Fuga hacia la Libertad
Arturo
De Parade, el suplemento dominical de mayor tiraje mundial
El 20 de Agosto de hace año y medio no fue un día como cualquier otro para mí.
Desperté temprano en la embajada. No pude afeitarme bien. Estrené terno y
corbata. No hubo tiempo para el desayuno—un avión me esperaba.
Ya en la puerta, besé las mejillas de la embajadora, Virginia, la dama que me había
ocultado durante veinte días. Luego besé a mi esposa y a mis hijos.
"No puede llevar nada consigo”, dijo alguien.
"Déjeme mis papeles”, dije. “Sólo ‘Morder el Silencio’”.
No estaba nervioso ni mis niños lloraban. Eliana me miraba en silencio. Alejandro
también me miraba, pero era como si tuviera algo contra mí, y Natalia sonreía con
dulzura, como siempre, cuando está con su padre. Sólo mi esposa parecía triste
porque Florencia entendía, y muy bien, lo que nos estaba sucediendo.
Luego llegó el chofer y mi familia desapareció.
Caminé hasta el coche del embajador. Comencé a fumar. No miré hacia atrás.
Hacía sol y me dolieron los ojos. No había visto el sol en tres semanas.
La ciudad lucía casi vacía. No sólo porque era un fin de semana, sino también
porque había soldados – dos en cada esquina, con metralletas – por todo lado.
Esas son mis calles. Las conozco bien. Yo nací en La Paz. La ciudad lucía limpia
aquella mañana, pero varias manchas negras – sobre el pavimento, contra las
paredes – me dijeron de ciudadanos anónimos muertos horas antes.
Virginia me llevó al salón de notables del aeropuerto. Un hombre de sonrisa
agradable le besó la mano. Me miró luego con ojos de pez. “Sígame”, dijo.
Susurré un gracias a Virginia y caminé hasta entrar al avión, grande, pintado y
bello.
Me marchaba porque no pude vivir más tiempo sin mis derechos humanos en el
Reino de la Coca. Desde aquel día, el país ha sido gobernado por los militares y
por algunos industriales y empresarios cuya única intención parece ser la de
hacer fortunas con el tráfico de cocaína. El dinero no tiene ideología. La droga ha
puesto a nuestro país en manos –  entrenadas por militares norteamericanos con
armas estadounidenses – de una banda de contrabandistas de cocaína.
"Tome asiento”, dijo el hombre de la sonrisa grata y los ojos de pez. “No se
preocupe. Nosotros lo haremos todo”. Me senté y miré por la ventanilla. Esperé
en silencio. El avión se movió por fin. Sonreí por primera vez. Iba a lograrlo. No
me habían atrapado ese sábado como me cogieran unos años antes. No me
torturarían. Ni usarían la boca de una metralleta contra mi ombligo para volarme
las entrañas.
Estoy huyendo, sonreí. Salvé el pellejo.
"Su atención, por favor. Hemos sido informados de que hay una bomba a bordo”,
dijo una voz indiferente.
Salimos del avión y retornamos al terminal. Me encontré otra vez entre esos
uniformes verde bosta. Pasé tres horas fumando, midiendo la sala con mis pasos
y mirando a los demás pasajeros cuando abrían sus maletas y abrigos para los
soldados. Cuando no hubo más de tres personas, comencé a orar en silencio.
No tenía pasaporte ni papeles ni equipaje. Los soldados registraban a cada
persona en la puerta, tan rápido como podían. Aquí acabé, me dije. Ahora es
cuando. Voy a morir. Oh, Dios.
Nada tengo que hacer yo con los Reyes de la Coca. Me conocen, pero yo no los
conozco. Les temo porque son allá la ley. Quieren mi cabeza porque mis palabras
comenzaron a sembrar ideas entre mis compatriotas. Por eso me odian. Me
enviaron a la cárcel y al exilio después de decirme que mis palabras serian la
tortura y la muerte de mis hijos. Mantuve mi silencio durante tres años, pero
luego escribí. Otra vez. ¿Para qué? Para ser acosado. Para ocultarme y temblar
por mi familia. Quemaron mis libros, sabe usted. Mis amigos me escriben para
decirme que “nadie puede hallar tus libros ahora. Es como si hubieras muerto ya”.
El hombre de los ojos de pez retornó. “No se preocupe”, sonreía, simpático.
“Prepárese”.
Me llevó entre los soldados, haciéndome pasar por un marido extraviado.
Ocupé el mismo asiento. Esta vez el avión despegó y supe que jamás retornaría.
Sólo tenía cinco dólares que mi esposa había escondido en mi saco nuevo. No
sabía si vería otra vez a mi familia.
No hay derechos humanos en el Reino de la Coca. No hay libertad de prensa.
Existe una campaña continua para destruir las instituciones educacionales. Entre
cinco millones de personas sin medio alguno de defensa, un grupo pequeño y
bien organizado de delincuentes goza de la protección del gobierno militar.
La coca es nuestra materia prima más importante, y mi gente no puede esperar
más que otros 100 años de soledad, miseria, tortura y hambre.
Uno pensaría que yo era tan conocido como Fidel Castro, tan peligroso como el
Che Guevara o tan audaz como Carlos el Chacal por el modo en que busqué asilo
político. Pero soy casi desconocido en mi país. No soy político. Soy un hombre
tranquilo. Amo el silencio de las buenas bibliotecas. Cuando cruzo la calle, miro
tres veces a cada lado y, de ser posible,  tomo la mano de mi esposa antes de
cruzar. Las palabras son mis únicas armas.
¿Por qué tuve que ocultarme en una embajada en La Paz hace año y medio?
A causa de una frase que escribí para un diario hace cinco años. “La verdadera
causa de la crisis es la corrupción a altos niveles de gobierno”. Me costó cinco
días de cárcel, un mes de exilio en Lima y tres años de silencio.
¿Pude haber permanecido en Bolivia después de esos tres años? Por supuesto.
Sólo había un pequeño precio que pagar. No piense, no hable, no escriba. No
espere nada. No pida su libertad  - no la necesita.
Aquí, en los Estados Unidos, soy un trabajador. Mi sueldo me pone entre los
pobres y los muy pobres. Fui alguien para tres amigos en La Paz. No soy nada
para esos millones que miran a través mío como si yo fuera de vidrio. Pero tengo
suerte. Lo logré.
Tengo un empleo en Nueva York. Mi familia espera mi retorno en casa, como lo
hacia en La Paz. Puedo ver las tres caritas sonrientes en la ventana. Tomó casi un
año y la ayuda de cientos de personas, pero están aquí. He vivido un tercio de mi
vida en el exterior. Tengo 43 años ya, y me canso de ser una bola sin manija. A
veces me gustaría tener una cama propia, sabe usted. Algo que mi familia y yo
pudiéramos considerar nuestro, un lugar bajo el sol.
Pero retorno a casa a las seis de la mañana y converso con mi esposa, y nos
hallamos tan desnudos, tan débiles, tan inciertos sobre nuestro futuro, que
terminamos a carcajadas y nuestros hijos vienen a la cama  y nos preguntan:
“¿Qué pasa? ¿Qué?” Los llevamos de vuelta a sus camas.
Pero somos felices aquí. Porque estamos juntos y nadie puede arrestarnos ni
matarme tras forzarme a comer mierda o golpearme hasta que mis genitales
exploten y yo muera como un cerdo o como un sapo.
Por eso reímos, mi esposa y yo,  cuando vuelvo del trabajo a las seis de la
mañana.

(
Parade es el suplemento dominical que publica más de treinta millones de
ejemplares en USA)
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