EL PADRE

Dice:
Así pensaba yo hace cuatro décadas:
Nació en 1912. Nunca estuvo muy seguro del lugar al que pertenecía. Tal vez se murió sin haber
descubierto que no perteneció a parte alguna. O tal vez tenía razón cuando nos dijo que pertenecía a este
lugar. Era, pero, de una especie extraña: era parte de la clase media cuando no existía la clase media.
Fue un caballero en todo, menos en lo más importante: nunca tuvo dinero. Era un hombre educado, pero
su educación incluyó el saber que su educación no le serviría de nada, o casi nada, allí donde vivió.
   Era blanco, lo cual parecía por ese entonces una ventaja. Era mestizo ya, y se traicionaba solamente en
que le gustaba el ají, la jallpahuaica. Su mestizaje era lejano: venía de Salta. Pero venía ya, ya venía.
   Me enseñó: "Nunca te metas en política, porque no es de caballeros". Le repliqué la sexta vez que me lo
dijo y yo ya sabía leer: "Pero si dejas la política en manos de esos, que no son caballeros, dejas el país en
sus manos". No supo qué responderme.
   Su heroísmo no era de plomo. Era de pan: el que nos trajo durante cuatro décadas hasta que le estalló
de angustia el pecho, derrotado y roto.
   Era bueno: creía en Dios. Después, pensaba, cuando las cosas hayan escapado de las manos de los
hombres, estarán en manos de Dios. No era como su esposa, que abusa ya de los extremos: "Ten
paciencia", dice ella, y parece que lo que dice es la piedra filosofal.
   Pero, claro, él se equivocó.
   Yo no sé por qué fue a la guerra. No recuerdo que jamás nos hablara de civismo. Tal vez por las
mismas razones por las que nunca nos habló de sexo: no sabía, tal vez, de dónde agarrar las hojas de ese
rábano, si hablaba entre los niños. Y sin embargo, jugando fútbol con él un día en el jardín, descubrí la
huella de su patriotismo bajo un brazo: una ametralladora paraguaya le dejó un plomo allí, plomo que llevó
consigo hasta que lo enterré. Otros me hablaron algo de eso. Él nunca me dijo nada.
Habiéndolo tomado un poco en broma toda su vida, empecé a tomarlo en serio desde su muerte. Porque
hay cosas que se aprenden antes de aprender que se puede aprender, y esas cosas no cambian ya
nunca.
   Pero yo no soy más que su sombra. Y a veces creo que ni eso soy.
Todos le hemos seguido en el camino de la soledad, pero él la conoció mayor porque nadie hizo por él lo
que él por nosotros: nos dio una niñez feliz. O tal vez así lo creímos y tal vez estamos descubriendo ahora
que ni eso hizo. Pero yo creo que lo hizo. Yo creo que, conmigo, sí.
   Su soledad era inmensa porque, si ni aún en mis días hay gente como él aquí, puedo imaginar cómo
serían sus días, cuando un techo propio era imposible, cuando la piel cobriza no entraba en la
universidad, cuando unos tíos ricos que teníamos nos enviaban sacos de fruta a lomo de indio y el indio
dormía en el zaguán para amanecer a veces entre los perros, cubiertos todos de nieve. La vida, para
nosotros, asoma más suave.
     Yo, la persona, no tengo razones para amar este lugar. No, si razono. Lo amo, sí, pero si me detengo
a pensarlo un poco, no debería amar este lugar.
   Hizo su parte. Pero los demás le fallaron. Así de fácil. Pero estaba convencido de que pertenecía a este
lugar: después de todo, sus amigos podrían decir lo mismo; tenía dos. El avispado se marchó al Brasil y el
tonto murió igual que él: despojado, lastimado, robado, desilusionado y con el corazón sajado de pena.
   Era, claro, ingeniero de minas. ¿Qué otra cosa pudo haber sido? Su heroísmo estaba hecho de hitos
que para nosotros eran sólo palabras: oleoducto, estaño, pirita, andarivel, cordillera. Yo fui con él un día a
la gran montaña, pero tenía ya rasgado el corazón y tuvimos que bajar. Y le vi retornar al amanecer
algunas veces, helado y solo, de vuelta de medir las propiedades de los demás. Porque, para él, el asunto
ese de los camellos y de las agujas era una verdad grande como el sol. Y así, empujó su camello por el
ojo de su aguja, pero no fue fácil, no lo fue.
   Su muerte fue la primera que vi. Y siendo él lo que él era, lo que él es, muere él su muerte en mí todos
los días. Es una muerte que no acaba de morir. Me ha condenado a vivir siempre una sola muerte, su
muerte.
   Cada mañana está vivo y cada tarde se me muere, y cada vez que lo pienso está muerto pero no muere
porque lo pienso cada mañana y lo entierro cada tarde, aunque siempre está otra vez allí, esperando a
que despierte yo y lo vuelva a pensar. Así, habiendo muerto como ha muerto, no morirá nunca hasta que
muera yo.
   A veces lo pienso bien, a veces pienso mal de él, le critico a veces y le reprocho sus días, a veces le
admiro, otras no sé cómo fue lo que fue para él, pero está aquí, aquí y ahora, conmigo y muerto. Pero
vivo, porque le veo reír, pues sabía reír el hombre ese como un niño cuando yo no era más que un niño de
conciencia ya enrevesada y turbia y él reía, y así le veo, niño yo, a mi muerto, tal vez equivocado, tal vez
errado hasta en su amor por mí, pero capaz de haberme dado tanto de su amor que aún me dura.
+
Dice:
Todo comenzó hace 56 años. Mi padre murió aquella tarde y me dejó vacío el corazón, pero yo no lo supe
hasta más tarde. Hasta mucho más tarde. Cuando murió pensé que el sol se había apagado, pero no: salí
a la calle desierta para traer al doctor y en nada había cambiado el mundo. La imperturbable belleza de
los Tres Picos en el día quieto me sorprendió más que su muerte. Uno cree que cuando muere un dios el
sol debe apagarse. O que la Tierra expresa su pena mediante un grande terremoto, pero nada sucede.
Nada se altera. Ni el pétalo de una rosa salvaje en el patio. Ahí está la cosa, ¿ve? Uno cree. Uno cree
porque le enseñan a creer, y con ello le hacen un daño horrible. Porque creí lo que me enseñó anduve
luego por el mundo con el corazón vacío.
Un dios lo puede todo menos morir, pero él murió. Murió. Fue una traición. Involuntaria pero feroz. Si,
feroz. Con su muerte nos destruyó a los cuatro. Vivimos destruidos y derrotados durante medio siglo. Sólo
un dios puede lanzar semejante maldición. Lo peor no fue eso; lo peor fue que lo hizo porque nos amaba.
Nos amó tanto que quiso remplazar a Dios para protegernos contra todo, contra el mundo y sus miserias,
contra las gentes y sus crímenes.
Creyó que su amor bastaría para que Dios le permitiera protegernos con su amor. Castigó su soberbia.
Nada le permitió. Acabó con él de un manotazo furioso: metió la zarpa de fuego en su pecho y le hizo
estallar el corazón. Yo lo vi. Lo veo. Casi todas las noches lo veo.
Vivió para amarnos; todo lo hizo porque nos amaba. Fue un amor egoísta e impulsivo, sin duda. Un amor
que quiso usar para combatir la soledad que sufrió durante todos sus días. Un amor violento a ratos y
ciego porque al mirarnos no nos veía: veía los ángeles que necesitaba amar.  
Su amor fue lo que me corrompió. Me dijo que yo no nací sino que advine. Que, para él, fui el alfa y el
omega de la creación. Yo, un sietemesino que parecía un gusano mestizo en mi cuna diminuta. Yo, que vi
el absurdo de su ceguera apenas tuve conciencia pero me dejé seducir por su amor ciego.
Fue nuestro dios y nos impuso la idea de que advine. Ni se nos pasó la duda por la cabeza. A mí menos
que a nadie. Miento: el odio del tercero debe haber comenzado a hervir apenas entendió la idea; yo lo
sentí desde entonces.
+
Dice:
Yo le dije un día: padre, ¿por qué no robas? Ya es hora de que robes.
Fue como clavarle una daga en el corazón.
Pues que fue un niño grande, me miró lastimado y triste pero no atinó a decir nada.
Su delito: ser honrado en un país de ladrones.
Luchó atado de pies y manos, entre ladrones y contra ladrones.
Mi padre no podía robar, no podía. Mis amigos andaban en autos de lujo, todo perfumados y bellos y con
billetes en cada bolsillo. Mi ropa olía a viejo, creo. Se veía mi pobreza. Lo peor era eso: estudiar entre
ricos siendo pobre y adolescente. Si mi padre hubiera robado un poco las cosas hubieran sido mejores,
aún lo creo; pero él no podía robar.
Nunca pudo robar.
La vida, el amor y los placeres se me escurrían entre los dedos porque yo no tenía dinero. El olfato de las
mujeres era implacable para oler miserias. Me despreciaban, hijas del privilegio. Mis amigos me ignoraron,
aburridos de mis dificultades.
Fui pobre entre ricos. Hijo del honrado entre muchos hijos de ladrones: perdedor, sin duda alguna.
Incapaz de fingimientos: ‘¡Si, soy pobre y qué!’ grité al maestro que me tiró mi pobreza a la cara un mal día.
Fui solo, pues, y triste, aunque  no por mucho tiempo. Pero odié esa mi primera pobreza, la suya. Nos
avergonzaba su honradez pobre y derrotada por la riqueza delincuente; nos disminuía. No podíamos
contra el peso del oro ajeno, así fuera robado. Nos forzaba a bajar el testuz.
No me enseñó a respetar  ni hacer respetar mi dignidad, así fuera yo pobre entre los pobres. Grande
error. Tampoco me enseñó a cultivar falsos orgullos, arte tan necesario en un país de impostores y pillos.
Aprendí luego un falso orgullo desesperado porque luchaba solo contra el mundo, pero ¡cómo lo aprendí!
Tuve que comprarlo con pedazos de mi alma.  
+
Dice:
Lo castigaron con furia silenciosa, implacable, lo mismo que a mí en mi hora. A él por honrado, a mí por
decir verdades grandes como la Montaña. Se negó a las complicidades y lo enviaron a los Andes, a medir
riquezas ajenas mientras la Montaña lo mataba sin pausa ni prisa… Recuerdo: brújula, teodolito,
taquímetro, pantógrafo, su vida. Callado y valiente, abnegado, fue y volvió muchas veces y siempre
fumaba. El país crujía de hambre. Lo enviaron a una mina y se perdió durante un año. Cuando volvió tenía
el corazón partido.
No pude mirarle a los ojos. Le había hecho abuelo dos veces sin que se enterara. Yo había aprendido a
trepar balcones, fumar y beber. Me miró, lo supo todo y me dio la espalda. Ni perdonó ni condenó.
Al poco tiempo murió.
Fue como si el sol se apagara, como digo siempre.
+
Dice:
Le robaron todo, hasta la vida. Murió joven y vencido, maestro de las virtudes que otros predican y que
nadie aprende. Creyó en Dios, en la honestidad, en el trabajo cotidiano, en la familia, en el respeto del
propio nombre, en el amor al prójimo. Agotó los días de su vida buscando a Dios, y Dios permitió que las
plagas contra las que él oraba nos desolaran antes y después de su muerte. Mi padre sonreía cuando
creyó hallar a Dios y Dios lo dilapidó con el silencio de su magnífica carcajada.
Nunca hirió a nadie, jamás maldijo a nadie, nadie pudo nunca manchar su boca contra él. Fue la prueba
viviente de que los hombres buenos nacen para ser crucificados. Sembró paz y concordia. Fue honrado
con todos y todos le mordieron sin prisas ni pausas, como pirañas. Las angustias del mundo le oprimieron
el corazón hasta reventarlo, pero esa explosión triste no mereció sino el silencio del Universo. Las bestias
le acosaron por todas partes, mintieron, mataron, quemaron, incendiaron. Fue testigo paciente de sus
luchas y restañó heridas apenas se lo permitieron.
Mi padre sufrió la violencia, las mentiras y los saqueos: se vio vencido. Nosotros fuimos los derrotados
porque no pudimos lavar las afrentas que sufrió ni vengar las heridas que le infligieron; éramos niños.
Mi padre quiso amar a los hombres y así me enseñó a despreciar a los hombres. De la tristeza y la
soledad de mi padre aprendí yo a reírme de todo y todos, y a veces también de Dios.
Yo soy solo en mi universo porque puedo serlo; creí en escarnecer a los hombres, contra los que
debemos luchar apenas abrimos los ojos. Su amor por  todas las criaturas creó este mi encono burlón y
sordo y esta soledad mía, de lobo. Mi padre buscó la armonía y la paz; halló el caos y la rapiña. Fue
víctima y yo elegí el otro camino; soy más fuerte: creo en su código sin creer en su Dios. Puedo ser
destruido pero no derrotado.
Mi padre era feliz porque no tuvo enemigos; yo me vanaglorio de mis enemigos: la medida de cada
hombre la hacen sus enemigos y sólo yo se cuan poderosa y brutal es la jauría que me acosa. Mi padre
sonreía al mundo y le tendía la mano franca; yo le saco los dientes, herido y solo gracias a mi padre, pero
nunca vencido: no te acerques mucho, Hermano Francisco...
+
Dice:
Su pecado: un dios lo puede todo, menos morirse. El nuestro murió. Nuestro sol se apagó.
Desde entonces vivimos en la oscuridad.
+
Dice:
Su pecado: temió a su madre más que a su Dios: maltrató a su esposa siempre; jamás le dio su lugar.
Murió con ese error inmenso.
+
Dice:
Su pecado: ante todo, amó su virtud y así sembró el hambre de sus hijos; era falsa, su virtud: soberbia hija
de la virtud.
+
Dice:
Su inocencia: …fue sembrado junto al camino; Dios lo ignoró. Él nunca lo supo.
Murió sin saberlo.  
Dice:
Seis meses después de su muerte las autoridades me llamaron porque había perdido su derecho a un
nicho en el cementerio. Lo vi retornar, pues, a la luz de un sol de oro durante una tarde de calor seco bajo
un cielo celeste y hermoso, un montón de huesos que, como me dijera un día antes de morir, no era él ni
era ya nada. Tiraron los huesos por trozos a un montón que quemaban y vi su terno por estrenar, el que
usaba cuando venía a la ciudad, sobre una camisa blanca de cuello largo y una corbata negra de escolar,
todo hecho jirones.
La calavera que quise conservar me miró imperturbable y silenciosa, ajena. La autoridad me la negó: “No
se puede, dice”.
Tirada en el barro, su imagen me siguió durante décadas hasta que un capricho me hizo identificarla con
los enemigos que nos habían destruido: la miseria, la necesidad, la violencia, los cuatro jinetes del
apocalipsis, en fin, que para nosotros  fueron dos palabras: La Revolución.
Pero eso fue después: habiendo nacido entre los despojados y los débiles, la costumbre de agachar el
testuz, general en esas latitudes pero heredada también de nuestros padres, incapaces de  toda
impostura, nos torturó durante décadas. Habiéndolo perdido todo menos el pellejo un par de veces,
finalmente logré desprenderme de esa actitud derrotista: aprendí a odiar y obedecí día a día las reglas del
juego, esas que horrorizaban a mis padres. Me hice de enemigos. Fui mejor que mis enemigos: no fui un
impostor. Eludí casi a todos, pero ese casi me enseñó la tortura, la violencia entre sombras y, también, mi
propia violencia, que prefiero ejecutar con guante de seda.
Así, me hice digno del mundo a un precio feroz e imperdonable: me hice indigno de mi padre.
Como digo, cínico: yo no inventé el mundo; sólo trato de vivir en él.
Pero intento, al menos, seguir el código de mi padre.
Soy una semilla sembrada en tierra estéril, lo sé. No me hago ilusiones; si me veo forzado uso los colmillos
porque no hay ya ni fantasmas, ni hombres ni diablos que me espanten: fui condenado antes de nacer:
¿qué podría espantarme?  
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