Su Opinión
Los Muchachos del Fin de Semana
Nadie sabe como se pasan la voz, pero la plaga aparece desde que agoniza el día. Las
calles adormecidas por el fin de semana se violentan y atoran en minutos con los
truenos, los frenos y los chirridos de medio centenar de coches que parecen florecer
como hongos.
Son coches que desafían la imaginación y la fantasía. Unos se mueven sólo porque el
diablo les ayuda y los otros son insultos millonarios contra la pobreza general. Unos
lucen espectaculares, varios copian detalles y colores del cine importado desde el
Imperio, casi todos traen caricaturas locales de la moda juvenil internacional, ya se
sabe, los chicos ya casi barbudos y las chicas con el ombligo al aire, tan retozonas ellas.
Cuando el ambiente ayuda a los sordos gracias a las tan bien llamadas Boom Boxes
(esas bombas de ruido que provocan pánico entre los perros de medio kilómetro a la
redonda) comienza el festival del alcohol y otras drogas conducentes al fraternizar de
los sexos y los consecuentes aunque aún distantes abortos, casamientos apresurados
y otros accidentes similares.
El desventurado caballero que salió a pasear en busca de un frasco de aspirinas se
encuentra en un instante rodeado por esta legión de jovenzuelos de ojos ansiosos y
manos ágiles y jovencitas que pían y croan el sufrir de sus glándulas, unas y otros con
una cerveza en la mano para beber como se hace en la televisión, del pico de la botella.
Esta juventud dedicará las próximas siete horas a convertir la calle en un basural, los
autos y cacharpas en lechos incómodos y todo objeto próximo o lejano en silla, banco o
lecho para yacer y reposar sus respetables humanidades en busca de la horizontal:
componen algo parecido a una orgía romana a lo cholo. Algunos bailan sin muchas
ganas.
La ciudad, esa gente de bien que reposa hoy porque trabaja mañana, se luce por su
ausencia. Una media cara que espía desde la ventana de un quinto piso, una cara
anciana que atisba desde detrás de una reja oscura, un vecino que todo lo ignora
hasta que su puerta se abre y se lo traga como fantasma de comedia. Nadie más. No
hay policías ni bomberos que acudan a apagar el estruendo, no hay guardias
municipales que impidan el sembrado sistemático de latas y botellas, servilletas, vómitos
y preservativos en las veredas limpias hasta aquella tarde. No hay padres que acudan
a rescatar los autazos por los que pagaron los miles de dólares que tanto trabajo les
costó “ganar”, no hay madres preocupadas por la preservación de virtudes que alguna
vez fueran requisitos de un matrimonio respetable. La píldora y el aborto han matado
tales demandas.
Pero hay signos del nuevo milenio. Unos, los suspiros de tantas chicas que lamentan la
homosexualidad de algún buen mozo, “Ay, Dios. Semejante desperdicio”, y otros los
chicos guapos que cuentan como medallas las seducciones y los abortos que cuentan
en su haber, “Yo, cinco. Tú, tres, y eso”.
El caballero de las aspirinas, siempre curioso él, preguntará, presentando su mejor cara
de levudo, la razón, el por qué, cómo y para qué de estos festivales improvisados y
escuchará sin sorprenderse una descripción del horizonte de esta juventud feliz: no hay
oportunidades en este país. No hay empleo. No hay esperanzas. No hay ley ni orden.
No hay nada de nada. En consecuencia, bebe y folla, que mañana es el diluvio.
Esto, en un país en que nada se ha hecho y todo está por hacerse. Un país que
necesita todo tipo de profesionales decididos, no a buscarse una pega, sino a crearse
una vida de lucha, esfuerzo y satisfacciones. Un país que agoniza bajo el egoísmo y la
miopía de sus pobladores.
El caballero de las aspirinas pasa la vista por las caras ni hoscas ni amistosas de esta
juventud ya vieja y ve, en un destello, los rostros y las actividades de cada padre
respectivo. No puede vencer un escalofrío. Este presente que habla de ese pasado en
gesto, voz y tono, ¿qué futuro puede crear?
Sept. 2005
Arturo