LA AVENTURA
DEL ANULAR
EXTRAVIADO
Miércoles Cuarto/1
Desde los satélites espías, Oruro es apenas un ojo de luz que parpadea débil
para dejarse descubrir sólo por los astronautas más avezados, pero es en
realidad la capital mundial de la fraternidad humana, deporte al que se dedican
incansables los 340.114 orureños que la hacen inolvidable por los idiomas que
facilitan su milenaria cortesía, el  castellano, el quechua, el aymará, el puquina y
muchas "otras lenguas" que allí se hablan pero nadie ha registrado, y porque les
gusta bailar la Diablada, profesión en la que gozan de prestigio universal.  
"Oruro se halla en plena meseta altiplánica, a 3,966 metros sobre el nivel del mar,
su topografía predominante es plana aunque buena parte del territorio es
montañoso, donde se eleva el majestuoso Sajama con una elevación de 6,542
metros…", trata de decir una guía editada por un maestro de gramática local al
mentir con descaro agregando que "Oruro ha sido beneficiado con yacimientos
minerales como estaño, wolfram, plata, plomo, etc.", con un etc. que oculta su
ignorancia y la maldición monstruosa que acosa a todo pueblo débil que
languidece sobre un suelo rico. Miente porque Oruro, como todos los habitantes
de la satrapía, no es ni ha sido beneficiado jamás por esas riquezas…
Más vale retornar al sano espíritu del actual capitalismo desenfrenado para
copiar, antes de ir al grano, la última frase de nuestro maestro de gramática, esa
que dice: "La ciudad en sí se halla rodeada de una serranía con diez cumbres,
siendo la más alta la de San Felipe".
San Felipe nos interesa porque esta tarde de altiplano soleado pero helado
hallamos en su cumbre, fumando uno de esos pitillos en boquilla de marfil que le
envidian sus conocidos amigos o enemigos, a Ramiro Ordoñez del Pozo, envuelto
como un oso en un abrigo de piel de chinchilla blanca que bien podría cambiar por
la mitad de Oruro y rodeado de sus capitanes, listos todos para demostrar que las
amistades en esas latitudes son eternas cuando verdaderas, e implacables las
obligaciones que crean. Sentado sobre una silla de campaña que lleva sus
iniciales en oro, Ramiro traza su estrategia con facilidad suprema porque le basta
con señalar aquello de lo que habla con su boquilla para dejarse entender por sus
segundones en los idiomas antes mencionados.  
San Felipe es útil para Ramiro porque desde aquí ve a vuelo de pájaro la tragedia
de Oruro. La ciudad se sienta humilde sobre un cerro rico como el Potosí
legendario, pero carece hasta de la más simple herramienta para mejorar su
suerte. Carece de ella, y de los hospitales, escuelas, universidades, veterinarias,
museos, sinfónicas y otros rasgos propios de una civilización digna de tal nombre
porque tiene como vecina a una empresa cuyo nombre no queremos recordar
dedicada a extraer la riqueza que yace debajo de Oruro. Copiemos a nuestro
maestro poco gramatical cuando anda por las calles oscuras de Oruro con dos o
tres piscos entre pecho y espalda y afirma, hablando para nadie, que "la situación
es igual a la de un milico abusivo empeñado en robarle sus meados a una chola
indefensa porque la chola orina oro".
Ramiro no tiene duda alguna sobre tan grosera afirmación, aunque decirle "milico"
a un engendro como la empresa en cuestión deja calva a la verdad: el
campamento dedicado al saqueo subterráneo de Oruro es un aborto
arquitectónico mezcla de estación espacial, fortaleza del Siglo XXII, urbe lunar y
campo de concentración. Las tropas que le sirven van de aquí para allá las 24/7,
todas disfrazadas de invasores espaciales con sus ojos cibernéticos que ven de
noche, sus ametralladoras que disparan toneladas de plomo por segundo y sus
artificios de blips o blops que pueden registrar hasta el último suspiro humano.
Una segunda línea de servicio la componen sus técnicos, todos cubiertos de
mandiles verde hospital, todos barbudos y cegatos con lentes de fondo de botella
y todos incapaces de un solo pensamiento sobre una rosa, un clavel o la sonrisa
de un niño.  Los sótanos son tripulados por entes que ya no pueden calificarse de
humanos, mineros cibernéticos o mecánicos monstruosos e incansables que no
pararán hasta robarse la última pepa de la riqueza dormida bajo las entrañas de
Oruro.
Es allí donde piensa introducirse Ramiro Ordoñez del Pozo, empujado por su
amistad y su gratitud hacia el adolescente que le empujara años ha a descubrir el
coito. Jefe absoluto e indiscutido pero secreto de una horda de hombres hormiga
que ahora mismo se desliza y se introduce silente por viejos socavones
abandonados entre las profundidades inexorables de la Pachamama, Ramiro
persigue un bulo que le dejó entrever que Isabela se halla presa dentro de ese
antro del mal y se dispone a rescatarla como tiene prometido al papá de la niña.
Enfermo ya de barbarie y violencia, este privilegiado testigo de tan singular
hazaña prefiere abandonarlo aquí mismo y tomar nota de su misión luego, cuando
se la relate algún sobreviviente, si lo encuentra.
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