Su Opinión
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Arturo
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En cualquier país del mundo, cada ciudadano de inteligencia media y un leve tinte de
educación entendería que vive en un país sin futuro si los más entre sus habitantes se
ven condenados a vivir como trogloditas, sufrir una miseria inhumana y carecer de la
más mínima esperanza. Excepto en Bolivia, al parecer.
En Bolivia y desde que es Bolivia, un segmento mínimo (una sola familia extendida) ha
vivido 200 años sin entender esa tragedia ni elevar a esa mayoría, campesinos que
sucede que son indios, a la categoría de seres humanos, no digamos ciudadanos
educados de un estado moderno. Esto es, comió oro mientras se suicidaba como
segmento, despreciando todo futuro para la nación.
Esa familia extendida, llamada “elite” por su propio capricho, vio el fracaso de su “plan de
dominio” en diciembre pasado, cuando 200 años de sacrificio y sangre pusieron por fin
en el Palacio Quemado, que no es necesariamente el Poder, al primer miembro de esa
mayoría explotada, el indio Evo Morales.
Diríase que tal evento, estudiado por una minoría educada, debió conducir a la ineludible
conclusión de que es hora ya de hacer historia y dejar atrás las matufias, los robos y los
horrores de lo que llamamos “vida republicana”. Es hora de hacer una nación o perecer
en el intento. Nada peor que el reciente pasado boliviano y sus dictadores, asesinos y
“hombres de negocios”.
Se diría también que ese segmento, beneficiario de esos 200 años de ceguera y cuyos
“mejores” hijos se convirtieron en vendedores de cada trozo de la patria, “indios y todo”,
usaría esa educación de que tanto se vanagloria, adquirida en USA y Europa, para
agarrar la ocasión por los pelos, cumplir un deber humano y cívico elemental y hacer en
20 años lo que no se hizo en cinco siglos.
Si Bolivia tiene un futuro, ese futuro es la participación plena y responsable de sus
mayorías en esforzada armonía con sus minorías. Después de todo, Bolivia es un país de
apenas ocho millones y los problemas de ocho millones no son problemas para el
mundo, esos seis mil millones que se acercan a evidente prisa a las guerras por el agua,
el aire y el espacio vital.
Pero no. Parece que las “elites” prefieren acabar con Bolivia antes de aceptar la justicia
de la causa de Morales. Su educación privilegiada les permite entender que Evo no es el
Lenín del Chapare y que su “revolución” es apenas el límite de lo justo. Prefiere, pero,
pintarlo como el Nuevo Che de los Andes y preparar su violenta defenestración para
entregar el poder a gente tan patriota como Tito, Tuto y Sam.
¿Por qué? Porque Evo es indio, y las “elites” son “blancas” aunque nadie lo creería al
verlas.
Pero claro, correrá la sangre antes de que otro Tuto (o el mismo) tenga una segunda
oportunidad de vender los salares, otro Tito se haga de millones robando con gran
cinismo y otro Sam se “preste” diez millones para iniciar su fortuna de “capitán” de la
industria.
Porque sucede que la educación elemental que diferencia al ser humano de un ente
egoísta y ciego dedicado a sus propias pasiones y disfrazado de “caballero” no se
enseña en las universidades de USA y Europa. Afortunadamente, nace con toda persona
de conciencia recta. Es el sentimiento de rebelión e indignación que estalla en todo
corazón bien puesto ante los crímenes de los poderosos. Es la inteligencia que entiende
que la paz social sólo puede ser hija de una justicia elemental.      
Pero la historia nos enseña también que las “elites” prefieren suicidarse antes de ser
gobernadas por “ese indio de…”. El racismo que nos aqueja desde antes de ser
bolivianos estalla y conduce a la confrontación violenta gracias a esos “educados”
miembros de las “elites”.
Desde siempre he dividido a los bolivianos en dos segmentos, los que pueden irse y los
que no pueden marcharse. Cuando gobernaban y podían irse, robaron, mataron,
entregaron la patria a extranjeros y se fueron. ¿Qué mejor ejemplo que Goni?
Hoy gobierna uno que no puede irse, apoyado por otros que tampoco pueden irse. Nadie
puede imaginar la gran diferencia entre éstos y los anteriores. O, mejor, todos la
conocemos porque sabemos a cual segmento pertenecemos.
Cuando una persona sabe que su país es de sus antepasados, de sus contemporáneos
y de sus hijos, ve las cosas de modo muy diferente al de la persona cuya posibilidad de
fugar como ladrón y genocida es posible porque tiene la cara blanca y habla inglés. Es
decir, puede vender a su patria y gozar de esa venta lejos y feliz. Para Goni, Bolivia fue
una oportunidad de saqueo.
Para Evo, este país es todo. No hay posibilidad de disfrazarse de gringo ni de cubano
para Evo. El hambre de los campesinos es su hambre. El la ha sufrido y ha contado
cómo es ese sufrimiento. Esa es la “educación” y la “preparación” que tiene Evo y que
las “elites” ignoran.
Conociendo la “educación” que imparten las universidades occidentales, es casi
imposible esperar que los más “educados” entre las “elites” hayan desarrollado una
conciencia social que les permita servir al país antes de servirse de él. No abandonarán
la demagogia letal que han venido repitiendo desde la Revolución Traicionada. No se
pondrán hombro a hombro con sus campesinos hasta transformar a nuestra sociedad en
una nación posible.
En lo personal, esa imposibilidad me ha traído instantes de íntima amargura y terribles
desilusiones porque no hablo en teoría sino que conozco los rostros, los nombres y los
apellidos de muchos entre esa “elite” privilegiada que prefiere agonizar con sus vicios
antes de elevarse sobre su propia pequeñez y hacer, tal vez por primera vez en su vida,
lo que es justo, simple y llanamente.
Largo ha sido mi silencio en este aspecto porque nunca es fácil ser testigo del
envilecimiento de un amigo. Y amigos han sido muchos entre los que hoy se ven
obligados por Evo a quitarse finalmente la máscara y tomar partido por la opresión, la
injusticia y el robo, que es como definimos mejor los últimos 30 años.   
El primero que me lastimó fue Pedro Shimose cuando cambió casi tres décadas de exilio
por un cartón de colores que le regalaran el enano tirano y su ministro ladrón, Hoz de
Vila. Yo recordaba el día en que Banzer lo sacó con un puntapié del país, sonreía ante la
ruta de Pedro hacia el exilio, ruta que comenzara en La Habana con palabras de elogio
para un régimen y terminaba gracias a la Sra. Shimose, ¿quién lo duda? en Madrid con
palabras de elogio para un tirano. Callé entonces porque los poetas, como lo probara
Borges, tienen cierta licencia para practicar la estupidez política y Pedro es poeta, o lo
era hasta que Banzer le quitó la musa más vital que exigiera su poesía, su patria.    
Seguí luego las aventuras como saqueador y “empresario” de mi amigo el “P’ura” Torres,
seudónimo que muestra ya cuan cerca tiene a sus antepasados campesinos y no pudo
menos que dolerme el recuerdo de su señor padre, Don Segundo, quien tuvo la
debilidad de extenderme su amistad y su protección cuando no era yo más que un
huérfano reciente. No haberlo recordado a tiempo, Edgar.
Un otro que creí honesto es Antonio Araníbar, cuyo consejo busqué guiado por mi
candidez política (pues nunca creí que Goni llegaría al genocidio aunque lo conozco tan
poco) y por la idea tonta de que no hay dineros que paguen la entrega de todo un país a
sus explotadores extranjeros. Araníbar es y siempre fue agente de las multinacionales.
¿Dónde está ahora?
Pero nadie me duele más que Flavio Machicado, hoy que le veo asociado con los
herederos del tirano después de casi una vida en que creí que servía los mejores
intereses del país. Algún derecho tengo de hacerle este reclamo, pues que le ayudé sin
interés alguno cuando buscó la vicepresidencia junto a Walter Guevara Arce y me hizo
candidato a senador por La Paz sin preguntarme mi opinión, jugadas que atribuí más a la
urgencia del momento que a un manejo turbio.
Pero allí está Flavio, ya viejo como yo pero tal vez no tan enfermo, pidiendo su voto a los
vecinos de el Alto bajo la sigla infamante de ADN y creyendo tal vez que podrá comprar
los que necesita porque el dinero ya no es problema. Así acaba mi amigo, el demócrata
ministro de Torres, el general asesinado por los gorilas argentinos.
Otros varios me vienen a la memoria, pero no ocupan entre mis recuerdos el lugar que
les diera nuestra niñez y nuestra juventud vivida como testigos unos de los otros. Varios
fueron alumnos como yo del Indio Ayala, profesor de historia y educación cívica en un
aula dedicada a cosas más importantes como las matemáticas y la importancia del dinero.
Algunos usaron su apellido para bañarse en oro sembrando horribles rumores sobre sus
pillerías y sus abusos y hubo uno que cambió de patria para volver a Bolivia a perseguir
y torturar rebeldes, pero será mejor que continúen enterrados bajo la mala memoria
común aunque jamás paguen sus delitos.
Pero el azar me sonríe cuando pienso en que estos privilegiados del dinero y los
apellidos ilustres terminan como están terminando mientras este quijotesco rebelde al
que miraban desde arriba porque era pobre como San Francisco sigue viviendo en
manos de miles de estudiantes y en el texto de “Sombra de Exilio”, publicado sin cesar
desde 1970 sin que sus editores me hayan pagado jamás un peso. Eso, y el no haber
sido empleado público me consuelan cuando vivo con un pie en la tumba y el otro en una
cáscara de banana. Yo no vendí mi conciencia.
Junio 06