Su Opinión
Moros y Cristianos
Arturo
Sus Libros
Ahora que sabemos ya que el siglo se definirá por una larga guerra entre
moros y cristianos, sería conveniente para cada ciudadano de este mundo
ancho y ajeno un breve análisis de los bandos enfrascados en esta cruzada
que enfrenta a millones de moros contra millones de cristianos, a ver cual es
lugar exacto que corresponde a cada quien y si conviene tomar bandera.
Por moros entendemos, como el Cid lo entendía, a los musulmanes que leen
el Corán y tienen por patrono mayor a Mahoma, de quien se dice que lo
escribió. Dado el número de bípedos parlantes que se dicen mahometanos,
este sistema espiritual de dominación es muy importante: musulmanes hay en
todo el mundo y son, gracias a Alá, moderados en su gran mayoría, aunque
desde el último 2 de Noviembre se supondría que pasarán a ser militantes y
guerreros como los que crearon formidables imperios en su mejor hora.
Pensemos en Saladino y busquemos su nombre en alguna enciclopedia.
Veremos que para los musulmanes la cuestión es clara.
Por cristianos se entiende a quienes se creen parte de la herencia espiritual
de Jesús de Nazaret y del sistema espiritual de dominación que el Cid llamaba
la Cristiandad y hoy entendemos sin verlo muy claro como Cristianismo.
No lo vemos claro porque lo vemos como las variaciones del Cristianismo tal y
como lo inventara Saulo llamado luego Pablo, de cuyos escritos se componen
los Libros en que se basan los cristianos para ser tales, la Biblia, esa Biblia
que pocos cristianos en realidad creen es La Palabra de Dios. Muchos
cristianos jamás se dieron el trabajo de leerla de cabo a rabo. Ese es un error
craso que conviene enmendar lo más pronto posible porque, sin haber leído
la Biblia, ¿cómo puede decirse cristiano un cristiano?
Verdad es que durante siglos impidieron las autoridades cristianas que el
vulgo cristiano leyera la Biblia cristiana. Se citan muchas razones para esa
prohibición que duró siglos, forzó la creación del ala llamada Protestante (ah,
Lutero; si, Lutero) y la fundación de los miles de grupos, grupículos y sectas
que, de un modo u otro, se les arreglan hoy para permitir el matrimonio de un
hombre con muchas mujeres o, lo principal, dar licencia a los modos de hacer
pasar a los ricos por el ojo de la aguja que mencionara Jesús de Nazaret.
Si mi estimado lector se piensa cristiano y no ha leído la Biblia, es dudoso que
sea cristiano. Sobre todo si entiende al Cristianismo como un sistema de
dominio espiritual fundado por Jesús de Nazaret hace 2004 años, lustro va,
lustro viene, y tiene por principal guía espiritual a ese mismo Jesús de
Nazaret.
Haga usted un examen de conciencia ahora mismo: ¿se cree usted un
seguidor (así sea con pecados y todo) de Jesús de Nazaret, o se piensa más
bien seguidor de las enseñanzas del Vaticano y de su Papa infalible? ¿Tal vez
es usted un “nacido de nuevo”  y, porque no le gusta el Papa, sigue las
enseñanzas de un predicador de esos que andan con la Biblia bajo el brazo y
tiene por Cristo a un vikingo rubio y bello como los héroes de Hollywood
pintados por Walt Disney. En otras palabras, tal vez su “cristianismo” viene de
Salt Lake City o algún lugar parecido y habla inglés no británico sino yanqui.
Si usted vive y trata de seguir el ejemplo que Jesús de Nazaret nos diera tal y
como El mismo lo enseñara en los pasajes más importantes de la Biblia, usted
no es cristiano, es “Jesusiano”. Es decir, cree lo que Jesús enseña pero duda
de lo que la Biblia enseña.
Si usted da más importancia al Papa y cree en sus ejércitos de santos, santas,
curas, monjas, esto y lo de más allá, usted es tal vez cristiano pero no
jesusiano; es católico, y debe resultarle difícil conciliar los dos mil años de
violenta historia católica con las enseñanzas de Jesús de Nazaret.
Pero si usted se ha dedicado a estudiar el Sermón de la Montaña, el Amaos los
Unos a los Otros y las otras breves pero muy claras enseñanzas de Jesús de
Nazaret, usted es Jesusiano y pertenece, aunque no lo sabe, al creciente
grupo de creyentes en Jesús de Nazaret.
Un hecho es indiscutible en estas fechas, y no es necesario acudir a ninguna
encuesta para confirmarlo: cuanto menos importancia tienen los diversos
grupos cristianos, incluidos el catolicismo y todos los inventados en Estados
Unidos, mayor importancia adquieren el recuerdo, la figura y las enseñanzas
de Jesús de Nazaret. Haga usted un examen de conciencia ahora mismo y, ya
que estamos, piense un poco en su vecindario: ¿cuánta gente sigue (mal que
bien, nadie es perfecto) a Jesús de Nazaret, y cuántos son cristianos o, lo que
usted comprueba a cada rato, “cristianos”?  
Una verdad que descubre quien lee la Biblia con cuidado y seriedad es esta:
Jesús nunca fue Cristiano ni cristiano. Jesús nunca se refirió a sí mismo como
cristiano. Jesús nunca fundó un sistema de dominio espiritual (una religión).
Tan poco interés tenía en ese mal proyecto que jamás se dio el tiempo
necesario para escribir ni detallar las reglas de una religión. Esa invención
fue de Saulo, llamado luego Pablo, y de los seguidores de ese redactor de
cartas, tan interesados ellos como el mismo Pablo en las luchas políticas de su
época y las siguientes.
El cristianismo se inventó para dominar este mundo; el Reino de Jesús de
Nazaret, como El mismo lo dijo, no es de este mundo.
O sea que, antes de tomar partido en la guerra de fanáticos que comienza
estos días y sembrará sangre, dolor y tragedia en millones de hogares en todo
el mundo, conviene que hoy, tras este breve examen de conciencia que no
precisa ni de estadísticas ni de análisis complicados, decida usted si es
cristiano o jesusiano porque, de ser jesusiano, usted no tiene nada que ver
con violencias ni guerras, pues que cree y sigue al Príncipe de La Paz.
Así es este asunto de sencillo.
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