LA PRIMERA

No es más que una palabra. Cuando muera yo, ni eso será. Viviana.
Su nombre me trae los días en que, muy niño, escuché historias recortadas sobre los días
primeros del matrimonio que ella debió bendecir al nacer. Por razones que se llevaron ambos
a la tumba, apenas tengo frases sobre su presencia, las que arranqué al uno y al otro y a la
vieja endiablada con mi curiosidad irreprimible.
Resulta pues que nació no sin dificultades para causar alegrías, sustos, suspiros y
recriminaciones entre los padres novatos antes de orinar quedito y ahogarse en esas aguas.
No tendría ni seis meses.
Una costumbre tonta en nuestro ambiente es la de buscarle culpables a cualquier desgracia.
Como a menudo sucede, la más débil resultó la más culpable, pero los tres cargaron con esa
culpa porque los tres ambulaban alrededor de la guagua acechando sus vagidos.  Cuando
dejó de respirar llamaron al Dr. Beck, protector y compinche, y él dictaminó sin mucha
ceremonia el horror: se hizo pis y, como nadie pareció notarlo porque nadie deambulaba ese
momento por allí, se asfixió. Beck firmó una tarjeta y salió por donde vino.
Entre las tareas encomendadas a Viviana por las esperanzas de sus padres podrían citarse la
de curar o por lo menos reducir los recuerdos del Chaco en el padre, ayudar a manipular y
dar leche al bebé y a la hora requerida, a la madre. La abuela, celosa y odiosa, no aceptó
deber alguno hacia la niña diminuta y rubia.
Su responsabilidad más pesada, que no pudo cumplir, fue encarnar los días futuros de
bonanzas y alegrías que esperaban tras las penas de la guerra. Le atribuyeron influencias de
símbolo. Orinó sobre estas expectativas y las destrozó. Su muerte proyectó una sombra larga,
larga sobre las visiones que todos tuvieron sobre las décadas siguientes: ¿podré decir que
un pesimismo leve como el olor del vinagre perfumó nuestras vivencias desde que se fuera?
La más importante para mí, claro, fue mi advenimiento: otros nacen; yo advine, gracias a
Viviana. Advine doce meses después de su partida. Llegué diminuto y orureño: menudo.
Raro: apenas tuve cabello éste adoptó el triángulo sobre la frente que distingue a Satanás, mi
padrino. Endiosado: durante meses, cada gemido, cada eructo y cada excremento era
esperado, analizado, estudiado y  por fin desechado porque, a Dios gracias, seguía yo
viviendo. Envuelto hasta el absurdo en tremendos pañales y pegado a una mamadera
monumental, sobreviví a sus angustias y cuidados pero desarrollé una hipocondría grave
derivada de esos temores exagerados: hoy muero cada día de cáncer, angina pectoris y gripe
hasta que me curan esos síntomas de un carajazo.
Allí está ahora, espiándome pícara desde una esquina superior de la pieza en que vivo: lanza
una carcajada burlona que sólo yo puedo escuchar.
SIGUE