Novela Boliviana: Tema e Idioma

Una de las desgraciadas consecuencias de la desgraciada historia nacional es la
desgracia que tiene que sufrir cada lector boliviano interesado en la literatura
nacional: a un principio, sobre todo, le parecerá que nuestra literatura no sirve más
que para denunciar canalladas o quejarse con o sin justicia de las maldades y
monstruosidades cometidas por sus compatriotas desde el principio de los tiempos.  
Yo comencé a leer a los seis años porque, además de ser un prodigio, fui víctima de
los cocachos de mi padre, cómplice en mi hazaña de aprender a leer en una semana y
a escribir en dos. A la tercera semana ya estaba yo leyendo “Pueblo Enfermo” y a la
cuarta jugaba a los vaqueros: yo era siempre El Enmascarado Solitario sólo para dar
de patadas al indio bruto que galopaba tras mío en su caballo negro (el mío era
blanco, claro).
Otras lecturas similares me ayudaron a acostumbrarme a mirar a los nativos como si
fueran bestias de carga y, con el tiempo y el desarrollo de ciertas glándulas, a
aprender el uso de mi dedo veintiuno con  ciertas nativas, cosa que para mí y otros
caualleros de la época era la más natural: parecía que para eso habían venido ellas al
mundo.
Sólo después de años y dos o tres devocionarios que me regalara un cura famélico
que buscaba piojos cerca de mi dedo veintiuno hasta que aprendí a darle de patadas
descubrí relatos sobre conquistadores heroicos, valientes liberadores de tierras y
pueblos, sacrificados mártires dedicados a causas perdidas y un pueblo que sufrió a
pecho desnudo mil masacres para ser libre algún día, día que no llega, no llega.
Para entonces descubrí otro defecto que molestaba mi ojo izquierdo apenas agarraba
yo un libro boliviano: el idioma en que están escritos nunca agradaría a la Academia.
Los hombres que lo usaban y lo usan y abusan para hablar, maldecir y escribir
pensaban y piensan  (los más) en otro idioma, esos de los que yo apenas alcanzaba a
escuchar una o dos palabras en el patio de mi casa, esos que se hablaban por estas
montañas desde que Dios era cadete, esos que llevamos en las venas todos aunque
muchos (los menos) lo nieguen y que nos enredan bastante la expresión cuando se
nos da por hacer discursos (‘ese se encuentra desaparecido’, por ejemplo).
Es un español paceño, por decir algo, o un castellano cruco. Se puede hacer con ellos
las mismas bellezas que permite el de la Academia, pero es necesario estudiarlo en
serio, claro, cosa que en Bolivia (‘así nomás que sea’, decimos) nos ha parecido
excesiva y nada necesaria.
Pero esos libros son necesarios para quien ambicione definirse a sí mismo con
claridad y no ser un bastardo muy merecedor del calificativo. Quienes escribieron los
libros que definen el alma nacional no eran caualleros por buena suerte, azar y
prejuicio sino obreros, mineros, campesinos y luchadores, todos ellos pobres por
definición. No aprendieron a hablar, pues, en colegios de monjas deslenguadas sino
en la calle, en la mina y en la selva, y fue en ese idioma popular que nos dieron su
mejor obra, los libros que deberíamos reunir todos en nuestras casas para
asegurarnos de que no todos los bolivianos son asesinos, ladrones, hijos de perra,
bastardos o masacradores.
Quien busca encuentra, dicen por allí, y quien pregunta aprende, se dice también.
Fácil es, relativamente, hacerse de una biblioteca boliviana que nos devuelva la fe en
nosotros mismos en momentos álgidos, oscuros, tristes o desesperados como los
muchos que nos acosan.
De allí que la sorpresa provocada por la noticia de que autores bolivianos han
decidido escribir novelas ‘bolivianas’ para ganar premios ‘bolivianos’ creando y usando
personajes chinos, malayos, finlandeses, rusos o marcianos en ambientes africanos,
venusinos, mexicanos o búlgaros fue en mi caso grande y desagradable, sabiendo
sobre todo como sé bien que no hay país en el mundo que ofrezca mejores
oportunidades de escribir novelas que Bolivia, el país más increíble del mundo en el
momento histórico más importante de su corta memoria: basta mirar cualquier edición
de cualquier periódico para certificar mi opinión.
En el primer caso encuentro que eso de ser boliviano era una opción clara para el
autor que comento sin comentar la calidad de su obra. Para Sebastián Antezana esa
opción es fácil de aclarar: ¿Qué pasaporte tiene? ¿Con cuáles documentos viaja?  
Basta pedírselos para saber si su traslado a La Paz fue una decisión estratégica
(ganar el premio boliviano de novela es más fácil que ganar el Nobel o, ya que
estamos, alguno mexicano: miren la calidad de los competidores)… y, después de
ganarlo, ¿sigue siendo boliviano con pasaporte de tal, o es mexicano otra vez con las
oportunidades que ello le ofrece?
Más que la conducta de este autor me interesa llamar la atención sobre la conducta
de los jueces que le dieron el premio y, sobre todo, la de los extranjeros que manejan
ese premio y no tienen más interés que el dinero. ¿Por qué nunca dan los nombres de
estos individuos?
Vista desde aquí, la conducta de ese jurado es la de la ‘elite’ tradicional boliviana,
entreguista, sometida y lamepotos: ‘lo que digas, hidalgo, y al que digas’. Lo mismo
hicieron durante décadas los empleados de Hoschild, Patiño y Aramayo.   
El desprecio del propietario extranjero del premio ese hacia el cholo de cuello lavado
que le sirve en el jurado es evidente hasta el asco: no le interesa un cuerno la opinión
de los bolivianos sobre estas maniobras; si ya cometió un atropello con ‘su’ premio
2005 y nadie se atrevió a levantar la voz, ¿por qué no iba a maniobrar esta vez para
darlo a un libro en que hay un solo personaje boliviano, Bolivia no figura para nada y
su autor es mexicano? Como siempre, esos cholos bolivianos se quedarán callados
aunque les rajen la madre.
Sobre su obra, Antezana no habla mucho: “Hasta ahora he publicado dos novelas. La
primera, La toma del Manuscrito, es un libro extenso, escrito en vaga clave policial y
como metaliteratura, que se sitúa en el África colonial, se ocupa de contar varias
historias en tiempos distintos y lo hace con muchos personajes, uno boliviano. ..”
Con ese uno y con Santillana logró meterles el dedo a jueces, lectores y colegas…
¿Dónde no podrá llegar?
=-=
No deseo hacer la misma pregunta sobre nuestro mejor naipe en un momento ya
perdido en la noche de los tiempos, cuando creímos que sería nuestro Roa Bastos. La
siguiente parrafada nos dice por qué no lo será. Tal vez su ambición es la de ser más
y mejor que Fitzgerald. Tal vez la idea es alcanzar las glorias de un Mailer. Tal vez…
Oh, cualquier cosa podría ser, en este caso.
Pero, he aquí el resumen de la primera novela en que este autor renuncia a Bolivia en
su literatura. Gringo falso querrá ser pues, el hualaycho.
Esto es “Norte” según Mondadori:
“Los personajes de Norte permanecen extraviados en el cruce de mundos y fronteras
que caracteriza a nuestra época. La novela comienza en 1984, en el norte de México,
con Jesús, un adolescente obsesionado por su hermana que, con los años, se irá
convirtiendo en el Railroad Killer, un psicópata en la lista de los más buscados del FBI.
Luego pasamos a la California de 1930, donde Martín Ramírez, un inmigrante
indocumentado, está a punto de ser enviado a un psiquiátrico en el que se convertirá
en uno de los grandes pintores autodidactas del siglo XX. La narración salta entonces
a Texas en la primera década de este siglo y se centra en Michelle, una joven que
debe lidiar con su vocación de dibujante y guionista de cómics, y con una tortuosa
relación con su profesor. Tres destinos separados por el tiempo y el espacio pero
interconectados por la violencia, el desarraigo, la creación y la locura. Una mirada
ambiciosa y compleja a la forma en que Estados Unidos está siendo reinventado por la
inmigración latinoamericana”.
No cabe duda de que con estos ‘re-inventos’ dejará enano a Faulkner… lo que no
quita que nuestro afamado autor llegue cada seis meses a la Llajta para hacerse
mimar con gentes que, dentro de su corazón, también quieren ser John Wayne.
=-=
Aquí unos párrafos forzados sobre ese otro ‘expat’ que salió de su patria con una beca
de García Mesa en 1980 y, fuera de algunas visitas, no retornó ya a la Plaza Abaroa,
escena de sus días infantiles.
La idea de que los militares no dejarían el poder sino después de masacrar a Bolivia
toda (Garcia Mesa ha sido el dictador más brutal y bruto de nuestra historia; miren
como lo miman hoy en Chonchocoro) y la presencia de su propia familia en
Washington DC le llevó a considerar un tanto indeseable ese retorno, más que nada
porque en Tarija queman la cara de los periodistas con ácido.
No habiendo descubierto en sí mismo la vocación de mártir que acabó con Marcelo y
Espinal (los periodistas son cínicos porque conocen a la especie de cerca) y tras sufrir
robos y canalladas desde su más tierna infancia a manos de sus compatriotas (el
último de los cuales fue el robo de cien mil verdes por sus hermanos: le dejaron sin
herencia) sólo puede probar que ama a sus compatriotas presentando con humildad
sus obras. Obras que, aunque rechazadas y maldecidas por las ‘elites’ que asfixian el
país con o sin Presidente indio, son todas un argumento por los derechos de los
bolivianos, contra las injusticias que sufren y sobre lo pendejos que son.
A pesar de sus pecados, nadie puede negar que este anciano de raro apellido es un
boliviano que escribió siempre para los bolivianos. Sus obras le dan su nacionalidad.
Muerto este enero 27 último tras siete décadas y media de disgustos serios y
risueños, imita a su héroe García Márquez y dice al fin a sus compatriotas: “Yo los
quiero mucho a todos, pero váyanse a la mierda”.
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