Antes de abrir todas las maletas quise llamar una noche reciente a mi viejo amigo Adolfo
Cáceres Romero, quien sabe todo lo que sucede en el mundillo de las letras bolivianas, para
escuchar en una parrafada quién está escribiendo qué y cómo.
Se entenderá mi interés si informo al lector de que la última vez que hice la misma pregunta al
amable Adolfo fue dos días antes del golpe de Garcia Meza que me forzó a vivir desde entonces
en el exterior.
-        Taboada, dijo Adolfo.
Y es, nomás, el Taboada Terán admirado desde "Indios en Rebelión" quien parece estar
gozando de sus merecidos quince minutos de gloria y fama, tal como profetizara al mundo Andy
Warhol en día ya lejano. No sólo da a luz dos obras importantes en un solo suspiro, sino que
publica en el exterior, ha sido traducido a varios idiomas y es difícil eludirlo estos días, sonriente
(o casi) en los suplementos literarios nacionales.
Digo que es difícil eludirlo porque el primer suplemento que me impactó con su firma fue Linterna
Diurna de Presencia del 27 de Septiembre pasado, donde Taboada supone que Fujimori y
Abimael Guzmán hicieron un pacto de caballeros por el cual Guzmán perderá el pellejo de
manera oscura y Fujimori alcanzará la depurada gloria eterna de los heroicos dioses nipones de
la guerra.
¿Deberé confesar que esa nota, lejos de confirmar la satisfacción que me produjo el comentario
de Cáceres, me dio una ligera acidez estomacal?
No es para menos: "...lleva en sus venas sangre de los guerreros samurái del Imperio del Sol
Naciente", dice Taboada sobre Fujimori, el Chino que es más peruano que la marinera, y añade,
recargando las tintas: "Con ínfulas de un Serenísimo Emperador de la institución del shogunado
de los Tokugawas..." etc. etc., para hacerle si no hermano, primo del bueno de Arihito. La
verdad es que Fujimori es un nisei que halla más razones de orgullo en los Incas que en los
Toku-no sé qué y que le molestaría bastante si se viera confundido con uno de los personajes
tan bien creados por Toshiro Mifune.
¿Quién es, después de todo, este señor que se atreve a cambiarle la estirpe a cualquiera, sólo
porque sabe usar bien las comas?
Bueno, me dije, concluyendo un desayuno continental, debe ser el aire del valle. Ya lo dijo mi
suegra: es traicionero y causa fiebre. Al fin y al cabo, ¿quién no ha pisado alguna vez ese palito?
Repuesto ya del cambio de alturas, me topé días después en una salteñería céntrica con otro
artificio en que, florido y colorido, Taboada Terán reduce al hombre real que fue el pintor
boliviano Benjamín Mendoza - cuyos quince minutos de fama se debieron a un frustrado
Papacidio  - en un Pintor Errante que ni su madre hubiera reconocido, violando así el derecho
sagrado que tenemos todos de que se respete nuestra propia vida aunque elijamos perder la
chaveta.
Esta segunda invasión de la realidad lanzada bajo la protección de que goza el hombre de letras
que porque tiene acceso a los medios de comunicación noveliza y falsifica esa realidad sin el
menor respeto por el objeto humano de sus textos de prensa no sólo me produjo acidez
estomacal; me hizo defecar bilis.
Porque no solo noveliza el periodista Taboada ese pasado que no es suyo - es de Mendoza,
quien, desde donde está ahora mismo bien podría protestar este grito que hago mío: "¡Vaya a
escribir sobre su abuela, Taboada! ¡No se meta con mi Pasión!", antes de hundir su "kriss
malayo, daga de Sukarno de Indonesia" en el pecho de nuestro comentado en seco golpe tal
vez justiciero.
También falsifica Taboada uno de nuestros días más negros cuando anota que: "...por
determinación de los dioses tutelares se ahorca a los mandatarios crueles colgándoles de los
faroles de la plaza principal..." como dice en Los Tiempos del 8 de Octubre, cuando yo conozco
bien al Sr. Walter Villagómez, residente de la Paz y miembro del directorio de Toyosa, quien fue
testigo de primera mano cuando los dioses tutelares dormían y una partida de bellacos con plata
azuzó estudiantes que azuzaron asesinos para cometer ese crimen.
SIGUE