¿Para qué escribir una Novela?

Dos verdades se aprenden con dolor, pero se aprenden: la juventud es una
enfermedad que se cura con el tiempo; la fama y la riqueza no son amigos; son
enemigos.
Para el artista que a veces es Artista, esas verdades son harto necesarias y a veces
imprescindibles. Sin haberlas aprendido con dolor, difícilmente puede un artista
convertirse en Artista.
Aprendidas, la cuestión siguiente es clara: el objetivo perenne y final del Artista es
aquel tesoro que cantaba Don Quijote en Broadway para definir su destino: “alcanzar…
la estrella inalcanzable…” Esa estrella es conocida por el Artista aunque a pesar de
sus esfuerzos nunca, o casi nunca, haya podido alcanzarla: la Belleza.
La Belleza es la virtud que exime a Dios por haber creado un universo tan feroz como
el nuestro. Es la cualidad que asoma por todas partes y es discernible tanto para el
salvaje como para el civilizado. Es la sorpresa grata que alegra el corazón y hace
armonía de la creación toda. Crea el suspiro de esperanza hasta para el más
desgraciado de los mortales. Justifica la vida y hace noble la muerte.
Como estrella del Artista, asoma en el horizonte porque se han aprendido aquellas dos
verdades y se convierte en su vida: desde que se las aprende no habrá otro razón de
ser que la expresión de la Belleza. Hay veces en que esta ambición lo devora todo y
hace del Artista un monstruo cruel e insoportable: le ciega cuando le fuerza a
perseguirla. Le hace odioso y odiado.
Pero esta allí, al alcance de los dedos, y demanda trabajo. Es a menudo un trabajo que
exige la postergación de todo otro objetivo. Convierte la noche en día y reduce las
horas a minutos. Quema los ojos y arde en el alma como una sed insaciable. Es la
única compañía real que el Artista conocerá hasta su último suspiro.
Para el artista nacido para usar las palabras como instrumento de su arte, parecería
que son en verdad un pobre instrumento; pero las palabras ofrecen también los
silencios que les acompañan, los sonidos que invocan, los espacios que crean entre sí,
las imágenes que descubren, inventan y crean. No exageran quienes dicen que un
escritor es un orfebre de las palabras.
Al comenzar este camino el primer enemigo es la página en blanco. Nadie lo dice, pero
ha enterrado muchas vocaciones falsas. Es aterradora durante algunos amaneceres.
Es peligrosa en su indiferencia: acepta tanto el acierto como el error y sigue al uno
como al otro hasta extraviarse en el éxito o en el fracaso. Hace posibles las obras
infinitas o interminables, las gloriosas y las horrendas.
Pero es la mejor ayuda para hallar la única voz necesaria para continuar la labor, la voz
propia. Esa persecución, la de la voz propia, puede durar décadas o semanas: el
secreto estriba en perseguirla cada día, haga lluvia o haga sol, haciendo lo único que
se puede hacer para capturarla: escribir.  Como su nombre lo indica, la voz propia es
aquella que permite a tirios y troyanos un reconocimiento inmediato de la voz de un
determinado autor en cada texto suyo: No hubo nunca ni habrá jamás una voz igual. Su
aparición es la frontera entre el escritor y el aficionado: el aficionado se gastará la vida
toda imitando voces ajenas. Si así entiende su obra, continuará sus experimentos hasta
dar por fin con su propia voz; si no la entiende así, llenará carillas sin entender
tampoco su triste suerte.  
Y así, con su voz propia y la Belleza como estrella perseguida e inalcanzable, puede
entonces el artista emprender su transformación en Artista. De sus esfuerzos
dependerá su contribución a lo que hemos convenido en llamar Literatura, un reino
donde no son todos los que están ni están todos los que son, pero que con la
complicidad del tiempo va descartando a los que nunca fueron y se queda con los que
siempre serán.  Todo buen lector sabe cuan pocos son los que para siempre son a
pesar del agotamiento de los siglos.
En lo práctico, el intento depende de tres o cuatro ideas. Son tan sencillas que quiero
copiarlas de un autor que aprecio y que está a salvo, espero, de toda crítica
provinciana, Evelyn Waugh.
Evelyn Waugh sobre Literatura:
Literatura es el uso correcto del lenguaje sin considerar el tema ni el motivo.
Literatura es lucidez, elegancia, individualidad.
Lucidez: claridad en el pensamiento o el estilo.
Elegancia: cualidad de la obra de arte que crea un placer directo.
Individualidad: lo personal, cualidad de único, de singulares características propias.
Sería aconsejable no olvidar la
Retórica: hablar y escribir para lograr resultados.
Como vemos con cierta sorpresa (imagino), el Arte no considera la verdad ni la
falsedad, lo bueno ni lo malo, el crimen o la virtud.  No exige nada más que lo que
demanda Waugh.
Debe ser por eso que los novelistas de genio son tan buenos servidores de Dios como
del Diablo.
   
Su Opinión
Arturo
Sus Libros
Nuevos Textos