Uno de los temas que se repite demasiado a menudo entre los mensajes que recibo de
amigos y “enemigos”, conocidos y desconocidos, es el de la experiencia diaria de la
guerra civil muda que se viene librando en calles y plazas del país desde hace ya buen
tiempo.
Esta experiencia, que más y más bolivianos conocen ya en carne propia, es el
hostigamiento de persona a persona y el simple deseo de joder que sufren muchos
bolivianos porque otros bolivianos alivian sus frustraciones en la calle “atacando” y
atacando a miembros de razas ajenas y de todo sexo y color de piel.
Estos ataques se hacen de zancadillas, codazos, insultos y golpes aplicados con o sin
disimulo en cualquier parte y cualquier circunstancia. Los sufren todos, hombres,
mujeres, niños y ancianos. Los sufren en los mercados y en las iglesias. A medida que
los políticos fracasan en entenderse como entes civilizados, esas tensiones se reflejan a
cada minuto en todo lugar.
Lo peor de tal situación es que agrava los prejuicios de mestizos e indios en contra del
grupo “enemigo” y hace cada día más difícil una conciliación entre sus representantes.
Cada quien, lo quiera o no, es representante de cierto grupo étnico, su “clase” social y la
trayectoria histórica de esa “clase”. Sólo los millonarios que pueden enviar a su chofer y
tres guardaespaldas al mercado se libran de tales experiencias, desagradables en
extremo.
El origen básico de estos disgustos es el desconocimiento mutuo, que da lugar a los
prejuicios que alimenta cada quien. Su antídoto, claro, es un mejor conocimiento mutuo,
un esfuerzo por buscar ocasiones para dialogar entre “enemigos”.
No voy a decir que tal esfuerzo es fácil ni mucho menos. Todos tendemos a crearnos
una atmósfera hecha de amigos, conocidos y parientes. Nos gusta la gente que tiene
nuestros prejuicios y que tales prejuicios sean idénticos, si se da el caso. Esta tendencia
a aceptar sólo a los “iguales” a uno mismo y el descubrimiento de que los hechos
pueden forzarnos no sólo a aceptar a los “otros” sino a respetarlos puede ser la chispa
de la guerra civil violenta, ya no muda o latente como la boliviana de hoy.
Kosovo es el ejemplo de esas guerras étnicas mencionado más a menudo. Zimbawe está
de moda después de un libro, “Cuando el Cocodrilo se come el Sol”, que relata las
tristes experiencias de los granjeros blancos que lucharon contra los Mau Mau y las de
sus hijos y nietos. Turquía y los kurdos sería tal vez el más feroz. Esos ejemplos nos
empujan a evitar con desaforados esfuerzos algo parecido entre nosotros. La fórmula:
esforzarse seriamente por  tender puentes entre los “enemigos”.
La próxima vez que alguien le haga una zancadilla disimulada o no, haga un esfuerzo
enorme y ofrezca al agresor, no la otra mejilla, sino una sonrisa y la mano abierta: “¿Qué
tal si mejor charlamos?”
Algo parecido hice yo la última vez que alguien me hizo una zancadilla. Si bien no pude
ver siquiera al agresor, su ataque me llevó a hacerme amigo de un taxista que vive en la
Ceja de El Alto y mi amigo nuevo me llevó a su ciudad, hizo de guía y, diría yo, de
protector un par de veces, y me dio un día muy interesante allá arriba. Allí fue donde
aprendí que nos llaman “culitos blancos” a los que lo tenemos de ese tono. Conocí a su
señora, que cocina como una reina, a su hija, que es especialista en mercadeo, y a su
hijo, que andaba todavía de adolescente, arriesgando una paternidad prematura. Hoy
cambiamos postales dos veces al año, en Navidad y cada 6 de Agosto.
Lo que quiero decir es que es muy difícil patear o matar a una persona cuando se
conoce su apellido y se reconoce su cara. Es lo que le pasó al Mosca Monroy, conocido
del suscrito y de ese tigre de la prensa que es Ted Córdova, cuando el Mosca gritó,
“¿Ves lo que te pasa por meterte en estas cosas, hermanito?”, después de ametrallar y
herir al buen Ted. Pero, continuemos.
Desde aquella sonrisa forzada es necesario transitar hasta tomarse un café en la
esquina con ese “enemigo” y hablar de fútbol. No hay enemigo que dure si ambos
pueden hablar de fútbol. Y durante esos quince minutos es necesario anotar el teléfono
de ese señor que será ya un “ex-enemigo”. La operación concluye cuando ambos  
compatriotas deciden juntar a ambas familias en la casa de uno para reunirse después
en la del otro.
Yo daría algunos ejemplos de mi experiencia, pero no lo creo necesario porque se que
mi lector, si es a medias despierto, sabe de la urgencia con que hay que abordar esta
empresa difícil pero no imposible. Si lo sabe, le sugiero que comience a practicarla ya, ya
porque el tiempo se nos acaba y eso lo sentimos todos.
Por otro lado, y si usted es k’ara como yo, siéntese en la cocina, prepare otro café y,
mirándose al espejo, haga lo posible por enfrentar esta pregunta con toda honradez:
“¿Es posible que  los indios acaben con los k’aras y no dejen uno solo de muestra?”
Piense ahora en los millones de k’aras que se dan en este continente: ¿Cree usted
seriamente que nuestros queridos vecinos permitirían un despelote semejante sin enviar
para frenarlo a la ONU, a la NATO y a los Marines que ocupan el Paraguay?
Bolivia no es Sudán ni SRZ es Darfur. Evo no es Cochise ni Toro Sentado. Si bien
gobierna con “su” 60%, Bolivia no puede vivir sin ese “otro” 40%.
Sólo la torpeza de los k’aras y los intereses creados de unos cuantos ricachones permite
este estado de cosas. Después de 500 años de discriminación, es casi natural un año y
medio de despelote, ¿no es verdad?
Lo que nos sorprendió en CBB y en enero fue la barbarie de los “educados”, de las
“elites”, de los culitos blancos, vamos. Pero día que pasa aprendemos que las cosas han
cambiado. Ya nadie grita en el Prado “¡Indio e’mierda!”, ¿o si? Si aún gritan así, ¿no
merecen una ardiente guerra civil?
Lo mismo, pero al revés, hay que decirles a los culitos de bronce. No es que no lo
sepan, pero es posible que lo hayan olvidado por un momento, aunque parece difícil.
¿Qué sucedería si mañana cuelgan a Evo de un farol y aparece otro general “salvador
de la patria”? Sucedería que pasado mañana estarían cazando indios como si fueran
pieles rojas con la idea de no dejar vivo ni uno solo. Por eso cito yo al General Sherman
en mis notas. Porque ese Sherman hizo eso mismo con los pieles rojas. Los acabó
sistemáticamente. Hay otros ejemplos, claro, pero, ¿para qué dar más martillazos?
Desde Almagro hasta la fecha, y porque las cifras cantan (60-40), estamos condenados,
culitos de todo color, a vivir juntos. Hemos vivido 180 años separados cometiendo
enormes crímenes sociales contra nuestras mayorías, pero el día ha llegado en que
debemos cambiar esa situación.
Con suerte, la cambiaremos con un mínimo de violencia. Si seguimos tozudos como
mulas, abusaremos de la violencia, aunque recordando que en ese caso no habrá
vencedores, a no ser  los extranjeros. Y cuando los extranjeros venzan, Dios tenga
piedad de todos nosotros, k’aras e indios.
Por eso es tan urgente que practique usted su mejor sonrisa ante el espejo y aprenda a
dar la mano a los extraños y los diferentes. En ello puede irle la vida y la de sus hijos.    
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Arturo
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