LA AVENTURA
DEL ANULAR
EXTRAVIADO
Miércoles Primero/1
Johnny Tancara recibió a Huascar Endara en su despacho con esa mirada que
Dios le había dado, tan burlona que forzara a su padre a abofetearlo durante el
sepelio de su madre.
—        ¿Qué dices, huasquiri? ¿Qué tal el Avesol?
—        Siempre es grato ver a viejos amigos.
—        Sobre todo si tienen las piernas de la Justina, ¿no es cierto?
—        Justina es amiga mía desde la infancia.
—        Todos los somos, al parecer, en este país.
—        Pues… parece que tú no.
—        ¿Por qué lo dices?
—        Hoy comienza mi tercer día en este lugar, y ya me tienes convencido de
que tú estás detrás de mis desgracias.
—        ¿Quién te ha convencido?
—        Todo te acusa, Johnny. Lo único que no alcanzo a entender es el por qué.
¿Por qué secuestraste a mi hija? ¿Para qué me hiciste venir?
—        No quisiera perder mi tiempo con esta charla… El día llegará en que verás
cuan equivocado andas. ¿Serás capaz de disculparte como un caballero?
—        ¿Por qué secuestraste a mi hija? ¿Dónde está?
—        Ni la secuestré ni la tengo oculta. No insistas. ¿Por qué habría de negarlo
yo? ¿Crees que podrías salir de aquí si yo no lo permitiera? No perdamos más
tiempo, Huascar.  Es mejor seguir buscando…
—        Buenos días, Mike.
—        Hey, Jim! Buen día. Te ves cansado.
—        Es este hombre, que no sabe lo que es dormir. No creo que haya dormido
ocho horas desde que llegó.
—        Ponte en sus zapatos. ¿Dormirías tú? Le estaba diciendo, justamente, que
debemos usar mejor nuestro tiempo. ¿Por dónde íbamos, Huascar? Ah, si. El
culpable soy yo. Yo secuestré a su hija y le envié los dos dedos que lleva en el
bolsillo. Si lo dejo, es capaz de matarme con esa máquina que lleva allí.
—        Esto no mata… No es como lo que llevas tú. En nada nos parecemos.
—        Bueno, bueno. Siéntate. Siéntate, Jim. ¿Alguien se tomaría un cafecito
yungueño?   
—          Yo si, pues.
—        ¿Huascar?
—        Si, gracias.
Mientras Tosferino los pedía, Huascar volvió a medir a su ex-colega de
kindergarten. Miró luego a Morgan y se le ocurrió la primera pregunta seria.
—        Entre ustedes… ¿quien manda y quién obedece?
—        ¿Cómo es eso?
—        Yo creo que Morgan es el que manda y tú eres su segundo.
—        Dile, Jim.
—        No es tan claro, pero algo así se ha establecido.
—        ¿Trabajas para Morgan, Johnny?
—        No necesariamente, pero hay veces en que…
—        Mejor lo dejamos así.
—        Si, Jim. Mejor lo dejamos. ¿Por qué me acusas, Huascar?
—        El Manopla es un buen testigo. También quiero creer lo que dice
Margarita…
—        Está loca.
—        No está loca. Vive desesperada, pero no está loca. Con el Mosca, son tres
mis testigos.
—        Una loca y dos delincuentes baratos. ¿A dónde esperas llegar con eso?
No hagas el tonto, Huascar, y pongámonos a trabajar.
—        ¿Cómo?
—        ¿Quién mandó a matarte en Yungas?
—        ¿A mí?
—        Si fuera a Jim o a mí, nos tienen a su disposición desde hace años. No,
esos vinieron por ti, Huascar, y eso es muy interesante.
—        ¿Cómo es eso? ¿Qué estas diciendo?
—        Quien sea que te envió el primer dedo, quería traerte a este país.
Necesitaba que vinieras. ¿Qué conexión hay entre Huascar Endara Watson y cien
millones de dólares en billetes de cien?  Esa es la pregunta que nos tiene
trabajando desde que llegaste.
—        Eso es una locura, un disparate… Yo no sabía de ese asunto hasta que
llegué, hasta que me contaste esa historia...
—        Otra vez voy a preguntártelo: ¿Qué sabes, o crees que sabes, sobre el
tesoro?
—        Mike, que me caiga muerto si sé algo. No tengo la menor idea…
—        Pues mejor la buscas, porque parece que alguien puede encontrar ese
tesoro sin tu colaboración… y puedes caer muerto en cualquier momento, por lo
que parece.
—        ¿Cómo es eso?
—        Claro, nuestros amigos de los Yungas fueron enviados a matarte. Yo te
salvé. Jim, mi amigo aquí, se pasa las horas haciendo de niñera para ti. ¿Crees
que te cuidamos porque eres bonito?
—         No, pero…
—        Bueno. Si yo creyera que no sabes nada sobre lo que andamos buscando,
tal vez ya estarías en el limbo, ¿no crees? Quisiera saber qué pasa si Morgan
deja de cuidarte…
—        No es mala idea, Mike.
—        Qué va… Es una idea muy buena. Vamos a ver cuánto dura aquí este
huasquiri mañudo si lo dejamos solo… Qué decías, Jim?
—        Vale la pena probar.
—        Muy bien. Anda, Huascar. Anda ahora, libre como un pajarito, y goza de tu
retorno.
—         Si crees que tengo miedo…
—        No creo nada de nada. Antes de irte, tómate este café. En tu vida vas a
encontrar otro de mejor calidad. Mira nomás.
Tosferino paladeó el líquido hirviente. Huascar coincidió en que era el mejor café
del mundo. Morgan dejó la taza en el platillo, miró a Huascar casi con pena y le
pasó una Derringer.
—        No pesa nada y es de confiar entre los cinco y los diez metros.
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