Sus Críticos
Sombra de Exilio
NUEVA NARRATIVA HISPANOAMERICANA
Volumen II        Septiembre de 1972        Número 2

VENTANA SOBRE LA NUEVA NARRATIVA

LA REVOLUCIÓN BOLIVIANA O LA ETERNA FRUSTRACIÓN: SOMBRA DEL EXILIO

Al despertar de la narrativa boliviana—R. Prada, R. Teixidó, J. Urzagasti, A. Cáceres— justamente
se incorpora el joven escritor Arturo von Vacano, cuyo primer relato, Sombra del Exilio, lo sitúa en
la vanguardia de los narradores bolivianos que lentamente empiezan a integrarse en el nuevo
renacimiento de las letras latinoamericanas.
Sombra del Exilio es la crónica espiritual de un boliviano representante de esa generación cuyos
componentes vivieron como adultos la Revolución de 1952 y sus frustradas consecuencias. Las
tres partes de la novela —«El hombre», «La culpa», «El castigo»— corresponden a otros tantos
estados anímicos del vivir del personaje central, Max, y del dramático vivir de su pueblo.
La primera sección trata de la aristocracia blancoide, moldeada espiritualmente en el alienante
ambiente de una formación alemana cuyos productos son exportados o terminan robusteciendo la
clase de donde proceden en perjuicio de la clase mayoritaria o pueblo. Como los personajes
barojianos, Max se debate interiormente con la angustiosa duda de no saber qué giro dar a su
existencia, hasta que una serie de incidentes dramáticos le fuerzan a la acción. La vida del
instinto, la crueldad del ser humano, se patentiza en la violenta muerte de su amigo Bebe a manos
de unos mineros revolucionarios. Enfrentado a este trágico suceso, Max se plantea problemas de
orden ético que se resuelven —en este primer estadio espiritual del personaje— en el
autorreproche ante su apática actitud: «Cuando comprendí finalmente la barbarie de los hombres,
me volví y salí de la habitación lentamente. Debo hacer algo —murmuraba—, ¡de hacer algo!» (p.
23). Este complejo de culpabilidad se convierte en obsesión que explica la aparición del recurrente
motivo del recuerdo infantil de Max-niño matando hormigas, acto de crueldad de un carácter débil
que ahora quiere compensar con el atentado contra el presidente, sacrificio que puede disminuir
el sufrimiento humano. A la absurda muerte de Bebe se suma la del esposo de la querida alemana
y, finalmente, la del hermano que Max indirectamente provocó por sus escritos contra la
Revolución. La matanza de El Feroz (el presidente) está, pues, determinada no sólo como medio
de combatir su fragilidad espiritual y forma de venganza por la muerte del hermano, sino como
acto de protesta catártico capaz de romper la monotonía, la inercia de un pueblo que ha llegado a
vivir las revoluciones con la desesperanza provocada por la inoperancia y los pobres resultados
que éstas han tenido en Bolivia.
Sombra del Exilio es también la historia de la frustración socioeconómica y político-religiosa de
este sector de la alta burguesía, representado por Gustavo, Carlos y Hernán, cuya existencia en
Bolivia es un contrasentido, una forma de alienación histórica entre las muchas que este país
sufre. La imitación de las formas ajenas se refleja a nivel anecdótico en la emulación que estos
jóvenes hacen de gestos y actitudes de conocidas estrellas cinematográficas (p. 60) .
El sentimiento de auto-reproche de Max está determinado no sólo por su completa apatía, sino por
creer que sus mínimos actos aumentan el absurdo de su existencia, todo lo cual le impulsa a
entregarse a una india, símbolo de la unión con la tierra, donde se aúnan el ambivalente
sentimiento esquizofrénico de amor y odio por Bolivia: «Cuando la poseo y me devora, me devora
toda la violencia y la pasión de este pueblo, tan oscuro, tan silencioso, tan rebelde, seco y duro
como la roca de la que arranca su vida, tan veraz y noble como el tigrillo que cacé en mis años de
niño: el indio» (p. 49).
El proceso nihilista de Max se acentúa cuando su situación económica empeora y sus «amigos»
empiezan a abandonarlo condenándolo a una esencial soledad en la que empieza a ahondar en
su conciencia, en sus recuerdos, para tratar de explicarse su actual desesperación (p. 58), pues
el personaje nunca se resigna totalmente, y fervientemente anhela darle una dirección espiritual a
su vida: «No porque seguir viviendo sea muy bonito, sino porque seguir viviendo es la única
esperanza del día en que uno pueda encontrar otro modo de vivir» (p. 57).
La huida, después del atentado contra el presidente, le evidencia dramáticamente su vacío
espiritual y material ante un destino o devenir histórico contra el que nada puede hacer. En el
exilio limeño las penalidades físicas y morales adquieren una dimensión trágica que se evidencia
en la alienación política de un compatriota también desarraigado, cuya actitud sirve para confirmar
a Max el carácter crónico de la locura política de su país.
El relato concluye con una nota de esperanza, simbolizada por Greta, la novia del hermano
absurdamente asesinado, la cual encarna la posibilidad más concreta de su redención: «Amanece
y la espero» son las frases que cierran esta novela.
La sicología social y personal son, pues, inseparables en esta narración en la que desde lo
autobiográfico —edad, profesión y otros factores identifican autor y protagonista— se lleva a cabo
la catarsis y diagnosis de los males espirituales de Bolivia y el boliviano. El monólogo interior —
cuyo arranque está en el casual tropiezo de Max con uno de sus ex profesores alemanes— es la
forma expresiva que predomina en Sombra del Exilio, excepto los diálogos que, además de
establecer cierto equilibrio con los soliloquios del personaje, expresan el fenómeno de la
alienación de los que nada comunican. La voz narrativa coincide en muchas ocasiones con la del
personaje en las descripciones, cuyas imágenes están en función del estado anímico del
pensante, ente de ficción o de ese cosmos boliviano que «transpira hedor y tragedia» (p. 57).
* ARTURO VON VACANO: Sombra del Exilio. La Paz: Editorial Difusión, 1970, 145 pp.

JOSE ORTEGA
The University of Wisconsin-Parkside Kenosha, Wis.,Wis, 53401
Arturo