LA AVENTURA
DEL ANULAR
EXTRAVIADO
Miércoles Primero/3
Siete cuadras más al sur, pero sobre la misma avenida aunque cambiaba de
nombre, Mostacedo Cuaquines tomaba su chocolate con empanadas mirando por
la fea ventana de su despacho hacia la Ceja de El Alto, por cuya moderna
carretera descendía a pie una marcha humana, lenta e inacabable, la del
Sindicato de Desocupados. Dada la distancia, Tinino comparaba al pueblo
proletario con un hormiguero contra el que sembraría sangre y fuego ya mismo si
Satán se lo permitiera.
Nada personal en realidad, este intenso sentimiento era provocado por la idea de
que ese mismo día y en diferentes lugares, ocasiones y horas, el pueblo proletario
se haría maestro, chofer de taxi, servidora doméstica, estudiante universitario,
comerciante minorista y marinero de agua dulce para marchar de igual modo,
armando el mismo barullo y exigiendo con la misma angustia un empleo que le
permitiera comer una vez al día. Tinino esperaba, pues, unas catorce horas de
acción y suspenso antes de que pudiera volver a su catre de campaña en este
mismo despacho.
Su Ministerio, desde que se inventara esta cosa llamada democracia después de
que los rusos escupieran la pepa, aprendió pronto que esa ficción facilitaba las
cosas. Ahora se elegía mediante el voto universal al Señor Presidente, de modo
que el pueblo proletario no podía quejarse, como antes, contra algún tirano. Como
ese Presidente no era resultado de las urnas sino de la voluntad del Imperio y de
las eternas componendas entre compadres políticos locales, los Señores
Presidentes eran intercambiables y seguían un solo programa, la enajenación de
las propiedades del estado, del país todo y del pueblo mismo, al que entregaban
al hambre, la miseria y los nuevos dueños extranjeros de casas, fábricas y tierras
como propiedad móvil y como se hacía durante los 1800: "hacienda en los Yungas
con 400 indios y 700 cabezas de ganado, vendo". Pero esos cambios eran griego
para Mostacedo.
Para Tinino, el progreso había significado el reemplazo de cientos de imbéciles de
uniforme que cargaban en sus primeros días como cosacos beodos contra
mineros, mujeres y niños, por docenas de jóvenes en el mismo uniforme, ágiles y
gráciles francotiradores que trepaban como chimpancés hasta al techo más
empinado para estrenar sus miras telescópicas y elegir a gusto a los nuevos
mártires anónimos que asesinaban sin el menor asco. Nadie protestaba jamás en
serio ante este método de defender la paz y el orden social, y Tinino podía elegir
a dedo a sus asesinos, los que se disputaban este honor a dentelladas. Los
uniformados defensores del honor han valorado siempre en oro puro el deshonor,
la bellaquería y la bastardía dentro de un uniforme porque eso es lo que mejor se
paga.
Mordiendo su tercera empanada con furia canina, Tinino desplazaba ya dentro de
su bien peinada cabeza los helicópteros que habrían de transportar a sus chicos
hasta los techos más aconsejables y miraba en su memoria las calles y los
callejones que habría que inundar de gases para impedir el avance del lumpen.
—        Con perdón de la autoridad.
—        Pasa, pasa, Mosca. Veo que hoy madrugaste. ¿Qué te pide el cuerpo?
¿En qué cuernos se te puede servir?  
Ritber Centellas Ticona, el Mosca por mal nombre, terminó de deslizarse en el
despacho del coronel y quedó parado como quien espera transporte público
sabiendo que se equivocó de esquina. Por fin se decidió y sacó una caja negra de
alguno de sus bolsillos.
—        Aquí le mandan el tercero. Dice el jefe que siga el camino de sus hermanos
y que hagan chillar al padre. Esa parte no la entiendo.
—        Dame para acá.
Tinino abrió la caja y espió su contenido. La cerró de prisa y sintió que su humor
empeoraba. Prefirió cambiar de tema, Mostacedo Cuaquines recordó las décadas
que le unían a este compinche y le espetó, mirándolo con sorna:
—        ¿Te acuerdas de la Academia, Ritber? No había quien te callara. Y ahora,
¿por fin aceptas que eres un desorejado?
—        Malhaya mi suerte. Por eso he venido a verlo, Mi coronel. Y no se ría, por
favor, si no quiere que me desgracie con usted.
—        ¡Chita, qué tipo más sensible! Me río, pero apenas. Si vieras la pinta que
llevas, Mosca.
—         Ya la vi… Esto ha acabado conmigo, mi coronel. ¿Cómo voy a trabajar en
mi negocio si todo el mundo se me ríe en la cara?
—        Bueno, siempre hay oportunidades en el sótano, acá abajo, bien lo sabes.
—        ¿A mi edad? Acabaría con reumatismo. Además, odio la violencia.
—        Nuestro oficio es de machos, pues. Nadie puede con nosotros.
—        Si, pero… Yo venía a pedirle un señalado favor, mi coronel.
—         Si se puede…
—        Présteme usted esa su ventana…
—        ¿…Mi ventana? ¿Esta ventana?
—        Si, mi coronel.
—        Pues, si pudiera te la regalaría, Mosca. ¿Para qué la quieres?
—        Voy a mostrárselo ahora mismo.
Ritber salió a paso vivo para volver a los pocos minutos, portando un tubo de
metal  con mira y gatillos al hombro.
—        Mi primo Segundo fue parte del robo al cuartel de los gringos del mes
pasado, como sabe usted.
—        Yo no se nada de eso, Mosca. Que no se te olvide.  Nada de nada.
—        Ah, si… Como usted no sabe. Me ha regalado este tubo el Segundo, mi
primo.
—        Bueno… ¿Y qué?
—        Que aquella es la ventana de su superior inmediato y jefe, el coronel
Tosferino, ¿no?
—        ¿… Aquella, aquella… ¿Cuál es la idea, Mosca?
—        Pues, que el Coronel Tosferino me hizo esto, como usted no sabe, mi
Coronel. Y yo, con este tubo de los gringos, puedo cobrarme tanta maldad, ¿sabe
usted? Así.
Una tos seca sacudió el edificio cuando el padre de los buscapiés trazó una
blanca senda de nubes de algodón desde el hombro de Ritber Centellas Ticona,
ahora con una sonrisa beatifica, hasta las oficinas de la Caja Autónoma de
Crédito y Ahorro, diez y nueve pisos allá arriba, donde se metió por una ventana
de vidrios rayban. Una explosión sorda por lejana concluyó la travesía del
proyectil. Mostacedo Cuaquines miraba con la boca abierta la nube de humo
negro que emergía del pozo que vino a remplazar la ventana.
—        La pucha que eres bruto, Mosca.
—        ¿Ah, si? ¿Y esto que me hizo él? ¿Es moco de pavo para usted?
—        No, Mosca, no.
—        ¡Maldito! Por fin me las pagó. Ahora puedo morirme tranquilo.
—        Pero, no. Escúchame, Mosca.
—        Já. Ya puede usted irse al diablo también, bosta de porquería.
—        Bueno, pues. A ver si así me escuchas.
A quemarropa, el balazo hizo aullar al delincuente al romperle el brazo. Ritber
Centellas Ticona, el Mosca por mal nombre, miró sorprendido a Mostacedo.
—         ¿Por qué hizo esto, mi coronel?   
—        ¡Porque esa no es la ventana de Tosferino!
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