra él
apenas se destetaba: lo abandoné en medio de la mayor tragedia que asolara nuestra familia. Se quedó
solo, un niño en medio de una tristeza inmensa, bajo una miseria asfixiante y sin entender muy bien lo que
le sucedía: ¿Por qué tendría yo que abandonarlo en semejante infierno? ¿Yo, que había sido su protector y
guía?
Años después me relataron un incidente que reflejó con exactitud esa situación. Cuando excavaban para
solucionar un desagüe atragantado en nuestra calle, un vecino que pasaba frente al caserón por la noche
escuchó una voz queda que no gritaba sino susurraba, ‘¡Socorro! ¡Socorro, socorro!’, un murmullo apenas,
apagado sabe Dios por qué temores. Lo hallaron pronto y lo sacaron de ese pozo en un  dos por tres…
Pero pocos entendieron que nunca acabó de salir del todo del pozo en que lo abandoné yo. No hay perdón
para esa maldad y no puedo argumentar disculpa válida alguna; fui un adolescente mimado y caprichoso y
no pude resistir la llamada de la aventura, del mar y del mundo ancho y ajeno. No pude postergar el
comienzo de mi propia vida.
Hizo lo único que podía hacer: apostar sus esperanzas a la hora en que yo retornaría; vivió con esa imagen
hasta que se le hizo humo: no retorné antes de que ese niño se hiciera hombre. Tuvo años para paladear
esa amargura.
Después de que se apagara el sol para nosotros cada uno fue tomando su propia ruta a mayor o menor
prisa, menos el último. Acompañó a su madre aunque entendió que era condenarse a un hambre muy
molesta. ¿Por qué no imitó nuestro escape? No lo sé. No lo entiendo.
+
Dice:
Esto es, si lo entiendo: la diferencia la hizo la abuela endiablada. Fue gracias a su carácter demoníaco que
hoy respiro y escribo; sin su recuerdo no hubiera podido yo encontrar los recursos para enfrentar
competidores y enemigos, eludir amenazas y perpetrar hazañas. Si olvidara su consejo, ‘¡Malditos! ¡Sácales
la mierda! ¡Contigo  no podrán!’, no hubiera cruzado mi primer desierto a pie (‘Exagera, Don Arturo. Seguro
que fue en auto…’) ni vencido mis demás desiertos. Sin su odio heredado, ¿de dónde, pues, llegar a ser
uno de quince entre los mejores del mundo? ¿De dónde…? Me dejo llevar por mi tema preferido.
Lo entiendo, digo: heredero de la paciencia materna, de esa humildad  y esa disposición bondadosa, de la
idea de que ser pobre es el peor de los crímenes, del prejuicio de creer que todo rostro estricto expresa
fortaleza de carácter y honradez indiscutida… De creerse, en fin y por pobre, deleznable, hasta para pedir
socorro se acordó de que no hay que molestar a los demás y lo pidió con un susurro.
Tal el impacto del día en que se nos apagó el sol.  
+
Dice:
… y fue que en sus senderos de niño huérfano y abandonado encontró una niña fea de piel negra pero
buena que de pronto le cogió la mano y se puso a caminar a su lado. Dejó de seguirlo a poco y decidió
guiarlo. Lo condujo hasta la cocina de su propia familia, donde el estómago del estudiante halló alivio y su
alma un calor de hogar casi desconocido para él, y la normalidad cotidiana de un techo que evitara el
diluvio violento de la Revolución…
… y fue presentado a la hermana y al hermano y a la madre y al padre de la niña fea y negra pero buena y
fue medido, pesado, evaluado y  juzgado por el ojo crítico de la madre, cuya mirada traicionaba ya sus
brujerías, y fue hallado aceptable.
… y cambió de techo, pues, con sencillez y tino, para dormir en la casa triste de noche y pasar sus horas
libres entre las risas de la casa normal.
… y parpadeó y vio en el espejo ante el que se afeitaba al adolescente que estaba listo para hacerse
profesional. Para entonces se tuteaba con todos y había siempre una silla para él en esa mesa. Lo
conversó con la niña fea que vivía sus mismas circunstancias y ambos decidieron que sí, que podrían,
juntos, emprender los seis o cuatro años que demandarían sus carreras.
+
Dice:
Aprendió, apuesto que así fue, la enormidad de su deuda durante la primera conversación seria con la
bruja vieja y negra y con su esposo, un caballero bueno, simpático y listo que disimulaba muy bien la
tragedia de verse envuelto y desenvuelto durante décadas por las mujeres de su hogar.
Entendió que había sido designado como marido de su niña protectora, como solución del problema más
difícil que les causara insomnio desde que la trajeran al mundo. Supo que su vocación no era la pintura,
como soñara siempre: ‘Los artistas mueren de hambre, ¿sabes tú? No puedes darte ese lujo, pobre como
eres… Nada de tutías’.
Entendió por fin que existen muchas maneras de pelar gatos y comprar maridos. Vio con cuanta facilidad
miraban todos estas circunstancias, como la veían normal y corriente. Vio las puertas cerradas, menos la
que le abrían. Manso y sin recuerdos de abuelas poseídas, aceptó sus naipes y selló su suerte.
+
Dice:
No recuerdo cómo fue, pero asistí al sacrificio de la oveja. Fue un bonito día de sol y parecían una pareja
feliz. El cura ejecutó la cosa en un tris. Como hiciera desde mi retorno, me trataba de lejitos nomás. Como
siempre, andaba yo obsesionado por mis ambiciones. Para entonces sabía poco, tal vez nada, de lo que él
portaba en su inconsciente. Pero, como otros que le rodeaban, admiraba sus capacidades de mago y
adivino. Había cambiado de ojos: eran ya oscuros y penetrantes como los del Papa Juan Pablo el Diabólico;
hablaba en tonos bajos y agradables. Sus amigos de verdad lo seguían sin vacilar. Les leía pasado,
presente, futuro y sus intenciones como si fueran libros abiertos. Ambos practicaban su profesión y nadie
dudaba de que serían brillantes. Me mostró una de sus pinturas y dijo, ‘Es lo que quería ser’, antes de mirar
acá, acullá y más allá, no fuera nadie a escucharle. La guardaba en un desván.
+
Dice:
Viví durante décadas convencido de que él era el mejor y expresé mi orgullo sobre sus labores en todos los
idiomas. Hablaba yo de las dificultades que él tuvo que vencer. Trataba de convencerme de que el impacto
de mi  canallada se había disuelto entre la lluvia de días.
A su modo, también él arriesgó el cuello y enfrentó a los militares y sus brutalidades porque halló entre los
amigos de mi padre uno que le sirvió de ejemplo por su coraje. Con ese anduvo y ambos vencieron esa
batalla callada.
Miraba yo mi futuro entonces como el de un burgués vulgar y silvestre, mediocre a carta cabal. Había
cumplido mi predicción de que sería un ‘escritor menor para lectores menores’, lo que me lastimaba el ego.
El atraso de mi país alimentaba mis frustraciones hasta hacerlas insoportables: bebí hasta repeler amigos y
conocidos. Me metí en trifulcas. Lastimé el alma de mi esposa con crueldad que hoy me atormenta; cuando
parecía que imitaría a tanto escritor frustrado, borracho y muerto por nuestros horizontes tan estrechos, los
militares lanzaron otro zarpazo y me forzaron a huir: esa fuga me salvó vida y oficio.
+
Dice:
Existe entre los caballeros algo educados de varias generaciones la debilidad de buscar la explicación de la
desgraciada historia de los bolivianos entre libros dedicados a las artes ocultas, magias de todos los
colores, mamotretos promovidos por anuncios que les dicen prohibidos, ideas esotéricas, religiones
abracadabrantes,  cucos y diablos encornados, fórmulas para llamar a cualquier habitante del gehena en
todo momento y lugar; tal vez su privilegiada posición social les invita a tales prácticas. También mi padre,
estudioso siempre, pisó ese palito. Perteneció a alguna hermandad tan secreta que hasta yo la conocí a los
seis años y practicó con disciplina y severidad ejercicios que luego, pienso yo, contribuyeron a la explosión
de su corazón debilitado. Al meter la nariz en ese universo de puro curioso, decidí que, siendo tal difícil ser
un hombre, era casi imposible para mí ser un semidiós. Usé sin embargo esos libros para hablar macanas
con mis amigos hasta que mi progenitor me paró en seco con una mirada severa: ‘O haces las cosas en
serio o dejas de decir disparates’, con lo que dejé tales secretos a mentes más frescas.
Abandonado en ese estudio que fuera biblioteca, escritorio, laboratorio, cuarto oscuro y rincón de
mecánico, el benjamín descubrió los libros aquellos y se dedicó a devorarlos, supongo yo, sin ningún
consejo, advertencia ni guía. El resultado fue ese mago adolescente que había aprendido variadas técnicas
para dejar a más de uno con la boca abierta.
+
Dice:
Para muestra, un botón: Cuando de él se  burlaban dos amigotes afirmando que tales habilidades no eran
más que propaganda barata, hizo como en los cuentos y les previno tres veces que se dejaran de jorobar;
cuando insistieron, les cantó hasta el más secreto de sus ardides: ‘Ustedes piensan irse mañana de este
país con el dinero que tú (dedo acusador) has robado a tu padre y los papeles que tú (dedo acusador) haz
falsificado sin mucho arte. Fracasarán.’
Ambos salieron de allí con la cola entre las piernas, decididos a confesar esas tretas. Si me contaron ese
incidente cinco veces, es poco.      
+
Dice:
Para cuando lo volví a ver años después, había abandonado tales prácticas. Se negaba a comentarlas.
Ensordecía ante cualquier pregunta dirigida a este tema.
Pregunté entre los conocidos de siempre por las circunstancias de tal decisión y me di contra el mismo
silencio. Nadie sabía cómo ni por qué, pero el mago había dejado de serlo.
Como otros de los episodios que ha enterrado en su memoria, este tiene una explicación asociada con sus
lecturas esotéricas y con el personaje que espía desde ellas. Flotan los rumores sobre la beca que ganó en
Venezuela para continuar sus estudios. Amigos de infancia (cuándo no) los resumieron para mí con la
intención de lastimarme afirmando que este benjamín había perdido la cordura y que traicionaba esa
debilidad en público y en privado. ‘Está enfermo’, me dijeron, ‘y se nota’.
+
Dice:
Hurgué con cierta urgencia apelando a mis habilidades de periodista y fue cosiendo las partes hasta dar
con esta versión: fue a Caracas con una beca y alquiló un departamento. Una noche de esas en que
retornaba a su domicilio se vio obligado a cruzar un túnel y allí fue donde  se topó con el Señor de las
Moscas.
Dos días después estaba de regreso en su casa. Adiós beca y adiós todo. Allí comenzó esa etapa extraña
en que estuvo enfermo.
+
Dice:
Recordando mis visitas, que no fueron más de cinco durante treinta años, recuerdo, no menos turbado que
entonces, que nunca me habló en realidad, ni pasó de algún monosílabo forzado. Alojado en el centro de la
ciudad, bajé alguna vez hasta su casa en Calacoto, invitado por él. Ya sentados cara a cara, encendía la
televisión y se dedicaba en forzado silencio a espiarla con curiosidad de chicuelo. Sorprendido a un
principio, finalmente le pregunté cuál era la razón de semejante conducta. Fue la única vez que estalló,
aunque ni así pude entender sus razones.
Fue su sirvienta, Claudia, la que traicionó con sus gestos de disgusto los verdaderos sentimientos de sus
patrones. Les escuchó comentar mi visita, sin duda, y su opinión sobre tales visitas. Para confirmar mis
sospechas me dediqué a espiarlos por el rabillo del ojo mientras espiaban la televisión. Para entonces sus
relaciones habían variado un tanto. La esposa dominaba al esposo con la vista y expresaba todo lo que
necesitaba expresar por ese medio. Nervioso, el esposo buscaba lo que ella pudiera necesitar para
anticiparse a sus deseos. Patrona y sirviente, pensé. Ni uno ni otro me dedicó una sola mirada. Mirándolos
así, silencioso ante el huésped indeseado pero incapaces de enviarlo a paseo, entendí muchos de sus
gestos y actitudes durante las décadas anteriores.
Entendí, sobre todo, la campaña de rumores y falsedades que habían sembrado entre escritores y gentes
afines; sabía que ella no podía soportar mi prosa ni aceptaba la calidad de mis libros si es que tienen
alguna, pero entendí el por qué jamás abriera la boca al respecto ni escribiera línea alguna: disponía de
una patrulla de estudiantes de Literatura que se ocuparon en difundir las opiniones que ella les sugería
para ganarse su buena voluntad.
Entendí, por ejemplo, por qué Gente Común, una editorial local, jamás dedicó dos palabras a comentar mis
diversas propuestas. Entendí por qué Adolfo Cárdenas, el autor, se quedó sin darme la mano cuando mi
hermano se negó a presentarnos durante una feria del libro: ‘No vale la pena’, le dijo. Y acepté por fin su
odio, que tan bien habían sabido disimular tras sus silencios, porque fui tonto y pensé que se había
disipado con los años.
+
Dice:
Hace dos años que confirmé mis sospechas sobre Gente Común. Lo confirmé cuando este autor lanzó una
segunda novela que hizo en 2012como una mariposa y apareció y desapareció en un suspiro.
La novela se presenta asi:
“El día que sembramos el mal
por Vacano Alvorta, Pedro von.
Editor: La Paz Gente Común 2012
Resumen: Este es un libro sobre la destrucción y la compasión –sobre la autodestrucción y la
autocompasión, en realidad-. Sobre los límites a los que puede llegar el hombre, el ser humano, para
castigar y para castigarse, para intentar deslindar toda responsabilidad sobre sus propios actos y
"descubrir" que en realidad la culpa la tienen los otros, siempre los otros. Marcado por determinados
sucesos históricos, a Hernán - el personaje- le es imposible asimilar un hecho crucial que sucede sin que él
tenga responsabilidad alguna, el solo hecho de enterarse cambiará su vida y por tanto la vida de quienes lo
rodean.
Mirar atrás en busca del día que alguien sembró el mal en la premisa del personaje una búsqueda
infructuosa, por cierto. Siguiendo el ciclo de los hechos históricos del país, desde la revolución de abril de
1952 hasta el retorno de las democracia 30 años después, Pedro von Vacano abre una senda paralela en
que los grandes acontecimientos se funden con la vida de las personas, otorgándonos la mirada de quien
sufre los cambios desde adentro, de quien de una u otra manera es no solo testigo sino partícipe de esos
momentos. La historia rescata los hechos, la ficción de von Vacano las consecuencias (Ariel Mustafá
Rivera)”
Mustafá Rivera es dueño de Gente Común, hoy 3600. Mi prejuicio me hace ver esta presentación como
tibia, incapaz de hallar palabras que pudieran entusiasmar a cualquier lector. ¿Por qué iba a lanzar un libro
en el que evidentemente no cree? ¿Por qué lanzarlo para retirarlo a poco? Nadie puede hallarlo hoy en
librerías ni en Amazon ni en parte alguna.
Gente Común publicó varios tomos durante años en asociación con Literatura de la UMSA. Una
coincidencia extraña hace que la personalidad dominante en Literatura de la UMSA fuera entonces Raquel
Montenegro, esposa de nuestro autor. Tal coincidencia explicaría la decisión de publicar  “El día que
sembramos el mal”. Favor con favor se paga. También, tal vez, la decisión de Gente Común de cambiar de
cara cuando Montenegro ya no tiene tanta influencia en Literatura de la UMSA: hoyes 3600.
Pero es sorprendente la facilidad con que su autor logró la publicación de un segundo libro fantasma. Me
recuerda a los arreglos entre compadres que se cometen tradicionalmente en nuestro ambiente.     
+
Dice:
Ni de cerca ni de lejos hubiera podido defenderme de los ataques que anoto en estas páginas. Tal vez, si
hubieran sido lanzados con palabras, por escrito, por alguno entre los tres algo hubiera podido hacer yo.
“Quien calla, consiente”, dijo el quinto al tercero cuando les lancé mis acusaciones, pero ambos
concertaron un silencio culpable que saben impune. Publiqué tres avisos como el que aparece en la
cubierta de este cuaderno creyendo en la fuerza de la opinión pública; tales avisos me demostraron que
soy un ingenuo de 76 años: nada, ni la muerte repetida de Cristo, movería a esta sociedad ni la sacaría de
su noia. Hay gentes que viven quinquenios en las  cárceles públicas siendo inocentes y a nadie conmueve
su suerte. ¿Tendría mejor destino esta venganza incruenta hecha de palabras? Claro que no. Quedará
abandonada entre las telarañas de alguna biblioteca anónima. La hice en la idea peregrina de que alguna
vez se dará un verdadero cambio entre nosotros, mi Gran Familia. Nunca pierdo esa esperanza.
SIGUE