Su Opinión
Tras 35 años, ¡un milagro!

Como decíamos ayer, me he gastado 36 años y medio en busca de un editor. La situación,
hasta hoy, no había variado ni un quantum: se acerca la hora de mi cremación, me decía
cada mañana, optimista como siempre, y nunca encontré un editor que me acogiera a
pesar de tantos esfuerzos. Mejor cierro mi tienda, me rasco la barbilla y me rindo.
Pero antes… Antes voy a probar esta vez más. Usted sabe, después de 36 años, es casi
imposible perder los defectos que nos han acompañado durante… Para hacerlo corto: ese
último intento hizo el milagro que esperé durante tres décadas y media…
Si, he encontrado un editor tan bueno que más parece un milagro. Qué digo… ¡Es un
milagro!
La cosa empezó así… si mi felicidad no le interesa, siga nomás contando los muertos de
Irak o sumando sus propias deudas. Lejos de mí el privarle de sus gustos... Decía que hice
ese último mensaje al filo de la medianoche. No era más que tres líneas: me he rendido.
He decidido pagar para publicar. ¿Cuánto me cobra por mil ejemplares de un libro de 300
páginas más a menos y con tapa a tres colores?
Lo envié, tomé las dos aspirinas que debo tomar cada 24 horas para cuidar de mi salud y
me envié dos whiskies dobles al coleto para expresar mi opinión sobre el mundo y sus
sinsabores. Cuando el whisky es bueno y no se abusa, uno duerme bastante bien, así no
tenga ya nada que peinar.
Pues mire usted que al día siguiente, serían pues las seis de la mañana porque la mayoría
de los viejucos acostumbramos madrugar justamente cuando ya no hay nada que hacer,
voy y miro mis mensajes y a que no sabe qué. Bueno, la verdad: no encontré nada.
Pero dos días después, si: tendríamos que leer su libro para cotizarlo, estimado señor. Así,
sin saber de qué se trata, sería arriesgado lanzar una opinión. Envíe el libro, y pronto, eh?
El Internet es una maravilla: permite convertir un libro que nos ha costado sólo Dios sabe
cuantos meses y cuantas agonías en un paquete ínfimo que se mete en la línea telefónica
y es capaz de llegar hasta Oruro en tres segundos. Qué cosa, ¿no? Y yo que me gasté
una fortuna enviando cartas a cientos de editores… A 37 centavos por estampilla, resultan
12.345,96 dólares, como tengo aquí anotado.
Antes de enviarlo, y lo recuerdo muy bien, dudé: ¿por qué querrán leer el libro? No harán
más que imprimirlo. Para ellos, lo mismo sería que fuera en chino. ¿No serán del Opus Dei
o cosa por el estilo? ¿Censura en democracia formal? Aj, qué importa. Lo mando de todos
modos, así podré decir que por lo menos una persona lo leyó, esa persona.
La verdad es que mi libro podría ser censurado por Opus Dei. O por los militares. O por
los norteamericanos. O por Satán, al que también ataco sin asco. O por… No voy a
asustar a más lectores. Como dicen los yanquis después de asesinar a su madre: ¡Yo lo
hice, y a mucho orgullo!
No va a creerlo usted, pero será mejor que si: dos días después, y mientras me bebía mi
primer Chivas de la noche, ZAZ. Una propuesta tersa y amable que hizo posible esa
primera edición en las condiciones clásicas, honorables y caballerescas que distinguieron
a los mejores editores del mundo, uno de los cuales, maravilla de maravillas, había sabido
vivir pues en Oruro… Entendí en ese instante por qué Mamá siempre decía Oruro, París y
Londres, no hay gente como la de Oruro.
Para hacerlo corto: durante las siguientes 24 horas nos dimos un estrechón digital de
manos (el Internet aún no puede enviar manos en paquetes  ínfimos) y este es el día y la
hora en que puedo ofrecer a mis 5.345 lectores bolivianos (además de los 50.000 que
leyeron mi Memoria del Vacío) la oportunidad de leer Hombre Masa, la más reciente si no
la última de mis obras. Basta con que se acerque a cualquier librería.
Hombre Masa, estimados compatriotas, ha visto la luz del día gracias a un editor más que
macanudo que ha querido hacerme más que feliz con ese obsequio. Por él me bebí un
champañazo y tres Chivas.
Lo ha publicado como deben hacerse esas cosas, sin que me cueste un sólo peso, sin
que nos perdamos en insulsas negociaciones, sin otra cosa que un acuerdo alcanzado
entre Oruro y Washington por dos ex-alumnos del Alemán (no del mismo Alemán, pero…
Bueno, yo me entiendo).
Gracias, amable lector, por haber compartido este instante con este vejete insulso que ha
tomado la costumbre de discutir sus problemas con los postes del alumbrado. Gracias por
haber seguido durante la friolera de 365,4 segundos esta disparatada historia y gracias,
sobre todo, por comprar mi Hombre Masa y leerlo, hazaña que, como sucedió con mis
anteriores tomos, distingue a los hombres de los niños, je, je, jé.
Arturo