LA AVENTURA
DEL ANULAR
EXTRAVIADO
Miércoles Cuarto/2
Huascar Endara Watson abrió el ojo derecho sin recordar quien era y sintió de
inmediato que alguien le había cerrado con extrema violencia el ojo izquierdo. Con
el retorno de la conciencia se cumplió la maldición más antigua y su cuerpo se
convirtió en una galería de dolores desde el fuego, el latigazo, el golpe eléctrico y
el ardor tenso y constante hasta el húmedo, el molar, el de la nuca y el de los
dedos de los pies aplastados sabe Dios con qué sería. Notó que flotaba en el aire
contra su voluntad, pero tal descubrimiento no le hizo mucha gracia: colgaba de
ambos brazos contra un muro de piedra en una imitación burda de la crucifixión.
Sintió que colgaba desnudo como naciera, descontando los verdugones. Huascar
Endara prefirió cerrar el ojo derecho y dejarse estar colgando allí.
La nariz, que le ardía y veía cubierta de una cosa negra, cumplió con sus
obligaciones y le hizo saber que colgaba en un lugar apestoso. Le comunicó un
ambiente obsceno de cosas flotantes y feas. Es una cloaca, le dijo. Endara
hubiera preferido cerrar también esos orificios, pero descubrió que las
genialidades de su Creador no habían alcanzado en aquel Primer Momento para
darle los cartílagos que hoy necesitaba. Decidió aguantarse porque joderse es
ley, como todo el mundo sabe.
Iba cumpliendo esa ley más o menos bien cuando un dolor nuevo en el costado le
anunció el interés del mundo exterior en su pobre suerte. Oriundo como era el
valle del Choqueyapu, eligió por puro joder un desenlace jodido:
—        ¿Qué hijo de su puta madre se atreve a interrumpir mi agonía?
Como conclusión de una vida poco agitada no sería jamás modelo para
estudiantes de la elemental, pero la grosería logró su finalidad de sorprender a
quien enarbolaba la lanza improvisada.
—        ¡Coño, 'iñor! ¿Aún tenemos para humoradas?
—        ¿Quién eres tú, que así me jorobas?
—         Felipe Cusicanqui, para servirle. Digo, no a usted, sino a mi patrón Don
Grover.  
—        ¿Wergeld?
—        El mismo que viste y calza, y que en un momentico le va a dar una
audiencia.
—        ¿Y no podrías pedirle que vaya a botarse al inodoro?
—        Puchas, digo. Qué bueno que es usted para la risa.
—         Oculta tu opinión entre tus glúteos y déjame morir en paz.
—        No se va a poder, dice. Usted cantó bastante, pero aún falta un aria.
—         Joder. Es la única que no conozco.
—        Si, es una verdadera lástima. Buenos días,  Huascar.
—         ¿Grover?
—        El de siempre.
—        Disculpa que no baje a saludarte. Me es casi imposible.
—        Déjate de estupideces heroicas. Notarás que ya te han hecho algunas
preguntas.
—        No, si no tengo cómo.
—         Pero me falta lo único que buscaba: ¿Dónde está el tesoro de Marito?
—        Ya me tienen hasta la coronilla con esa pregunta. No sé donde estará ese
tesoro.
—        En ese caso, permíteme presentarte a mis lobos privilegiados, Boltar y
Kriska. Si no abres los ojos ya mismo te haré cortar los párpados, y no sería la
primera vez que me doy ese gusto. ¿No es cierto, Felipe?
—        No. En realidad no, jefe. No lo es.
—        Abre los ojos digo, Huascar.
—        Uno se abre. El otro, pues no. No es falta de voluntad, Grover.
—        Bueno. Con uno bastará. No seré muy exigente hoy. ¿Ves lo que veo?
—        ¿La jaula?
—        Si. Mis lobos no viven en ella, pero la conocen bien. No creo que les guste
venir aquí, porque el piso… ¿Ves el piso?
—        ¿De metal?
—        Con un ojo te basta y sobra, gracias a Dios.
—        El huevón este decía que el gracioso soy yo…Cómo se ve que apenas te
conoce.
—        Cuando esa placa de metal se calienta gracias a esos alambres tan
gruesos y multicolores que ves allá, ¿los ves? Claro que los ves, no te hagas el
chusco. Digo que cuando queman las patas de mis lobos, Boltar y Kriska se
transforman en unos demonios.
—        Te lo creo. No necesitas decirlo dos veces.
—        ¿Ves las perforaciones extrañas en el techo de metal de la jaula?
—        No, pero como te decía: te lo creo. Te prometo que lo creo.
—         Esas dos son para las nalgas de un humano adulto. Aquella es para la
cara. Esa, tan caprichosa, es para el estómago y lo que llamaríamos el vientre
bajo. ¿Vas entendiendo?
—         No me digas que los perros saltan como atletas y descargan sus
angustias eléctricas a dentelladas.
—        Eres tan lúcido como te recordaba, Huascar. No sabes cuánto me alegro.
¿Ya mejoró tu memoria?
—        Pues… no.
—        Trae al Mudo, Felipe.
—        Aquí está ya, jefe.
—        Siéntalo allí arriba.
—        Por suerte va dormido, que si no… Es un mulón este indígena, jefe.
—         Cuida de que esté bien despierto cuando traigas a mis mimados.
—        Para eso me reservé estos baldes de agua sucia, pues.
—        No me interesan los detalles técnicos. Trae la caja de los lobos. Ahora.
—        No me apriete tanto, jefe, que me da un infarto…  Aquí están ya. Ahora el
agua… Aquí despierta el Mudo. Es que este odia el agua.
—         Ponlos a punto.
—        Mírelos usted mismo. Es que ya conocen este juego. ¡Son de inteligentes,
estas bestias! ¡Es cosa de maravilla!
—        ¡Huascar! ¿Ves lo que veo yo? ¡Cómo ladran estos lobos!
—        ¡Lo veo y lo escucho, maldito torturador! ¿Qué vas a hacer con ese pobre
muchacho?
—        ¡Sólo es una nalga! ¡A ti te dejarán sin cara! ¿Quieres saber otra cosa?
—        ¿Qué otro horror me reservas, mala bestia dañina?
—        ¡Fue así que coleccioné los dedos que te enviamos! ¡Acá tienes otro!
—        ¡Maldito! ¡Maldito! ¡Maldito!
—        ¿Hablarás al fin?
—        Si. Si. Si. El tesoro lo tiene…. Lo tiene…. Lo oculta….
—        ¿Quién, endemoniado? ¿Quién?
—        Lady Láyqa.
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