LA AVENTURA
DEL ANULAR
EXTRAVIADO
Miércoles Primero/2
Grover Wergeld Calaumana esperaba sentado ante su enorme escritorio de
caoba y frente al ventanal que le ofrecía desde su piso décimo noveno un
espectacular panorama de la ciudad vertical que detestaba. Este amanecer le
amenazaba con un día desagradable, algo que casi había olvidado. Estos
deberían ser los años de una vejez tranquila y sin sobresaltos, se decía, decidido
a hacer lo que estuviera en su poder para que así fuera. Después de todo, era
por eso que había dejado a Lady Láyqa la mansión de Calacoto y se pasaba las
noches sin más compañía que Boltar y Kriska vigilando en el dormitorio falso y
conectado con el dormitorio verdadero mediante un túnel para perros. ¿Es que
serían necesarios otros sacrificios?
—        Grover, el Ministro del Interior, Gral. López Agueda.
—        Dile que llame mañana. Hoy no estoy para tratar con extremistas.
Compartía con su buen amigo Marito esa fuerte antipatía contra los zurdos, pero
ya había recordado en forma clara y precisa a todos los interesados que cada
quien tenía la obligación de lavar su propia ropa sucia y que debería bastarles con
los favores que les hiciera durante los últimos años. ¿Era que jamás podrían
manejarse sin su ayuda? Estaba cansado de jugar a los desaparecidos.
—        Grover, es Uday desde Bagdad.
—        Pásamelo. ¿Jaimito?
—        Tío Grover, te llamo porque en la finca estamos hasta aquí con esa chica.
Tú dijiste que sería por unos días nomás y…
—        Jaimito, cállate. ¿Recuerdas lo que sucedió la última vez que me faltaste al
respeto?
—        Si.
—        Bueno, cállate. Respira hondo y dime: ¿qué pasa con esa chica?
—        Ya se nos escapó dos veces. Si no fuera por los perros que tengo aquí,
yo…
—        Entiendo. Cállate, Jaimito. Cállate. Voy a hacer que esa chica viaje muy
pronto. Comunícame con Gastón.
—        Diga, Don Grover.
—        ¿Qué pasa con ese idiota?
—        Bueno, la orquitis* que usted le dejó…
—        No, digo con la chica.
—        Es para volverse loco, Don Grover. Grita durante horas seguidas. Da unas
patadas que... Es para volverse loco, créamelo usted.
—        Pero, ¿no pueden aguantarse un par de días? No pido mucho, tampoco.
—        Si usted lo ordena, Don Grover.
—        No ordeno. Te lo ruego, Gastón. Te lo ruego.
—        Si usted ruega, juro que yo…
—        Así me gusta, Gastón. Los veré en dos días.
Al colgar agradeció al infierno que Gastón recordara los riesgos de no atender
sus ruegos. Jaimito no le había escuchado y ahora, con sus…orquídeas… Grover
miró a la ciudad que detestaba y  pensó en las orquídeas enormes de su sobrino.
Sería como andar con alforjas colgándole de…
— Está aquí, Grover.  
—        Pues que pase. Hace dos minutos que le espero.
El hombre entró con paso seguro que cambió por un andar de gato mojado
apenas cerró a la puerta.
—        ¿Ya sabemos lo que queremos saber?
—        No, Grover. Las cosas no mejoran. Estamos buscando por medio país, y
no hallamos rastro.
—        ¿Y ese Endara?
—        Habla como loco, pero no larga pista. Yo creo que no sabe lo que pasa.
—        ¿Pero, te pasas la vida tras él y no sabes lo que hace?
—        Lo que hace, si lo sé. Lo que piensa es lo difícil.
—        ¿Es posible que no hayamos avanzado un paso desde que murió  el
General? No, no es posible. Alguien va a pagar por esta situación. Nadie va a
quitarme el sueño… Ya deberíamos saberlo todo a estas alturas... Tú me hiciste…
Fue porque te escuché que ordené que… Y ahora… Pero no…
—        Cálmate, Grover.
—        Sabes lo que sucede cuando me piden que me calme, ¿verdad?
—        Si, pero las cosas van tan mal que ya me he dado por muerto, así que…
Cálmate, Grover. Cálmate.
La cadavérica sonrisa con que Grover acogió esa última invitación llevó a su
visitante a extraer un revolver del bolsillo del pantalón y apoyar con suavidad el
cañón en su sien derecha. Sería por cierto más digno…
Un poderoso petardo estalló al otro lado de sus ventanas de vidrio rayban y
Grover atinó apenas a torcer el cogote como una gallina antes de dar un
espectacular salto que le puso en medio de su despacho. Convertido en una bola
humana, rodó hasta ocultarse tras el enorme sofá de cuero natural que acogiera
al suicida matinal mientras un rocket de claro aspecto futurista atravesaba esa
misma ventana para destruir la habitación con una lengua rugidora de fuego.
La onda sonora del explosivo le quemó los oídos mientras bendecía la idea de
haber dado un espaldar de acero al sofá y escuchaba como contrapunto varios
ecos del débil disparo que acabara con su compinche.
Grover supo aprovechar cada minuto de los diez siguientes, transcurridos en un
crepitar extraño. Cuando finalmente se decidió a comprobar que estaba entero
aún empujando la puerta de su despacho, encontró a sus colaboradores tirados
de cara sobre las mullidas alfombras y decididos a esperar a los bomberos sin
mover un dedo.
—        Sáquenme de aquí en este mismo instante.
Su voz, apenas un susurro desagradable, forzó a su gente a saltar como
impulsados por varios resortes. Trabajando mecánicamente y sin mirarlo siquiera,
abrieron la puerta secreta del tubo de ventilación que malograba la fachada
posterior del edificio y lo metieron en un ascensor enano que descendió en caída
casi libre hasta pegar en unos resortes blandengues que le forzaron a golpearse
el rostro contra el piso.
Grover empujó un botón y un resorte, salió saltando a la pata coja a un patio
oscuro y feo y, apretando otro botón, se metió en un contenedor de metal
disfrazado de basurero enorme. Allí esperó, sobándose las heridas en la
oscuridad. Tuvo tiempo para decidir que las apuestas habían subido mucho y  
maldijo al General por dejar tantos cabos sin atar.
* Orquitis =  Inflamación
de los testículos.
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