Cuando soñaba feliz con un asoleado hotel en Biarritz, la mano de mi esposa rozó
apenas mi tobillo izquierdo para despertarme, con lo que me hizo saltar como si me
hubiera picado un áspid porque aquella era la mañana en que mis ojos tenían una cita
con el bisturí.
Me vestí en diez minutos y salimos antes que el sol para presentarnos en la sala de
operaciones una hora después. Charlaba yo con una enfermera rumana casada con un
mecánico peruano sobre la situación en Irak cuando pasé al limbo de la inconsciencia sin
otro parpadeo.
Dos horas más tarde desperté para continuar mi charla con la amable rumana y descubrí
que tenía los ojos cosidos como si mi cara hubiera sido el reverso de una pelota de
cuero. Tenía los párpados casi cerrados en un rojo sangre oscura y miraba un tanto
opiado la sonrisa no poco ansiosa de mi compañera de 41 accidentados años, siempre
valiente ella, pero temerosa ya de las consecuencias de mis aventuras.
Me vestí con cierta calma para dejar que los vapores esos se evaporaran y salí
caminando con cierta prisa porque soplaba un viento salvaje por las calles desiertas.
Trepé al auto y me dejé llevar al hogar que me ha protegido durante los últimos 15 años.
Llegué, me bebí un café que había postergado por consejo médico y empecé a mirar la
vida a través de mis ojos recosidos.
Esta aventura había comenzado dos años antes, cuando leía como de costumbre en mi
lecho y una furtiva lágrima se escurrió por mi mejilla derecha, limpia como una perla y
redonda y tibia como cualquier otra lágrima. Goteó sobre la camisa y se escurrió sin más.
La recuerdo perfectamente porque poco después sus hermanas le siguieron en tropel y
huyendo de ambos ojos hasta hacerme creer que lloraban mis desventuras con el
entusiasmo de una Magdalena.
Cuando cosas así suceden en esta parte del mundo nadie se sorprende y todos
sabemos de qué se trata. Alergia, dije, recordando mi sinusitus antigua como yo, y
comencé a comer pastillas de todo color, sabor y cantidad en un fútil intento de combatir
mis lágrimas. Todos sabemos también en esta parte del mundo que las alergias son
incurables y sólo sirven para hacer ricos a los fabricantes de esas pastillas pero, cuando
uno llora como lloraba yo, es capaz de tragarse una  oblea de hiel con tal de hallar alivio.
No lo encontré durante los meses siguientes, pero aprendí a usar pañuelos de papel y de
tela irlandesa con la habilidad de una señorita casadera. Mis amigos me decían que no
era para tanto y mi esposa me sugería que vaya a llorar a la cocina porque ya estaba
hasta aquí. Hay que recordar que 41 años no son moco de pavo y que nunca dije yo que
fuera un santo.
El caso es que cuando celebramos mi cumpleaños y yo lloraba como niño con diarrea
antes de soplar las 69 velas decidimos, mis invitados y nosotros, que había llegado la
hora de pedir auxilio a la ciencia. Para ese entonces mi ojo izquierdo estaba hecho un
caníbal y se había comido la piel del párpado inferior y mi ojo derecho me hacía parecer a
un cíclope trasnochado porque yo, la verdad, antes me hago el harakiri que dejar de leer,
qué diablos. Por lo demás, mis ojos no lucían tan mal. Sólo estaban irritados, llenos de
agua y enrojecidos como si hubiera bebido durante quince días.
Fuimos, pues, de Herodes a Pilatos durante los siguientes meses en busca de un arma
para restañar mis lágrimas. Tardamos así porque el seguro que tenemos es singular: se
toma quince días para darnos una cita con un médico, otros veinte días para darnos otra
cita similar y otro mes para darnos una tercera cita. Este es un país maravilloso, y por
eso ese seguro es el único a mi alcance, cosa de la que no me quejo. Si fuera más
pobre, nadie querría mirar mi ojo, así más no fuera por curiosidad. Y si fuera yo más rico,
dejaría de ser rico en un par de meses porque quienes mirarían mi ojo están
acostumbrados a cobrar cientos de dólares por minuto. Ojo, ¿eh? No hay otras
alternativas.
Pero mi esposa es una santa y así fuimos, llorando yo y batiendo los dedos contra el
volante ella, hasta el consultorio de un médico griego que me miró ojo a ojo sin decir ni
Zorba y me envió a ver a otro griego que me tocó con la suavidad de un boxeador los
ojos, ¡los únicos ojos que Dios me dio!, los bañó en esto o aquello, se sorprendió ante el
nerviosismo infantil con que yo reaccionaba cada vez que acercaba una zarpa a mi ojo,
tan viejo y tan miedoso, seguro que se dijo en griego, y finalmente me recetó unas gotas
de nada para que las metiera en cada ojo a razón de dos por día y durante un mes de 31
días.
Así lo hice y el resultado fue nulo, cosa que sorprendió a todos, menos a mí.
Pregúntenme nomás mi opinión sobre los médicos, pregúntenme. Nadie me preguntó
nada y el médico griego decidió que era hora de apelar al bisturí. Antes de que yo dijera
“Tengo miedo” en un susurro se decidió la fecha y la hora y me cortaron los ojos tal y
como lo relaté, pero peor. ¿Diré que me porté como un valiente durante la operación?
¿Para qué? ¿Quién me creería? Y sin embargo, es cierto.  
Tras mirarme en el espejo, bello como un Apolo tras el paso de un tractor soviético sobre
su perfil, decidí tomar las cosas con calma y aceptar lo que Dios quisiera. Dios quiso
darme cuatro días y cuatro noches de dolor intenso que casi enloquecen a mi esposa y
que enfrenté sin otra cosa que un frasco de Tylenol. Después de la cuarta noche
empecé a delirar y me vi en Barcelona paseando desnudo por la rambla. Después caí en
un sopor. Dormí, por fin. Fuimos a ver al griego aquel y él dijo, sin sonreír: “Parece que
mejora”. Tuve ganas de tirarle encima a la enfermera rumana, pero me reprimí. Pensé en
mi esposa y me reprimí. Ahora creo que no debí haberme reprimido.  
Las siguientes semanas fueron cosa de dos gotas para cada ojo y un ungüento que olía
a no se qué y que mi esposa me ponía en cada herida con paciencia de abuela: “Sana
que sana, potito de rana; si no sana hoy, sanará mañana”. Para entonces el cuero de
mis ojos se había endurecido, ennegrecido y afeado, si tal fuera posible. Ambos ojos
lucían un techo raro casi horizontal para afuera, seguían rojos y húmedos y lloraban, es
verdad, bastante menos, pero lloraban. Y lloran.
Seis semanas después del encuentro de mis ojos con el bisturí, esto ha cambiado: tengo
dos bolsas diminutas y grises debajo de cada ojo, tengo rojos en sangre los párpados
inferiores, pálidos y un tanto caídos los superiores y, sorpresa de sorpresas, sigo
llorando, aunque no como la misma Magdalena. Como José de Arimatea, tal vez, pero no
como la Magdalena.
Por eso escribo esta sosa historia. He llegado el momento en que debo escribir a mis
amigos de infancia y pedirles, en honor a nuestras tropelías infantiles, antiguas pero
jamás olvidadas, que me ayuden a encontrar a un kallawaya, un médico andino de esos
de fama legendaria, para que pase una de sus hierbas milagrosas por mis ojos de acá
para allá y de arriba para abajo, y me pare este océano de lágrimas limpias, bellas como
perlas y menudas, pero molestas.   
 
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Arturo
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Una furtiva lágrima
Mayo 07