Su Opinión
Arturo
Otra Victoria Pírrica
Sus Libros
Bolivia se midió cara a cara con su desgraciada historia una vez más, y una vez más
fracasó. Fue el mismo fracaso que mató a su Revolución Nacional, el mismo que viene
repitiendo desde que un pistoletazo destrozara el sable vencedor de Ayacucho.
Es un fracaso que algunos bolivianos festejan cada vez que se da esta tragedia.
Consiste en conservar contra viento y marea el invencible muro que separa a los
bolivianos “pobres” de los bolivianos “ricos”.  En afirmar que Bolivia no puede (lo peor:
no quiere) ser patria de todos sus hijos. En gritar que Bolivia rechaza a sus “pobres”,
que son los más, para servir a sus “ricos” que son los menos, y al mundo exterior.  
Que Bolivia sólo tiene cabida para los “afortunados”  que han aprendido a leer, usan
corbata y son parte del “mundo occidental”.
Para el Presidente, esta victoria pírrica – un acuerdo entre los que se reparten las
migajas del “festín”  y deja “fuera”  a los que ni alcanzan a mirar esas migajas – es una
tragedia personal: este hombre decente pagará esa victoria con una orden que, lo
había prometido, jamás habría de adoptar, la de cancelar el precio en vidas humanas
que exigen el orden, la paz y el progreso. Habla de “mano justa” en un país cuya
justicia es vergüenza de la humanidad toda, y lanza ya a las jaurías del orden, la paz y
el progreso contra los “pobres” de Santa Cruz, justamente ese paraíso del trabajador
que aspira a la autonomía porque vive en jauja y quiere que sus políticos locales
roben lo que ahora roban desde La Paz.  
Para los bolivianos decentes – el Presidente no es el único – la decisión presidencial
de unirse a sus antecesores en la tradición de lograr violentas victorias contra su
propio pueblo desarmado – si no es hoy, será mañana – es un feroz fracaso personal:
el Presidente ha logrado otro cuarto de hora en ese macabro palacio quemado a
cambio de nuevos días de sangre y violencia en que todo cambiará para que nada
cambie.  
Tratándose de este Presidente, la tragedia alcanza ribetes griegos: era el único, en
sabe Dios cuántas décadas, que había logrado el respeto y el aprecio de sus
gobernados…. El único que enseñó a los bolivianos el orgullo de tener un hombre
educado y (no hay palabra mejor que decente) en lugar de la galería de asesinos,
ladrones y monstruos que le antecedieron. Pero, ya lo sabemos: Bolivia es
ingobernable; hay que matar para gobernar.
Bolivia no puede, simplemente, tratar a todos sus hijos como si fueran seres humanos.
Si lo hiciera, sus amigos del mundo todo se enojarían y no habría ayuda exterior.
Estaríamos, como decimos siempre, recontrajodidos, más de lo que ya estamos.
Lo cual, claro, no es cierto. Es parte de la verdad que el Presidente se guardó cuando
se refirió a ese difícil tema: no podía decir que la ayuda exterior es el soborno que
pagan los países ricos a la clase política del país para que esta “elite” entregue las
riquezas de la patria y mate lentamente de hambre a sus habitantes.
No podía recordar que los bolivianos no viven de la ayuda exterior. Viven de su propio
sacrificio, de su habilidad de alimentarse de aire y de la plata que les envían sus
parientes desde lejanos lares. No podía confesar que se sentó en el mismo sillón
desde el que su antecesor se llevó doscientos millones sin matar más que a mil
bolivianos, y eso. No podía decir que, en llegada la hora de la verdad, él también se
ve forzado a cruzar el Rubicón y ordenar el orden, la paz y el progreso a sangre y
fuego. Es decir, que es, ha sido y siempre será otro burgués preocupado por
conservar sus “riquezas”.
(Mayo 05)
No podía decir que Bolivia es tan pobre que hasta sus “ricos” son pobres. Esos ricos
que son millonarios en Aranjuez y otros ghettos similares y viven sus riqueza de
segunda percudiéndose dentro de su propia pequeñez y su vida de segunda.
Si, porque los burgueses que marchan alborotados por esas calles grises de basura y
miserias humanas están festejando su derecho de tener su televisión de segunda, su
autito de segunda, su ropita de segunda y hasta su fútbol de segunda, así mueran de
hambre sus compatriotas. Habrá algunos que han robado toda su vida para tener su
yatecito de segunda en el Lago, su querida de segunda en un departamentito coqueto
de segunda y su estupidez de segunda toda su vida…. Pero, ¿vale esa vida idiota,
esa deleznable “calidad de vida”  que lacera a todos los bolivianos desde hace
décadas, el triunfo de este grupículo de burgueses atontados?
Si, dice el acuerdo alcanzado por estos días, vale. Para vivir esta vida semi-humana
que vivimos todos menos los más sublimes ladrones de nuestro medio, vale la pena
sacrificar a esos indios y cholos jodidos que sólo saben trancar las calles, gritar
porquerías y morir como perros. Para andar dándonos de codazos y puntapiés en
esos callejones sombríos., para comer nuestras dietas de hambre y sufrir nuestros
días de penurias…Para “actualizarnos” como criminales, violadores y asaltantes,
profesiones que antes no se veían en nuestros valles, vale. Para ser los mismos
tristes seres humanos que venimos siendo desde que Jesús era cadete, vale.  
Esta es la mentalidad que conduce a ese gran fracaso. Es un fracaso que se expresa
de modo muy simple: uno de cada cuatro niños bolivianos sufre de hambre en este
mismo instante. Por ello, todos los bolivianos merecen la suerte que les depare el
destino, por brutal que fuera, y nadie es ya inocente.
Porque la idea era, cuando el sable aquel brilló en Ayacucho, la de hacer hombres
libres e iguales, malhaya el color de su piel y el de sus ideas, hombres y mujeres que
tuvieran todos los mismos derechos y obligaciones bajo la protección de ese sable.
La idea era que ningún boliviano se habría de negar a ningún diálogo que condujera a
la creación de esa utopía. Era la de que ningún boliviano podría comer satisfecho un
solo bocado si viera que miles, sino millones, no tienen qué llevarse a la boca, y
menos si esos hambrientos son niños. Pero, he aquí, uno de cada cuatro niños
bolivianos tiene hambre hoy, ahora mismo. Ese es un fracaso horrendo que nos hace
a todos culpables, asesinos a todos.
¿Qué celebran esos tontos en las calles? ¿Qué “defienden”? ¿Su derecho de vivir,
como dicen, de la limosna extranjera?  ¿La suerte negra a que condenan a las
generaciones venideras? Porque, no nos engañemos. Se necesita ser muy, muy poca
cosa para defender la vida que hemos hecho y estamos haciendo para nuestros hijos.
Para desear su continuación eterna, para sentirse consolados de modo monstruoso
por la conciencia de saber que hay otros entre nosotros que, otra vez en nuestra
jerga, están más jodidos que nosotros mismos…
La guerra de los bolivianos contra los bolivianos continúa. Comenzó con el odioso
Olañeta, siguió con Banzer y tantos otros tiranos y viene a continuar si, con este
Presidente decente que, burgués de pura cepa, decide prolongar el hambre de sus
compatriotas, el enrtreguismo de sus colegas “políticos” y el asesinato violento o
silente de los más pobres entre nosotros, la sufrida mayoría, porque ya no son indios
y cholos brutos y ya no se dejan cojudear.
Una “paz” sembrada sobre semejante “justicia” sólo puede parecer posible a los
enanos mentales o a quienes asesinaron ya su propia conciencia.   
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